Cecilia
Horas atrás…
Tragó un sorbo grande de café y le dio el último bocado a su tostada, dejando que el rico sabor de la comida borré su dolor.
Cecilia permaneció observando la mano de Mirko con una incertidumbre desconcertante. Recordando lo que ocurrió horas atrás su mente le gritaba que salga corriendo. Pero su cuerpo y su corazón dictaban algo distinto, una especie de determinación.
—Se que tu primera impresión mía no fue buena, pero confía en mí —insistió él, con una sonrisa dibujada en sus labios que la derritió.
Capturada por una determinación extraña y un tanto imprudente ella tomó su mano y él utilizó esa determinación de ella para impulsarla hacia arriba con un poco de fuerza.
De pronto ella se sintió liviana y perdió la estabilidad de sus pies adoloridos.
Él la sujetó del brazo con firmeza y confianza.
—Vamos, vamos a darle una prueba de su propia medicina a ese idiota —pronunció con un tono divertido.
Él notó que ella le devolvió la sonrisa y sintió un alivio en su interior.
La condujo hasta dentro de una butique de lujo y se acercó a la caja con una tarjeta negra en la mano.
—Mi novia me acompaña a una boda el día de hoy, quiero que se vea incluso más linda que la novia —espetó con un aire demasiado arrogante mientras golpeaba el mostrador con el borde de su tarjeta.
Provocando un sonido babeante de la codicia de las vendedoras.
Las dependientas la miraron a Cecilia, con un poco de envidia disimulada. Se acercaron con una gran sonrisa y juntando las manos con un gesto amigable le dirigieron la palabra.
—Haber que que tenemos acá —pronunció la gerente con una sonrisa forzada, analizando el cuerpo de ella.
—Es bajita, tendría que ser un vestido con un tajo en la pierna y escotado. Pero tiene lindos pechos y una cintura pequeña. Hay que ressaltar esos ojos —expresó otra tomándole las medidas y pensando en qué vestido podría preparar para ella.
Las dependientas lo miraron a Mirko.
Este se sentó apoyando sus brazos extendidos sobre el sofá de plush en tono crema y se encogió de hombros, haciendo un puchero con los labios.
—Hagan su magia, yo solo pongo la tarjeta —expresó con sus aires de superioridad.
Sacó su teléfono del bolsillo interno de su chaqueta de lino en tono camel y comenzó a leer algunos mensajes.
Sin mucho esfuerzo consiguieron el vestido ideal para Cecilia.
Luego del trabajo que realizaron las vendedores con tanto esmero escucharon el hermoso pitido del pago realizado en e posnet para la tarjeta. La prueba de que el dinero había llegado a la cuenta y de que iban a recibir una linda comisión tras la venta de varios artículos, los más caros de la tienda.
Mirko salió cargando las bolsas de Cecilia en la mano que no entrelazaba con ella.
Cecilia intentó despedirse de él, pero con una insistencia de parte de él no pudo.
—¿Crees que solo con un vestido bonito vas a hacerlo sufrir lo que se merece? —inquirió dando una indirecta.
Ella lo miró confundida.
Mirko levantó una ceja con diversión.
—La dama de honor puede llevar un acompañante a la boda, más si este es su novio. Además es sábado y estoy aburrido, sería divertido ir a un casamiento —sugirió con una sonrisa que dejaba al descubierto todos sus dientes.
De repente recordó algo, no se había comunicado con su familia en mucho tiempo.
—Mis padres, deben estar desesperados buscándome —se llevó las manos a la cabeza y se estiró el cabello.
Mirko le entregó el teléfono cargado y este ya estaba encendido.
Inmediatamente se comunicó con su mamá.
—Cecilia, ¿Dónde estás? Nos dijeron que te vieron salir con un hombre de la fiesta anoche ¿Estás bien?—la reprochó su madre con una pizca de preocupación en su voz.
—Estoy bien, no hay de que preocuparse. Ya estoy yendo a casa. Me arreglo y salimos a la boda. Luego te doy explicaciones —cortó inmediatamente luego de dar señales de vida.
Mirko se la quedó viendo con una expresión seria, pero inmediatamente forzó una sonrisa.
—¿Querés ayuda con tus padres? —se ofreció con una mano en el pecho.
—No hace falta. Mis padres son un poco conservadores, si ellos se enteran de que ya no soy virgen me van a matar —entrelazó los dedos de sus manos y comenzó a disimular la ansiedad que sentía.
—Puedo ayudar, insisto. Después de todo te lo debo. Nuestras cuentas quedarían saldadas y me iría sin culpa —insistió aún más.
Cecilia lo dudo.
—Te van a hacer muchas preguntas —dijo forzando una sonrisa.
—Insisto.
Ella respiró hondo y soltó una gran cantidad de aire de una vez.
—Ests bien —murmuró bajito y rendida.
Ese día no se podía poner peor de todos modos.
Minutos después, ella se subió al automóvil de Mirko.
Cuando se abrochó el cinturón escucho la puerta que estaba siendo cerrada por él desde el lado de afuera.
En el camino él venía dando miradas fugaces en los ojos de ella y en sus labios. Cecilia no podía descifrar que había detrás de esas miradas.
Repentinamente se estacionó frente a una farmacia.
Ella lo miró confundida.
—Sé que no debería meterme en tu intimidad, pero, ¿usaron preservativo anoche? —preguntó antes de bajarse de auto.
Ella se llevó ambas manos a la cara y se tiró del cabello.
—No —negó con la cabeza luciendo aturdida.
Él se bajó de vehículo haciendo un movimiento de negación con la cabeza y luego volvió con una cajita y una botella de agua mineral y se lo pusó sobre sus piernas.
Ella agarró la caja y leyó lo que decía y para que era.
—Es para evitar un embarazo, no deseado. No sería para nada lindo quedar embarazada de un hombre casado... —resumió en simples palabras.
Cecilia lo miró asombrada, se había preocupado en ese detalle, que ella ni siquiera había pensado. Este Mirko debía ser alguna especie de deidad divida que vino a rescatarla del Inframundo.
—Gracias —respondió con los ojos llorosos.
Ella se tragó la pastilla con ganas y se relajó en el asiento del copiloto soltando un suspiro de alivio.
De repente lo amargo se sintió dulce en su boca.
Luego de una hora, Mirko se estacionó en la entrada de una casa con un estilo antiguo, pero grande y hermosa.
Cecilia se había cambiado la ropa, ahora traía un vestido más casto y abrigado que el anterior, que quedó en una bolsa en la parte trasera del automóvil de Mirko.
—Escucha, seguramente tus padres van a preguntar dónde pasaste la noche, ¿tenes alguna idea de que decirles? —preguntó para saber si tenía que saber algún monólogo de memoria.
Ella asintió, conociendo bien la postura de pensamiento de sus padres.
Dentro de la casa, como no les quedaba mucho tiempo para el interrogatorio hacia Cecilia y al novio misterioso del que no sabían nada, la dejaron ir a cambiarse tranquila.
Su madre ya había contratado a una maquilladora profesional y una peinadora profesional.
*****
Mirko
Mientras en la planta alta de la casa las mujeres se arreglaban para la fiesta, Mirko estaba sentado de frente al padre y el hermano de Cecilia.
Era muy fácil demostrar esa confianza frente a la chica vulnerable, pero era otra cosa de demostrarla frente a los hombres que la custodiaban de cerca. Estos lo analizaban con la mirada. Se preguntaban quién era ese flaco que salió de la nada y que decía ser su cuñado y yerno.
Mirko disimuló la incomodidad muy bien, cruzó las piernas de forma elegante y apoyó los brazos sobre el sillón, demostrando confianza.
Comenzó a mirar las decoraciones de la casa, estaba llena de fotos y casi todas religiosas. La foto de la boda de sus padres, los bautismos de sus hijos, la comunión de sus hijos y otras fotos familiares. Había esculturas de imágenes religiosas y un rosario sobre un cuadro familiar que estaba sobre un piano.
—¿A qué te dedicas? —sonó una voz masculina y madura que le preguntó de frente sin nota de emoción en su voz. Era el padre de Cecilia.
Luego vino la voz grave de su hermano mayor.
—No pienses que te vas a llevar a mi hermana de la casa cuando se te antoje —lo acorraló Daniel, intimidando a Mirko con la mirada.
—Estoy estudiando, en el futuro voy a dirigir el negocio de mi familia —respondió con la cabeza en alto.
—¿A qué se dedican en tu familia? Mira, mi hija, se merece a alguien que tenga una vida estable. No un eterno estudiante, ¿Cuantos años tenes? —habló con un tono calculador.
—¿Cómo conociste a mi hermana? ¿Dónde la llevaste anoche? —se acercó a él con los brazos cruzados y lo miró desde arriba.
Daniel ya tenía veintiséis, por lo que se veía mucho mas intimidante que él.
—Tengo veinte, y mi familia se dedica a la minería —respondió tamborileando los dedos sobre el sofá.
—¿Dónde llevaste anoche a mi hermanita? —bramó Daniel sintiendo que él creía que se había aprovechado de su hermana.
Entre el padre de Cecilia y el hermano lo acorralaron, los dos de pie alrededor suyo, de forma sobreprotectora.
De repente escucharon unos zapatos de tacón descendiendo por las escaleras y los dos retrocedieron mafiosos en su contra, se sentaron en una sofá y sonrieron.
—Este chico es maravilloso —exclamó el padre de Cecilia mirando a la madre de ella.
Pero cuando se giraron los tres quedaron con la boca abierta. Cecilia se veía espectacular. Estaba despampanante con ese vestido en tono champagne. En el cuello colgaba una hermosa cruz de oro en su pecho que combinaba a la perfección.
Mirko soltó un suspiro al sentir que la hora del interrogatorio había caducado.
Inmediatamente se puso de pie para tomarle el brazo. Pero Daniel se adelantó, marcando el territorio en su casa, con las mujeres de su familia y la llevó él mismo del brazo.
Cecilia giró la cabeza y le dedicó una sonrisa tensa.
Este asintió con calma.
El viaje hasta la iglesia fue tenso. A Cecilia no la dejaron ir con Mirko en el auto sola, sino que quien viajó en el asiento de copiloto fue Daniel, mientras ella se quedó atrás. Sin poder conversar cómo iba a seguir el plan de venganza esa misma noche.
Se instaló un silencio incómodo, cargado de miradas tensas y respiraciones medidas. Daniel era el verdugo dentro de ese automóvil.
Finalmente llegaron a la iglesia, era el momento de bajar del auto y enfrentarse al hombre que le había robado su primera vez a Cecilia, quien le arrebató algo tan preciado para ella de forma tan descorazonada.