Hera.
Ya han pasó varias semanas desde esa noche del cual no recuerdo mucho lo que sucedió con detalles. Pero que días después de lo que ocurrió me enteré que había vuelto con Leah. Así que me queda muy claro que tuve sexo con un hombre que tiene una relación y me siento tan idiota y mala persona. Nadie supo nada de lo que ocurrió y no lo sabrán por mi parte.
Miré mi teléfono mientras le envió mensajes a Nina sobre unas cosas que tengo que hacer de la universidad. Bloqueé el teléfono y me coloqué mi ropa deportiva para salir a ejercitarme ya son las tres de la tarde y siempre comienzo a esta hora. No tengo la necesidad que pagar un gimnasio o de ir a un parque a trotar ya que está casa tiene un terreno gigante que incluye un bosque.
Ya vestida agarré mi iPad y coloqué mis audífonos para luego salir de la casa, al bajar las largas escaleras pude ver Louisa quien me saludó.
—Nos vemos más tarde —le regalé una pequeña sonrisa y salí de casa.
Comencé a caminar tranquilamente mientras disfruto de mi música y miró a mi alrededor. Algunos de los empleados que se encargan de mantener los alrededores de la casa, digamos los nuevos me miran con atención. No les hago caso. Comencé a trotar adentrándome en el bosque. Luego de mi recorrido me voy a al gimnasio que está en una habitación de la casa. Allí ya se encuentra mi entrenador. Rick, un hombre de unos 30años y está muy bien definido, tampoco es nada feo. Pero no lo veo que otra forma solo como mi entrenador. Sin perder tiempo hice mis rutinas con de costumbre.
Al terminar y reposar mi cuerpo caliente me fui a mi habitación en donde ya mi tina se encuentra lista para entrar y darme ducha con agua de rosas. Es algo que algunas veces hago para el cuidado de mi piel que es muy delicada. Al salir de la tina después de mi ducha de casi una hora, cubrí mi cuerpo en mi bata de seda, rosa palo. Me detuve en el closet y busqué uno de mis vestidos que uso en casa y me lo coloqué después peine largo cabello. Bajé a la cocina hablar con Louisa quien posiblemente esté en la cocina con Aaron y Gabriela. Son chef y quiénes se encargan de preparar la comida para todos. Esta casa es gigante y para que se mantenga siempre impecable se necesita un gran personal.
—Hola chicas —deslicé una pequeña sonrisa en mis labios y me senté en una de las banquetas de la barra de desayuno.
La cocina es azul cielo pero con mármol y es grandísima.
Ellas me saludaron, está preparando la cena. Extendí mi mano hasta la cesta de frutas que contiene manzanas verdes, rojas, amarillas, peras, bananas. Agarré una manzana pequeña y de inmediato empecé a comerla se veía muy apetecible.
—De Italia —comentó Louisa mirando como devoró la manzana —. A tu madre le gustaban.
Tragué con suavidad y la miré.
—Lo sé —miré la cesta de manzanas con nostalgia —. A mi también me encantan —sonreí.
En ese momento pude escuchar que las puertas se abrieron.
—Él señor Ambrosetti, llegó —comenté llevando a mi boca lo que queda de manzana y comencé aplastarla.
—Debe estar por llegar la señorita Beatrice —comentó Louisa lanzándome una mirada.
Fruncí mis labios mirándola —Se me olvidaba que sé mudará pronto a la casa —solté con desagrado.
Ella aún continuaba mirándome con el rostro fruncido —Si.
Pude ver que mi padre ingreso a la cocina y al verme me sonrió.
—Mi princesa, Hera —comentó él con una gigante sonrisa en sus labios.
Sonreí ampliamente y bajé de la banqueta para acercarme a él y abrazarlo.
—Hola, papi —lo abrase con fuerza.
Él dejó un corto beso en mi frente y nos alejemos.
—¿Cómo te fue hoy en las empresa? —inquirí mirándolo.
—Muy bien ¿Qué tal la universidad? —él acomodó mi cabello mojado hacia atrás.
—Me alegro y… me fue muy bien.
—Perfecto. Beatrice viene con sus cosas así que debes recibirla, Hera —él me lanzó una mirada seria.
Asentí lentamente con el rostro fruncido y me alejé de él.
—Esta bien —volví a mi puesto y agarré otra manzana para dirigir la mirada nuevamente hasta él—. Veremos como se porta —le di un mordisco.
Él simplemente me observó fijamente con el rostro endurecido, giró sobre su eje y se alejó.
Miré a Louisa y luego tragué —Nunca me ha agradado, la susodicha esa.
—Si a tu padre le agrada, hay que respetar. Que se va ser.
Bajé de la banca —Tienes razón —la miré y tense mi mandíbula —, pero también sé que lo que importa es el dinero, más no mi padre.
—Si… —afirmó ella están de acuerdo y observándome con atención —. Te gustaron las manzanas, por lo que veo —sonrió con ternura.
—El día de hoy me ha dado hambre —ladeé mis labios —. Nos vemos en la cena, iré a dormir unos minutos. El sueño me está matando.
—Claro, ve.
Subí a por las escaleras camino al pasillo por donde están las habitaciones. Así que al llegar a mi habitación cerré y me acosté en mi gigante y cómoda cama, solo fueron unos minutos para que me quedará dormida.