Presa

1108 Words
En ese preciso momento, dos hombres uniformados aparecieron y apartaron con brusquedad a los jóvenes que la sujetaban. —¿Qué está pasando acá? —preguntó uno de los oficiales, escaneando a Cecilia de arriba abajo. Ella, con el maquillaje corrido y el vestido blanco arrugado, se veía desencajada. —Estaba esperando un coche de aplicación y estos tipos aparecieron de la nada a acosarme —respondió Ceci, cruzando los brazos en un intento inútil de cubrirse. —Mentira. Un tipo la bajó de su auto, la dejó acá y nosotros nos acercamos a ver si estaba bien —se defendió el líder del grupo. —Yo les dije a mis amigos que no valía la pena, oficial. Estoy seguro de que es una prostituta —la señaló con un gesto de asco—. Mírela. Los sujetos intentaron salvarse de la policía y la incriminaron de ejercer la prostitución de pura cobardía. —¿Tiene cómo probar eso? —preguntó el oficial, reteniendo a uno de los sospechosos por el brazo. —Es simple. La vimos bajar de un coche de lujo y, por su facha, se nota que viene de estar con alguien. Seguro un cliente que la descartó. Oficiales, mi viejo es una persona importante, no necesito molestar a nadie en una plaza —Cecilia lo miró incrédula. Era el mismo chico de ojos verdes que había intentado besarla a la fuerza. Tenía el rostro tenso y las pupilas dilatadas por el alcohol de la noche anterior. —Es un amigo con el que salí anoche, no soy lo que él dice —alegó ella, sintiendo cómo el mundo se le venía abajo. —Yo la grabé —intervino otro de los chicos, sacando su celular—. Estuvieron un rato parados ahí y vi cuando el hombre le daba algo al bajar del auto. Oficial, es obvio lo que es. —Bueno, se terminó la discusión. Acompañen al patrullero, los cuatro a la seccional —ordenó el policía. En un descuido, dos de los jóvenes que intentaron subirla al automóvil salieron corriendo y se perdieron entre los árboles del parque. Los oficiales, para no perder a los que quedaban, sujetaron con fuerza a Cecilia y al chico de los ojos verdes. —¿Por qué me arrestan a mí si ellos fueron los que me atacaron? —gritó Cecilia, pero sus palabras murieron cuando otro patrullero estacionó frente a ellos. Dos oficiales bajaron y, sin mediar palabra, le hicieron girar el cuerpo y le colocaron las esposas. El metal frío contra sus muñecas la hizo estremecer. —Señorita, queda aprehendida por presunto ejercicio de la prostitución y disturbios en la vía pública. Suba al móvil —le ordenó el oficial, empujándola sin delicadeza hacia el asiento trasero. —Dios... no se puede poner peor —masculló ella, golpeando la nuca contra el respaldo plástico del patrullero. Subieron al chico de los ojos verdes a su lado. Durante todo el trayecto, él no dejó de lanzarle insultos en voz baja, culpándola de su detención. Al llegar a la comisaría, el proceso fue degradante: una oficial la llevó a una habitación pequeña para revisarla físicamente, asegurándose de que no ocultara nada entre su ropa o su cuerpo. Finalmente, la arrastraron hasta un calabozo. —¡Tengo derecho a una llamada! —gritó Cecilia, pegando el rostro a las rejas frías. Los oficiales se alejaron sin siquiera mirarla. Se sentó en un banco de cemento, sintiendo cómo el frío del lugar le calaba los huesos. El aire olía a encierro y a desinfectante barato. —Esos milicos no te van a dar bola hasta que tengan ganas de laburar —habló una mujer desde el fondo de la celda. Tenía una minifalda de cuero, botas altas y el cabello de un rojo eléctrico que contrastaba con las paredes grises. —Hoy tengo un casamiento... necesito salir de acá ya —respondió Cecilia. Sus dientes empezaban a castañear; la humedad del calabozo era implacable. —Ja, ja... Olvidate, nena. De acá no salimos hasta que pase el juez de turno, y eso puede ser mañana —se burló la mujer. —¡Oficial! ¡Mi llamada! —insistió Cecilia, volviendo a la reja con las manos temblorosas. —¡Cállate! —le gritó el chico de los ojos verdes desde la celda de al lado—. Si no fueras una histérica, no estaríamos acá. —¡Andate a la mierda, idiota! —le espetó ella, sintiendo una mezcla de odio y desolación. —La que está en la mierda sos vos. A mí me saca mi viejo en un rato —respondió él, apoyando los brazos contra los barrotes con una confianza irritante. —Seguro tu papá ya tiene abono en este lugar. Conozco a los de tu clase —le lanzó ella, aunque la voz se le quebraba por el frío. —Es la primera vez que piso una comisaría —se sinceró él, bajando un poco el tono—. ¿Y vos? —También... y no pienso volver nunca. ¡Qué frío hace, carajo! —Cecilia se dejó caer al suelo, abrazando sus piernas para conservar algo de calor. Ya no sentía la punta de los dedos. —Tomá, atrapá esto —el chico se quitó su campera de marca y la pasó por entre los barrotes del lateral. —No quiero nada de un acosador —lo rechazó ella de inmediato. —Entonces morite de frío. Yo tengo un buzo abajo, vos estás casi desnuda con ese trapo blanco —sacudió la campera y la arrojó al suelo de la celda de Cecilia. Ella lo dudó, pero cuando un escalofrío le recorrió la espalda como una descarga eléctrica, cedió. Agarró la prenda y se envolvió en ella. Era enorme, olía a perfume caro y a cigarrillos, pero estaba tibia. Al meter las manos en los bolsillos para calentarlas, sus dedos rozaron una tarjeta de presentación de cartón grueso. A los pocos minutos, el calor empezó a calmar sus temblores. —Gracias... por la campera —murmuró hacia la pared que los dividía. —Igual ya la iba a tirar —respondió él con indiferencia, aunque se quedó pegado a la reja, escuchando su respiración. —Se ve nueva. ¿Por qué tirarías algo tan caro? —preguntó ella, confundida por su lógica. —¿Caro? —él soltó una risita seca, como si el concepto de "caro" fuera irrelevante para él. Cecilia no respondió. Apoyó la cabeza en sus rodillas y, vencida por el cansancio físico y el dolor de la traición de Leandro, se quedó dormida en el suelo de la celda.
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