Capítulo dos: La cruda realidad
—Al principio me negué. Lógicamente estaba preocupado, dado tu... —tosió Fabio avergonzado—. Dado tu estado etílico y tu falta de control.
—No obstante, viniste de todas formas —dijo ella en un intento por desacreditarlo y por aparentar tener el control de la situación. Sin embargo, su intento fue fallido.
—Fuiste insistente. Muy insistente.
—Ah.
—La verdad es que te pusiste bastante histérica. En vez de darte una bofetada decidí dormir contigo.
—Ah —repitió Brina, y supo que decía la verdad, pues sus palabras habían destapado muchos recuerdos. Recordaba a Fabio rogándole que estuviese tranquila, a Fabio ofreciéndole agua e insistiendo como un padre protector en que se la bebiera. Fabio sacando pañuelos, secándole las lágrimas... De pronto en sus pensamientos un nuevo y mucho más inquietante recuerdo tomaba forma. Fabio tomándola en sus brazos, abrazándola no gentilmente, sino con firmeza, hablando con su hermosa voz, hasta que...
Brina tomó aliento. Casi podía sentir su mano en su cuello, masajeándola suavemente para aliviar la tensión y calmándola como uno debe hacer con un niño que acaba de tener una pesadilla.
No obstante, no había habido nada de infantil en la respuesta que aquello había provocado, nada inocente en la manera en que su cuerpo había reaccionado al tacto de Fabio. Y, allí sentada, avergonzada y claramente humillada, Brina sabía que había una última pregunta que hacer. Una respuesta horrible que completara su desesperación, un clavo más en el ataúd antes de regresar a su habitación e intentar recordar cómo la noche anterior había tomado ese camino.
—¿Hicimos...? —comenzó a decir ella, tragó saliva, se aclaró la garganta y lo miró directamente a los ojos, preparada para enfrentarse al mundo y a su conciencia—. ¿Hicimos algo?
—Hablamos —contestó Fabio—. Mejor dicho, tú hablaste y yo escuché.
—Lo siento si te aburrí —dijo Brina con una sonrisa que no fue correspondida. Le tocó a ella continuar la conversación—. Entonces, si todo lo que hicimos fue hablar, ¿cómo es que acabé sin vestido?
—Cuando llegamos a la habitación pedí café porque pensé que te despejaría. Habría funcionado si no lo hubieras derramado. Tu vestido está abajo, en la lavandería —dijo él con una sonrisa que suavizó sus duros rasgos—. No hicimos el amor, si es lo que te preocupa. Sin embargo, ya que sacas el tema...
—No lo he sacado —le contradijo ella pero, lógicamente, él la ignoró.
—Ya que sacas el tema —repitió Fabio para parar sus quejas—. Si hubiésemos hecho el amor no tendría que recordártelo. Cuando hago el amor con una mujer puedo asegurarte que no tiene problemas para recordarlo.
Ella lo miró y supo que, por muy arrogante y presuntuoso que sonara, decía la verdad. No había nada inolvidable en él y, sin embargo, Brina tenía que admitirse a sí misma que una noche haciendo el amor con aquel hombre no sería algo que una mujer pudiera olvidar.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no aprovecharte.
—Créeme, no fue difícil.
¿Qué?
—¿Así que definitivamente no...? —preguntó ella innecesariamente para asegurarse.
—Definitivamente no. Resulta que prefiero acostarme con mujeres que estén conscientes.
Brina decidió ignorar aquel comentario y, tras parpadear un par de veces, comenzó a sentir lo que parecía ser alivio.
¡No todo estaba perdido aún!
De acuerdo, haber estado fuera toda la noche no iba a sentarle muy bien a Lion y, sin duda Brina tendría que omitir el dato de en qué cama se había despertado, al fin y al cabo Fabio era el socio de Lion, pero el hecho de que no se hubiera acostado con él suponía al menos un indulto temporal. Recuperaría sus cosas y saldría de allí de una maldita vez sin causar ningún daño.
Se apartó el pelo de la cara y vio que Fabio aún la estaba mirando, así que intentó ponerle un poco de humor a aquella situación tan poco habitual.
—Uff.
Él no le devolvió la gracia, sólo se echó hacia atrás y se apoyó en un codo, para luego seguir mirándola con descaro.
—¿Uff? —preguntó él con tono irónico.
—Lo siento —dijo ella de nuevo, pero con un tono más seguro que antes—. Normalmente no bebo. Desde luego no licores. Alguna copa de vino sí, pero en cuanto a los licores. Ni siquiera me gusta su sabor. Anoche tomé alguno sólo para ser más valiente, ya sabes.
Él meneó la cabeza y ella se encogió de hombros.
—Estoy segura de que tú no necesitas ayuda de ningún tipo para ser valiente.
—No me di cuenta de que hubieras estado bebiendo dijo él, y sus palabras la desconcertaron. Comenzó a preguntarse si en algún momento lo había malinterpretado—. ¿Cuánto bebiste?
—Dos vodkas con naranja. Y, si esto es lo que me provocan, me alegro de no beber habitualmente. ¿Cómo puede la gente hacer esto por placer?
Se dio cuenta de que comenzaba a divagar y deseó que Fabio sonriera, que se encogiera de hombros, algo, cualquier cosa en vez de mirarla de aquella forma tan inquisitiva.
—¿Realmente crees que dos vodkas con naranja podrían tener ese efecto? —preguntó él finalmente, pero cuando Brina se dispuso a contestar, él se adelantó—. ¿Aún no te das cuenta de que lo que bebías no era lo que habías pedido?
—¿Cambiaste mi pedido? —preguntó ella asustada, y se dispuso a levantarse, pero Fabio soltó un silbido de indignación y murmuró algo en italiano, lo cual Brina no interpretó precisamente como un cumplido justo antes de darse cuenta de la verdad—. Fue Lion.
La ira que surgió en su interior no ayudó a mitigar los martillazos de su cabeza, así que cerró los ojos y trató de enfrentarse con el último de los defectos de la personalidad de Lion.
Era la confirmación, si es que la necesitaba, de lo bajo que estaba Lion dispuesto a caer con tal de conseguir lo que quería.
—El personal del hotel me alertó de lo que estaba sucediendo —continuó Fabio, pero Brina sólo estaba escuchando a medias, demasiado ocupada por aquel apuro como para preocuparse por los pequeños detalles—. Recordarás que yo estaba sentado en la mesa de al lado.
—Mmm —dijo ella con un leve movimiento de hombros y meneando la cabeza, pero al notar el rubor de nuevo en su cara supo que no podría engañarlo. La primera parte de la velada sí que estaba clara en su mente, y un metro noventa de belleza latina en la mesa de al lado no podría haber pasado desapercibida, a pesar de tener a un super atento Lion junto a ella. Recordaba claramente la chispa que había saltado entre ellos cuando sus ojos se habían encontrado la noche anterior, pero no estaba dispuesta a aumentar el ego de Fabio admitiendo aquello.
—Tú pediste el cóctel veraniego de fresas sin alcohol que aparecía en el menú. En realidad pediste tres.
—Sí pero, como ya te he dicho, me tomé esos condenados vodkas, y también hubo vino durante la cena...
—Bueno, lo que en realidad tomaste fue una versión muy cuestionable del daiquiri de fresa, más concretamente tres de ellos. Tu compañero iba a la barra cada vez que tú pedías y le decía a algún camarero que habías cambiado de opinión. Se aseguró además de elegir a un camarero diferente en cada ocasión, y no fue hasta que lo intentó por cuarta vez que un camarero lo escuchó decirlo.
Brina se pasó la mano por el pelo, furiosa con Theo pero, sobre todo, furiosa consigo misma por no haberse dado cuenta de lo que pasaba, por haber sido tan inocente de pensar que dos vodkas pudieran haber causado ese efecto. Sin embargo, su furia comenzaba a orientarse en una dirección diferente. Era muy bonito por parte de Fabio dar lecciones de moralidad, muy bonito por su parte dictaminar cómo se comportaban sus huéspedes, inmiscuirse sin ser invitado y jugar al caballero proverbial de brillante armadura, pero no tenía ni idea de las circunstancias. No se daba cuenta de lo importante que había sido la noche anterior para ella y, sobre todo, para su padre. Deseaba que Fabio se hubiese quedado fuera de todo eso y hubiera dejado que la noche siguiera su horrible e inevitable curso.
Al menos así ya habría acabado todo.
—Voy a tener más que palabras con Lion esta mañana. Si éste es el tipo de comportamiento que tiene, entonces debería buscar otro trabajo.
—No, por favor —dijo ella con un gemido. Era necesario que Fabio permaneciera al margen—. No lo hizo aposta. Ya sabes cómo pude llegar a ser.
—No tengo ni idea de cómo es. Si sólo le he visto un par de veces o tres —dijo encogiéndose de hombros, pero su expresión se endureció al ver la cara de Brina—. ¿Acaso te ha dicho otra cosa?
Por supuesto que Lion había contado otra historia. Según él, tenía mucha confianza con Fabio, confianza que estaría dispuesto a emplear si Brina no acataba la disciplina. Sin embargo, ése no era el tema. El tema era mantener el control. No podía arriesgarse a disgustar a Lion, no podía arriesgar el bienestar de sus padres.
Fabio tenía que creerla.
—Lion y yo... —comenzó a decir ella, sonrojándose cada vez más—. Bueno, íbamos a... —se detuvo deseando que Fabio dijese que no necesitaba los detalles, que captaba el mensaje.
No obstante, no fue así. Simplemente se quedó ahí, mirándola, con la boca cerrada, sin inmutarse de su evidente disconformidad sobre el asunto. Brina miró al suelo, a los pies de Fabio, y murmuró lo que esperaba que fuese el final de aquel asunto tan embarazoso.
—Íbamos a comprometernos —dijo en voz casi inaudible. Miró hacia arriba y vio la confusión en los ojos de él, escuchando mientras tomaba aliento. Abrió la boca para decir algo, pero cambió de idea y la volvió a cerrar—. Por eso necesitaba una copa. Estaba nerviosa —explicó Brina pacientemente.
No obstante,, al parecer, Fabio tenía problemas para comprender aquel rompecabezas. Meneó la cabeza y abrió la boca de nuevo, pero entonces sí que habló con tono perplejo.
—¿Por qué estabas nerviosa? ¿Por qué ibas a estar asustada por algo tan bueno?
—Simplemente lo estaba —contestó ella. No iba a contarle a él los detalles más personales, contarle que Lion había dejado sus intenciones muy claras. No habría más besos vacilantes en el marco de la puerta, no más disimulos tras las interminables excusas de Brina. Lion iba a reclamar lo que suponía que era suyo.
Y no había ni una sola cosa que ella pudiera hacer al respecto.
Decidió que ya había dicho demasiado, así que se levantó e intentó recogerse el pelo.
—Dejémoslo ahí, ¿vale? ¿Puedes llamar a la lavandería para que me suban el vestido? Me gustaría vestirme —dijo ella, pero al ver que Fabio no hacía intención de descolgar el teléfono, se encogió de hombros—. Muy bien, si es así como te gusta jugar, entonces lo haré yo misma.
Descolgó el auricular y marcó los números, ignorando la descarada mirada de Fabio. No tenía que justificarse ante él. Si quería seguir jugando al héroe, entonces sería mejor que se buscara otra damisela en apuros.
—De acuerdo, comprendo que hayas podido estar un poco tensa —dijo él, reanudando la discusión como si la última parte de la conversación no hubiese tenido lugar. Brina dudó por un momento—. ¿No obstante, por qué querría Lion emborracharte? ¿Qué clase de hombre se declararía a una mujer cuando ésta no sería capaz de recordarlo a la mañana siguiente?
Ella dejó escapar una risa profunda y grave y él vio cómo se le agarrotaban los hombros y cómo su mano permanecía temblorosa sobre el teléfono. Tuvo que hacer un esfuerzo por entender las palabras de resignación que salieron de la boca de Brina.
—Uno muy decidido.
La derrota en su voz, su exasperación, hicieron que algo se agitara en el interior de Fabio. De pronto sus sentimientos hacia Lion, ese supuesto hombre que lo había molestado la noche anterior, pasaron de desagrado a repugnancia, de desprecio a furia. Sin embargo, nada de eso se apreciaba en su voz. Sabía que una palabra mal dicha la pondría de nuevo a la defensiva, la sacaría fuera de su habitación y de su vida.
No quería que se marchara.
Aquella certeza lo dejó pasmado. La noche anterior había estado preocupado, tanto como lo habría estado el haber visto a cualquier huésped o a cualquier mujer de la que se estaban aprovechando. Sin embargo, ya se había acabado. Ya había cumplido con su deber moral, había evitado el problema. Ella ya estaba sobria, capaz de hacer sus propias llamadas. Si quería su vestido, si quería regresar a la habitación de aquel gusano, ¿por qué no iba a hacerlo? ¿Qué iba a importarle a él lo que esa mujer hiciera con su vida?
No obstante, le importaba.
—No estarás considerando la posibilidad de volver a la habitación con Lion después de lo que te hizo la otra noche, ¿verdad?
—Mira —dijo ella forzando una sonrisa mientras lo miraba—. Gracias por tu preocupación. Por muy desacertado que fuera, estoy segura de que tenías buena intención. Sin embargo, la verdad es que sabía lo que hacía anoche y no necesitaba tu supuesta ayuda.
—Me atrevo a discrepar.
Brina abrió mucho los ojos y alzó las cejas sorprendida al comprobar cómo su delicioso acento italiano había dejado paso a un acento inglés más bien seco.,
—Esa es la frase preferida de mi encargado en Londres —dijo Fabio al notar su sorpresa. Sin embargo, enseguida regresó a su acento habitual, que hacía que Brina ardiera por dentro, desde la cabeza a los pies, a los que prefería mirar antes que al ogro que tenía enfrente—. La única cosa sensata que hiciste anoche fue pedirme ayuda. ¡A mí! —gritó él mientras le tomaba la barbilla entre los dedos para obligarla a mirarlo—. ¿Quizá quieres que te refresque la memoria?
—Quizá no —dijo ella avergonzada.
—Un compañero desvió la atención de Lion durante un rato mientras yo te llevé a un lado y te dije lo de las bebidas. Tú, señorita O' Connor, enseguida rompiste a llorar y me rogaste que me deshiciera de él, me rogaste ayuda. No me dejaste más opción que traerte aquí.
—¡No obstante, no tenías por qué hacerlo! —gritó Brina apartando su mano de ella para mirarlo desafiante. Sin embargo, Fabio no había acabado aún.
—Créeme que desearía no haberme molestado. Si hubiera habido una habitación libre en el hotel te aseguro que habría sido para ti. ¿No crees que tendría mejores cosas que hacer anoche que hacer de canguro para ti? No sólo tenía una sala repleta de invitados de los que encargarme, sino que los de la prensa estaban preparados para escribir un artículo. ¡Mierda!
Sin detenerse para tomar aliento, sin dar más explicaciones, caminó por la habitación y abrió la puerta de golpe. Brina se dio cuenta de que había ido demasiado lejos, que iba a echarla y, lo que era peor, se lo merecía. Fabio De Santis se había comportado como un auténtico caballero y ella no había sido más que una desagradecida. Agachó la cabeza, avergonzada, mientras intentaba caminar envuelta en la colcha.
—¿A dónde vas? ¿A dónde diablos te crees que vas?