Cecilia
Cuándo despertó habían pasado algunas horas y vio al sujeto salir de la celda acompañado por un abogado, vestido de traje, este iba agachando la cabeza.
Sus ojos se encontraron y ella lo miró con fastidio evidente. Tenía una maldita mirada de arrogancia explícita.
—Quiero mi llamada —volvió a pedir a los guardias, no soportaba un minuto más dentro de esa celda.
—Más tarde, ahora hay problemas con el teléfono —respondió un oficial al acercarse a la celda.
—Hoy tengo que ir a una boda, no puedo faltar, soy la madrina. Por lo que verás, no puedo faltar —suplicó tomada de los barrotes de la reja.
—Lo siento preciosa, no puedo ayudarte... —negó el oficial al otro lado, como si estuviera disfrutando de esa gota de poder frente a alguien que en ese momento se consideraría inferior por las posiciones en las que se encontraban.
—Te lo dije muñeca —pronunció el joven que se estaba yendo de la cárcel con la postura recta.
Pero el joven giró la cabeza y la miró con el corazón encogido, sentía una especie de culpa que le removía las entrañas.
Ella se apoyó en la pared y comenzó a descender hasta el piso derramando algunas lágrimas.
—¿Cómo voy a hacer para ser madrina de la novia? ¿Por qué me eligió como madrina? Talvez sería mucho mejor quedarme acá, encerrada hasta mañana, así no veo al amor de mi vida casándose con otra —comenzó a moquear de la amargura.
Una hora más tarde un guardia golpeó la celda con un garrote y ella levantó la mirada para ver que la estaban abriendo.
—Podés irte —le dijo el guardia.
Cecilia se levantó de un salto rápido y salió de la celda con las piernas temblorosas por haber estado tanto tiempo agachada en el piso frío y asqueroso de esa celda. Al llegar a la salida le devolvieron sus cosas.
—¿Por qué me liberan? —preguntó, luciendo confundida.
—Estás limpia, no tenes antecedentes, además alguien intervino por vos. Ahora vete y no vuelvas a vender tu cuerpo, busca un empleo decente —le dijo el oficial después de devolverle las cosas.
Cuándo salió, su teléfono ya no tenía carga y no traía nada de dinero en el bolso solo su billetera con una tarjeta de crédito.
Por suerte tenía la campera de aquel sujeto que la acosó en la plaza publica, para cubrirse del frío.
Que irónico sonaba todo...
Caminó por la vereda de la comisaría donde estuvo detenida la mayor parte del día, ya había empezado a oscurecer temprano por ser época de otoño y apenas a las seis de la tarde era de noche.
La gente se volteaba a ver a Cecilia caminando por la vía pública con el cabello enmarañado y las ojeras evidentes que contrastaban con sus ojos color miel, por suerte había llegado a un avenida comercial y estaba lleno de personas.
Estaba preocupada por lo que iría a decir cuando llegue a casa, no sabía que historia inventar para explicar su repentina desaparición, además faltaban tres horas para el casamiento y todavía, ni siquiera estaba cerca de casa.
Se metió en un centro comercial y entró a un local de ropa femenina para distraerse de lo que había ocurrido la noche anterior y comenzó a deslizar las prendas en el perchero sin prestar atención.
Unas lágrimas cayeron sobre el abrigo de gabardina en tono beige clarito de aquel joven que estaba en la celda junto con ella.
Se negaba a creer que Leandro se estaba por casar con Débora, le dolía en el alma haber tenido que decirle que hagan de cuenta que no paso nada.
¿Cómo podría hacerlo?
¿En qué mundo dos perdonas que tienen una intimidad física pueden desentenderse emocionalmente?
Eso era algo que ella no comprendía con sus dieciocho años cumplidos hace pocos meses.
Cuando salió del local de ropa y alivió sus miedos luego de comprar y cambiar su atuendo por un un lindo vestido más abrigado, con la extensión de la tarjeta de su padre, se chocó de repente con el mismo joven de esa mañana y de su “acogedor" día en la cárcel.
La sonrisa adquirida tras su nueva adquisición de indumentaria se desdibujó de un plumazo al ver de nuevo esa cara arrogante. Como si estuviera orgulloso de lo idiota que era.
—¡Hermosa! —le gritó en medio del centro comercial cuando ella pasó junto a él y lo ignoró magistralmente.
Cecilia se detuvo en seco, apretó los puños en sus costados y se giró para empujarlo y así golpearlo con la bolsa de cartón que traía en su mano derecha.
—¿Estas feliz de ser tan miserablemente idiota? —descargó toda su frustración contra él en ese momento, utilizándolo como un saco de boxeo.
Descargó toda la adrenalina de las últimas veinticuatro horas en él.
Él se rio y recibió los golpes con diversión, hasta que ella le dio un golpe que lo hizo ver las estrellas.
—Basta... —gimió conteniendo el aire por el golpe que recibió —basta, esa me dolió —se alejó jadeando y se llevó la mano al pecho inclinando su torso hacia abajo.
—¡Por culpa tuya y de tus estupidos amigos pase toda la tarde en ese agujero asqueroso!—bramó invadida por una especie de furia contenida que necesitaba liberar para recomponer sus ánimos destrozados por Leandro y su maldita boda.
Todos se voltearon al escuchar lo que gritó Cecilia un poco impactados por ese par que parecían una pareja de adolescentes discutiendo por un conflicto romántico.
—Yo no tengo la culpa de que ese sujeto te haya usado para tener sexo y que luego te haya dejada en esa plaza llena de indigentes drogados y prostitutas, sin que le importaras —respondió presintiendo de dónde venía toda su frustración.
Esas palabras fueron como dardos venenosos clavándose en su corazón marchito.
Cecilia apoyó con cuerpo agotado y extralimitado en un cartel publicitario y se abrazó a sí misma soltando un sollozo.
—Soy una idiota —se recriminó a sí misma por lo que hizo esa misma noche.
Sus rodillas comenzaron a temblar y su cuerpo se sacudió por el frío y el cansancio mental y físico.
El joven de ojos verdes se quedó al lado de ella con las manos en los bolsillos, su imbecilidad le decía que se marche de ese lugar, pero sentía los pies anclados en ese punto fijo.
Se acercó a ella y posó su mano derecha en la espalda de la chica, con calma y la frotó.
Ella sintió ese contacto como un salvavidas y sintió un calor proveniente de él.
Luego escuchó su voz:
—Tengo hambre, ¿te gustaría que comamos algo? Hay una cafetería que hacen tostados con palta, huevo y queso… con un café cortado —sugirió sintiéndose mal por ella.
Ella lo miró con pesadez y asintió limpiándose el rostro.
No existía mayor vergüenza que entregarle su virginidad a un hombre que se iba a casar con otra en unas horas.
Entonces no sintió que estuviera cayendo tan bajo si aceptaba la invitación.
—Está bien, gracias —respondió sintiéndose muy vulnerable en ese momento.
Vio que el joven sacó algo de su bolsillo y se lo extendió.
—Soy Mirko —se presentó ofreciéndole un pañuelo descartable.
—Soy Cecilia —ella aceptó el pañuelo y se limpió los ojos humedecidos y enrojecidos.
Mirko le hizo una señal con la cabeza y comenzó a caminar rumbo a la cafetería que se encontraba dentro del centro comercial.
Cecilia salió rápido detrás de él abollando el pañuelo en su mano, lo alcanzó caminando rápido, aunque él le sacaba ventaja con sus piernas largas y su estatura, contra ella que no llegaba a medir un metro sesenta.
Mirko se sentó y cruzó las piernas de forma elegante y se reclinó en su silla con una actitud relajada. Acercó una silla de madera al lado suyo y le hizo una seña para que siente junto a él.
Ella aceptó sonrojada, notando por primera vez en el día que ese chico se veía muy bonito.
No tenía las facciones perfectas como las de Leandro, pero sus rasgos formaban una armonía que la relajaban, entonces sus ojos verdes eran la cereza en su rostro.
—¿Puedo preguntar? —inquirió él, midiendo la actitud de Cecilia.
Cecilia intuyó que quería saber que le pasó y quién era ese sujeto. Necesitaba hablar con alguien antes de ese casamiento.
—Es el mejor amigo de mi hermano, anoche fue su despedida de soltero y lo lleve a un hotel para que descanse. Pero todo se salió de control y terminé enredada en la cama con él —respondió acongojada.
Cecilia necesitaba contárselo a alguien fuera de su círculo social.
Mirko se quedó de forma dubitativa mirando un punto fijo, inmediatamente ató cabos en su cabeza clara y sin rastros de bebida alcohólica.
—No me digas que le diste tu primera vez a un idiota que te uso para tener sexo antes de su casamiento —espetó con sorna.
Ella percibió su tono burlón y su corazón se estrujó.
Definitivamente era demasiado patética.
Cecilia asintió, inclinando la cabeza hacia abajo, avergonzada, luciendo literalmente lamentable.
—Hoy es su casamiento y yo soy la dama de honor de su novia asquerosa —añadió, jugando con el dobladillo de su vestido para disimular el temblor en sus manos.
Él miró sus movimientos.
—¿Vas a ir? —preguntó en el intentó de disimular la risa nerviosa que se le escapó.
Luego se aclaró la garganta para recuperar la seriedad.
—Creo que no, faltan cuatro horas y ni siquiera volví a casa por mi vestido. Además me quede sin carga —le enseñó su teléfono muerto y se rio con sorna de sí misma.
Lo vio tamborilear los dedos sobre la mesa de vidrio y ese sonido molesto llegó a sus oídos, aturdiendo aún más su cerebro.
Mirko sacó un cargador portátil de su bolsillo y le pidió su teléfono. Ella se lo dió y él se lo pusó a cargar.
—Primer problema resuelto —pronunció con una enorme sonrisa.
—Debería decir: gracias —espetó con desánimo.
Mirko se encogió de hombros y frunció los labios, al ver que forzó una sonrisa.
—¿De verdad que le vas a dar el gusto de faltar a la boda a ese imbecil? —preguntó con curiosidad.
—No puedo ir… —respondió angustiada.
—Deberías entrar triunfante y destrozar la felicidad de esos payasos, esta noche —pensó en voz alta.
Cecilia se miró a si misma y se le escapó una risa.
—Estoy hecha un desastre, mira mi cabello y el vestido de dama de honor es horrible, lo eligió en tono gris, parezco una novicia con esa cosa.
Mirko comenzó a observar las tiendas y encontró la ideal para su plan.
Se puso de pie y le tendió la mano.
—Te debo una grande… primero mis disculpas por lo que hice estando borracho y ahora por haber arruinado tu día más de lo que ya estaba.