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Desastroso Matrimonio

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Fabio De Santis necesitaba una esposa con carácter urgente y aquella sexy rubia que amaneció en su cama era la elección perfecta. Brina odiaba al italiano con todas sus fuerzas… hasta que compartió la cama con él en una noche de copas y después, no pudo rechazar su oferta de matrimonio.

El trato era simple: un matrimonio de apariencias por un tiempo determinado. Sin embargo, cuando el deseo y los sentimientos comenzaron a formar parte de la ecuación, todo terminó en un completo desastre.

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1. En la habitación del jefe
Capítulo uno: En la habitación del jefe Era guapísimo. Mientras Brina abría los ojos para orientarse, sabía que debería haber mil y una preguntas rondando en su cabeza. Sus ojos color avellana comenzaron a enfocar la sala lentamente, buscando cualquier pista sobre qué era lo que estaba haciendo ella en una habitación tan elegantemente decorada, en una cama tan grande y, notando un fuerte brazo a su alrededor, qué diablos estaba haciendo en los brazos de Fabio De Santis. De Santis. Sólo pensar en su nombre le provocaba escalofríos, odio. Un odio hacia un hombre al que ni siquiera conocía, un hombre que, con un ligero movimiento de su cara estilográfica, había cambiado la vida de la familia de Brina para siempre. No obstante, por un momento antes de que prevaleciera la cordura, antes de que todas las preguntas exigieran una respuesta, Brina miró al otro lado de la almohada, a su compañero de cama, y se permitió a sí misma unos segundos de aprecio hacia un hombre con unos rasgos tan perfectos. Tan perfectos que era difícil creer que alguien tan guapo pudiera causar tanto dolor. Guapo. Desde el pelo n***o que resaltaba su cincelado rostro, desde sus largas pestañas hasta su sensual boca, pasando por la barba incipiente de la mañana, que oscurecía su mandíbula fuerte y angulosa, cada parte de él era exquisita. Un suspiro involuntario escapó a los labios de Brina al ver lo alto que era. Sus pies oscuros, que seguramente llevaría con unos caros zapatos italianos para hacer juego con los pantalones oscuros que llevaba, descansaban casi al final de la cama y sus piernas parecían prolongarse eternamente. Brina evitó con la mirada la parte central de su cuerpo, a la altura de la cintura, y se fue directamente a la camisa blanca de algodón que llevaba puesta. La mancha de rimel que había sobre el tejido hablaba por sí misma. Había estado llorando. Peor que eso, había estado llorando en los brazos de Fabio. Aquel hecho la horrorizó. Nunca lloraba, nunca. Nunca bajaba la guardia de aquella manera. Intentó recordar alguna excepción, pero no le venía ninguna a la mente. Incluso cuando Nicholas había muerto ella había mantenido la calma, negándose a seguir ese horrible camino, negándose a dejar salir el dolor. Su mente se alteró y tuvo que luchar mentalmente para cerrar esa puerta, para evitar que las imágenes, no sólo de la noche anterior sino de los últimos años, siguieran pululando, para regresar al refugio que había encontrado, donde sólo había belleza. No obstante, las imágenes se hacían cada vez más fuertes, instantáneas que no quería ver, cosas que quería olvidar, y el placentero despertar del que había disfrutado por unos momentos comenzaba a desmoronarse mientras la realidad llamaba a la puerta. —Buenos días. Incluso antes de que él hablara Brina ya conocía su voz, con un fuerte acento y una cadencia lenta que hacía que aquellas dos palabras sonaran extremadamente eróticas. Brina alzó la mirada y se encontró a sí misma mirando directamente a los ojos más azules que había visto en su vida, y sintió cómo un fuerte rubor le subía por el pecho hasta las mejillas. Deseó haber empleado los momentos anteriores para elaborar una respuesta a la pregunta que vendría después. —Buenos días. Brina se dio cuenta de que no era la respuesta más ingeniosa de todas y, desde luego, no sonó nada sexy con su acento británico, pero fue lo único que pudo pensar en ese momento. El liberó su brazo de debajo de ella y se estiró perezosamente, sin molestarse si quiera en contener aquel bostezo que dejaba al descubierto su lengua rosada y sus blanquísimos dientes. Parecía tan relajado y tan a gusto consigo mismo como si estuviera acostumbrado a despertarse junto a mujeres desconocidas cada mañana. Mientras él la miraba, Brina pensó que probablemente sí que estaría acostumbrado. Miró alrededor de la habitación por si acaso sus ojos la hubieran engañado, pero no era así. Los grandes muebles color caoba, las enormes cortinas doradas, todo apestaba a riqueza y confirmaba el hecho de que el hombre que yacía junto a ella podría tener a cualquier mujer que quisiera, a cualquiera en absoluto. Y por durante unos terribles momentos Brina se dio cuenta de que ni siquiera sabía si ella misma formaba ya parte de la que seguramente sería una larga lista. —Supongo que te apetecerá café —dijo él y, sin esperar la respuesta, descolgó el teléfono y recitó en italiano lo que parecía una orden demasiado complicada para un simple café. Fue entonces cuando Brina se dio cuenta de que estaban en un hotel. Y no en cualquier hotel, si no recordaba mal. Estaba en uno de los lujosos hoteles de Fabio De Santis. La pregunta era, ¿en cuál? —Me imagino que aún estamos en Gran Bretaña, ¿no? —preguntó ella cuando él colgó el teléfono—. ¿O ésta es la pesadilla del siglo y me he despertado de repente en Italia? El se rió, y para sorpresa de Brina, se encontró a sí misma sonriéndole de vuelta, como complacida por su respuesta ante su sentido del humor. —Sí, Brina, aún estamos en Gran Bretaña. Tu viaje misterioso acaba aquí. He hablado en italiano porque Rico, con quien hablaba, es de mi pueblo natal en Moserallo. Hay muchos italianos entre mi personal. —¿Para recordarte a tu casa? —No —dijo él mientras se reía de nuevo—. Mi familia tiene muchos amigos y muchos... —Brina esperó a que terminara la frase, y sus palabras la hicieron sonreír aún más—... muchos trotamundos que van por ahí con la mochila a cuestas y que deciden acudir a Fabio para que les dé trabajo. Al menos estaba en el país adecuado, pero la habitación que tenían ella y Lion era pequeña. No es que lo pareciera a primera vista, pero comparada con aquella... ¡Lion! Con un gemido de terror Brina comenzó a darse cuenta de la realidad de aquella situación. —También he pedido agua muy fría —dijo Fabio, aparentemente ajeno a su súbito malestar—. Supongo que estarás sedienta. Fue la subestimación del milenio. Tenía la boca como si hubiesen vaciado una aspiradora en ella, pero incluso eso era poca cosa comparada con el zumbido que se le había puesto en la cabeza. —Gracias —dijo Brina, y se incorporó suavemente, presionando con fuerza la colcha contra su cuerpo al darse cuenta de que no llevaba más que unas bragas muy pequeñas y un sujetador—. Gracias —dijo de nuevo, aclarándose la garganta con un ligero carraspeo y deseando que su mente le diese alguna pista sobre qué diablos estaba haciendo allí. —¿Estás bien? —preguntó él con preocupación. A Brina se le fue el color de la cara cuando se incorporó y notó que el moño que llevaba comenzaba a deshacerse. Cerró los ojos y comenzó a masajearse las sienes suavemente. —La verdad es que no —dijo ella tras tomar aliento, deseando que la maldita habitación dejase de dar vueltas para que pudiera concentrarse—. De hecho no me siento nada bien. —Ya lo noto —dijo él, pero la preocupación se había esfumado de su voz de tal modo que Brina abrió los ojos de golpe. —Mira, lo siento... —comenzó a decir ella con las palabras agolpándose en su boca—. La verdad es que no sé qué ha pasado. Estoy aquí con... —se detuvo y dudó un momento sobre qué apelativo ponerle a Lion…— mi novio. Estamos en la ceremonia de los premios... La estaba mirando, con una ceja levantada en señal de interrogación, mientras ella luchaba por inventarse alguna excusa para salir de allí con algo de dignidad y volver a su habitación, y sobre todo pensaba en qué excusa podría darle a Lion cuando le preguntara dónde había estado. —Creo que debo de haber comido algo en mal estado, o que tengo la gripe o algo. Debo de haberme equivocado de habitación... —se detuvo por un momento al ver cómo él levantaba también la otra ceja, así que Brina se rindió—. Tengo resaca, ¿verdad? —preguntó sin atreverse a mirarlo a los ojos. —Me atrevería a decir que sí —dijo él asintiendo con la cabeza. Brina tuvo claro entonces que se estaba riendo de ella y decidió que ya había tenido suficiente. Se enrolló en la colcha e, ignorando los martillazos en su cabeza, se puso en pie. No serviría de nada malgastar su tiempo con excusas. Fuera lo que fuera lo que hubiese ocurrido la noche anterior, quedarse allí viendo como él se reía de ella no iba a solucionarlo. —Tengo que irme —dijo ella, y deseó poder ser una de esas mujeres tan sofisticadas que había visto en las películas. Deseó poder poner una sonrisa mística y despedirse lanzándole un beso. Sin embargo, despertarse en la habitación de un hombre desconocido, de cualquier hombre en realidad, no estaba entre sus hábitos cotidianos, y su habitual aire de seguridad parecía no estar disponible aquella mañana. Las lágrimas amenazaban con salir, pero Brina se contuvo. Lo que fuera que la hubiese impulsado a llorar en brazos de Fabio la noche anterior no iba a repetirse de ninguna manera, así que se limitó a recorrer la habitación con la mirada en busca de su ropa. Localizó sus zapatos y su bolso y se tambaleó hacia donde estaban. La colcha estaba enrollada con fuerza a su cuerpo y no la permitía moverse bien, pero no le importaba. Lo único que quería era regresar a su habitación con Lion y desear que él tuviera tanta resaca como ella y no se enterara de que regresaba a la habitación a primera hora de la mañana. —Si buscas tu vestido, el personal del hotel te lo traerá enseguida. Aquello era demasiado. Con un suspiro de frustración Brina se sentó al borde de la cama y colocó la cabeza entre sus manos. Finalmente el moño se deshizo formando una cortina de pelo rubio sobre sus hombros y su cara. Por un momento se sintió refugiada tras aquella cortina dorada. Por un segundo o dos se sintió a gusto tras aquel velo improvisado mientras pensaba en cómo ella, Brina O' Connor, meticulosamente organizada, siempre bajo control, podía haber llegado a una situación como aquella. La noche anterior había sido planeada hasta el último detalle. La había planeado igual que planeaba cada trabajo que tenía que realizar, dejando los sentimientos de lado, comprobando cada detalle una y otra vez hasta estar segura de que tenía todo controlado. La noche anterior era una noche de negocios. —No me equivoqué, ¿verdad? —murmuró ella mientras comenzaba a recordar horrorizada—. Tú me trajiste. —Sí. —Ibas a dormir en el sofá —se aventuró a decir ella—. Yo no quería ir abajo para... —Para estar con tu novio —la interrumpió Fabio—. De nuevo. Así que dejé que durmieras en mi cama y dije que yo dormiría en el sofá. Aquello tenía sentido. Ya había encajado algunas piezas de aquel rompecabezas, pero muchas cosas aún seguían ocultas en su mente. —¿Y por qué...? —comenzó a decir ella y él, al ver los nervios en su cara, se limitó a sonreír—. ¿Por qué me he despertado en tus brazos? ¿Por qué no estabas en el sofá? —Porque tú me pediste que compartiera la cama contigo —dijo él en voz baja—. Así es, querida, hemos pasado la noche juntos... ¡Ay Dios mío! ¡¿Qué diablos había hecho?!

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