Sacrificio

1665 Words
Leandro En el altar, Leandro, estaba mirando para donde estaban las damas de honor y sus ojos estaban en la puerta de donde debía salir Ceci. Tenía las manos cruzadas frente a su pelvis y jugaba con los gemelos de su traje de novio con sus manos temblorosas. “¿Dónde estás Ceci?". Se preguntaba mientras miraba a las damas de honor vestidas de rosa pastel, con vestidos elegantes. De repente sintió una imperiosa necesidad de ir a buscarla por el pasillo, cerca del cuarto de la novia, dónde estaría su prometida. —Necesito ir al baño, es urgente —le dijo a Matías, que estaba detrás de él. Este colocó una mano en su hombro y acercó su rostro a él. Deteniendo su movimiento. —¿Sabes por qué no llegaron Cecilia y su familia? —inquirió Matías buscándolos con la mirada. —No, no lo sé —negó con la cabeza fingiendo estar tranquilo. —¿A dónde fueron anoche, Leandro? —le preguntó con seriedad. —Me dejó en casa y luego mi madre y mi padre la llevaron de vuelta a la suya —respondió con una actuación digna de un oscar, ya que fingió no importarle. —Aléjate de Cecilia, Leandro. No te le acerques más o te juro que si te veo cerca de ella no voy a responder bien —le ordenó con un tono amenazante. Matías presionó el hombro de Leandro, provocándole un dolor punzante. —¿Qué te pasa Matías? ¿Perdiste la cabeza? Soy un hombre casado y ella es una jovencita que apenas cumplió dieciocho —habló con sorna riéndose, aunque por dentro estaba sufriendo. —Cecilia ya no es una jovencita más, ya es adulta... —espetó con un tono siseante. Leandro se soltó una vez que Matías aflojó la mano y salió caminando dando largas zancadas hasta la puerta que daba al pasillo. Atravesó esa antigua puerta de madera con un empujón fuerte, que resonó en toda la capilla. Caminó apresurado por el pasillo hasta el cuarto de novias, buscando a alguna chica de vestido rosa. Pero el pasillo estaba vacío. Observó el destello de una luz cálida debajo de una puerta en ese pasillo oscuro. De repente pudo oír unas voces seguidas de unas risas burlonas que hacian eco en el silencio ensordecedor del lugar. Leandro se acercó y apoyó el oído en la madera para escuchar. Era la voz de Débora con la madre de ella, quien sería su suegra oficial a partir de ese momento en el que dijera “Sí" en el altar frente al sacerdote. —No sabes lo ridícula que se va a ver esa arrastrada el día de hoy. Leandro tensó los músculos inmediatamente. —¿Le mandaste ese vestido horrible que te dije? —preguntó la otra mujer. —Claro que lo hice. Tendrías que haber visto su carita al ver el vestido, por supuesto quería que sea la más fea de la fiesta, hasta las camareras la opacarian con ese atuendo —habló con sorna mientras soltaba una fuerte carcajada. —Te dije que esa tenía el ojo en Leandro, ojo de loca no se equivoca. —Lo sé, ese no sería un problema si él idiota no la mirara como si no hubiera mirado una mujer en toda su vida. —Tenes que estar más despierta, porque esa de a poco se va metiendo. —Lo sé, lo sé. Por eso mismo la llamé como mi dama de honor. Tendrías que haber visto su carita de decepción. Resonaron las risas ponzoñosas en sus oídos aturdidos. De repente se dejaron de escuchar voces y Leandro retrocedió con un escalofrío recorriendo su cuerpo y erizando su piel. Inmediatamente salió caminando rápido, saco su teléfono del bolsillo y me mandó un mensaje a Cecilia. ”No uses el vestido de dama que te envío Debora. Usa cualquier cosa menos eso". Advirtió con miedo. Se apoyó en la puerta, del lado del pasillo en la oscuridad y respiró hondo, intentando calmarse. Pero el cuerpo le temblaba violentamente y el oxígeno se escapaba de sus pulmones. Caminó sintiendo sus pies como dos bloques de cemento siendo arrastrados hacia el altar. Cuestionando su propia vida y en qué momento había dejado que todo se vaya por el drenaje. Volvió a su posición e inclinó hacia abajo su cabeza al igual que su postura, sintiendose vacío por dentro. Pero en el fondo sintió una especie de determinación; no iba a dejar que Débora se salga con la suya. La capilla estaba sumida en completo silencio, se escucha solo en eco de algún invitado moviéndose en su asiento por el crujir de la madera o alguna persona susurrando. Leandro, por ejemplo, podía sentir el martilleo en su pecho al igual que su respiración pesada. Estaba revisando su reloj digital, para ver si Cecilia le había enviado algún mensaje. Pero solo tenía las dos palomitas celeste al final de cada texto enviado. Eran solo palabras unidas en una cadena para tener un significado vacío al fin y al cabo. De repente se le vinieron las imágenes de esa noche junto a ella. Tenia que decirle la verdad, él no estaba tan inconsciente como ella creía, recordaba cada detalle. De la forma en que lo miró a los ojos, asustada, diciéndole que era su primera vez, su espalda arqueada ante su contacto, sus pupilas dilatadas y sus gemidos suaves. La suavidad de su piel y su aroma dulce contra el suyo. Aunque se llevará una bofetada debía ser sincero. En un momento había pensado detenerse, pero ella le había suplicado que él sea el primero en su vida , esa suplica saliendo de esa boquita hermosa y con esa mirada, mientras esa manitos acariciaban sus brazos lo habían hecho perder el control. Inmediatamente se había deshecho de ese pequeño vestido que traía y de su ropa interior. Esa parte fue en cámara lenta, quería ver sus ojitos mientras se llevaba su último rastro de pudor, mientras exponía su intimidad ante él y dejaba que usará sus dedos para relajar a su chica y así evitar que le duela, entonces cuando metió su dedo índice junto a su dedo del medio, para que no sea tan brusco el siguiente paso comprendió que estaba tocando el cielo con las manos. Entonces su boca recordó el sabor de sus pechos suaves que se enrojecieron con la presión de su boca y luego la boca de ella... Cuando entró... Tuvo que sacar de su cabeza de inmediato lo que se sintió estar adentro de Ceci, porque se le estaba poniendo dura. De repente escuchó el órgano, de dónde provenía esa marcha nupcial, se imaginó a su Ceci caminando hacia él y entonces se dibujo una sonrisa en sus labios automáticamente. Se abrieron las puertas y la novia ingreso acompañada por su padre, camino al ritmo de la melodía con el velo puesto y su ramo. En su cabeza estaba Ceci. Entonces, sumido como en una especie de letargo, él la recibió sonriente. Ella se paró frente a él y le tomo las manos con una sonrisa detrás del velo. El sacerdote comenzó a decir su discurso con. respecto a Dios y al matrimonio. Entonces vino la pregunta: —¿Acepta a Leandro Rossetti como su esposo? —Sí, acepto. Vino en respuesta. Entonces... la pregunta se dirigió hacia él. —¿Acepta a _______ Ceci —reemplazó en su mente por el nombre de esa mujer que tenia en frente—, como su esposa? —Sí, acepto. No vaciló, fue claro y con una sonrisa. Entonces escucho los votos de las mujer. Sonriendo. —¿Tiene sus votos? —preguntó el sacerdote. —Si los tiene puede decirlos y besar a la novia —agregó. Entonces, Leandro, miró al sacerdote, luego a los presentes y la novia sabiendo que no, no tenía votos. Él solo quería decir si para complacer a sus padres. —No los tengo —negó con un tono indiferente frente a todo el mundo. Entonces le quitó el velo a la novia y en ese momento toda su emoción cayó a tierra al ver que de verdad se había casado con esa mujer, que había firmado el acta e intercambiado los anillos en piloto automático. Entonces su sonrisa se desdibujó de un plumazo al verla. No le gustaba esa mujer y le caía tan mal que se le revolvió el estómago. Le dio un beso frío, casi en la comisura del labio y sin voluntad. —Ni pienses que vas a tener mi amor por haberme casado con vos. Susurró en su oído. Está forzó una sonrisa cínica. —Pero ya lo hiciste y eso es lo que importa. respondió como una declaración de guerra. Entonces, Cecilia entró. Él la miró y su boca se abrió en una gran sorpresa. Sus ojitos tristes no pasaron desapercibidos al ver que lo miraba con amargura al final de la fila de damas de honor. Entonces sus ojos se encontraron con ese joven, “¿quién era?", se preguntaba. Pero unos celos enfermizos se apoderaron de él, no era cualquier persona, era alguien importante y que la miraba a su chica con admiración, como si fuera una obra de arte invaluable. Entonces lo comprendió, todos miraban a Ceci, hasta Matías, quien era el que más la miraba esa noche. Obviamente, la novia no le llegaba ni a los talones en belleza y en brillo, aunque hubiera usado ese vestido gris del que escuchó no la iban a opacar. Pero ese vestido en tono champagne con brillos... Entonces sintió que lo tiraban de la correa de ahorque del cuello, lo arrastraban hacia el vehículo nupcial. Se sentó en la limusina, de frente a esa escuálida sin senos y con cara de musa de Picasso, y comenzó a beber, estropeando su estómago vacío con licor caro. Iban rumbo al próximo ritual de su sacrificio; se iban a comer su carne, entonces quería tener la mente adormecida.
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