5.Chantajeada

2175 Words
Capítulo cinco: Chantajeada Fabio ya no necesitaba chasquear los dedos, los detalles le venían dados. El hotel a bajo precio que había comprado hacía un año, la culpa que decidió ignorar tras darle la patada a un hombre cuando estaba en las últimas. De acuerdo, Martin O' Connor se lo había buscado él mismo, aunque Fabio no recordaba los detalles que su nuevo director, Lion, le había dado. Juego, o alcohol, o una mezcla de ambos. Sin embargo, fuera lo que fuera lo que causó sus deudas, lo que lo llevó a la ruina, a Fabio le había venido muy bien, y, ahora que miraba a la cara de la hija de su predecesor, la culpa se multiplicaba. —Fue un trato de negocios —dijo Fabio, pero su voz no sonaba nada segura. —Lo que tú digas —contestó ella. —Siento lo que ocurrió, pero no fue culpa mía. Tu padre era un pésimo hombre de negocios. Se lo buscó. —Mi padre —dijo Brina enfadada y con voz temblorosa—. Mi padre era un hombre de negocios extraordinario. Aún lo es. La única razón por la que el hotel aún sobrevive es por las horas que él echa allí. —¿Aún trabaja allí? —Fabio contestó su propia pregunta—. Claro, yo lo dejé allí como director. —Ayudante de director —puntualizó ella—. El segundo en cargo después del maravilloso Lion. Un hombre que lleva el hotel por miedo. Un hombre que se lleva los beneficios al bolsillo en vez de invertirlos en el lugar. Un hombre que vive de lo que mi padre un día construyó. Fabio le daba las gracias para luego girarse hacia ella con una sonrisa. —¿Y por qué ibas a prometerte a él si es tan horrible? —preguntó Fabio—. ¿Por qué entraste de su brazo anoche medio vestida y medio borracha? En otras circunstancias aquellas palabras la habrían herido y avergonzado aún más, pero con su estado de ánimo casi ni rozaron la superficie. Los meses de furia contenida finalmente explotaron, con sus palabras tan envenenadas que casi no pudo contenerlas. —Porque dejó bien claro que, si no me acostaba con él mi padre perdería su trabajo. —¿Te está chantajeando? —Sí —dijo ella—. Tu socio me está chantajeando. —¿Socio? Lion no es mi socio —dijo él meneando la cabeza con una risa incrédula, la cual no duró mucho. Fabio De Santis estaba mucho más espabilado de lo que Brina había imaginado. Su expresión se oscureció, sus ojos azules se entornaron y dejó escapar un silbido—. ¿Es eso lo que dice? ¿Es así como este Lion opera? ¿Así ejerce su autoridad? ¿Dejando que el personal piense que es el propietario? —Copropietario —le corrigió ella. —¿Copropietario? No es el copropietario. Yo soy el propietario. Todos los directores de mis hoteles tienen un cinco por ciento de las acciones. Así me aseguro los beneficios. —Ah, claro, los beneficios —dijo ella mirando con desagrado a Fabio—. Una vez más. Estamos todos muy familiarizados con ese gusto tuyo por esa palabra. —¿Scusi? Disculpa?>> —por primera vez su inglés desapareció, pero pronto se recompuso—. ¿Qué se supone que significa eso? —Beneficio —repitió ella. Ya no había vuelta atrás, estaba metida en eso hasta el cuello pero, al menos, podría decirle lo que opinaba de sus métodos, hacerle pagar por toda la agonía que le había causado a su familia. Era ella quien tenía la última palabra—. Ése es el máximo para ti. Beneficio es la razón por la que pagas a tus empleados una miseria, por lo que han de quedarse trabajando noche tras noche sin cobrar nada extra, por lo que ese maravilloso hotel no es ni la sombra de lo que solía ser. —¿La sombra? —¡No finjas que no lo entiendes! —exclamó Brina—. Está en las últimas, acabado, finito. ¿Lo pillas? Estoy segura de que aún te reporta grandes beneficios. Estoy segura de que sobre el papel todo está bien. Sin embargo, el personal se está yendo y no pasará mucho tiempo hasta que los clientes hagan igual. El silencio que hubo a continuación fue horrible. Brina casi no podía creer que hubiese admitido la verdad, y mucho menos a Fabio, el cual estaba pálido, con los músculos de su cara apretados por la ira, con los nudillos blancos de apretar los puños. —¿No obstante, qué tiene que ver todo eso contigo? ¿Por qué ibas tú a...? —¿Comprometerme con él? —finalizó ella la frase ¿Me preguntas que por qué iba a prostituirme con un hombre como Lion? —insinuó. Fabio se encogió al oír aquellas palabras, y ella disfrutó viéndolo— Porque soy hija de mi padre. Sé lo que hay que hacer y lo hago. Mi padre no es el patético hombre de negocios que dices. No es un jugador ni un bebedor que tira su dinero. Mi hermano se estaba muriendo... —hizo una ligera pausa—. El dinero que sacó mi padre por la compra del hotel sirvió para alargar su vida un poco más. —¿Cuánto más? —Seis meses. Había un tratamiento en América. No iba a ser una cura, pero lo que sacó vendiendo el hotel convirtió unas semanas de agonía en seis meses preciosos. Fue a París y a Roma, nos dio tiempo para decir todas las cosas que había que decir, para resumir toda una vida de amor en seis mes y, si retrocediéramos en el tiempo, mi padre volvería a hacer lo mismo. —Aún sigo sin comprender. —La muerte hace que veas las cosas con perspectiva, pero no hace que se detengan las facturas. Tu hipoteca no desaparece porque, dentro de tus proyectos, ni siquiera importa. Mi padre tuvo que comenzar de nuevo, ahora tiene que trabajar por una miseria para la cadena De Santis, tiene que ver cómo su adorado hotel se va al traste. Sin embargo, no se queja. Lo único que quiere son tres años más de trabajo. Tres años para terminar de pagar la hipoteca y ahorrar algo para su jubilación, un día de trabajo digno por un salario digno. ¿No obstante, qué iba a saber el gran imperio De Santis sobre eso? Lo único que a ti te importa son los beneficios. —Te equivocas —la contradijo Fabio—. Sí, me preocupan los beneficios. Soy un hombre de negocios al fin y al cabo, pero también me preocupo por los empleados y ellos me lo pagan con absoluta devoción. No tengo que vigilarlos porque sé que dan lo mejor de ellos. —Dan lo mejor de ellos porque están aterrorizados de poder perder su empleo. —¡Y una mierda! —exclamó. Si antes lo había visto enfadado, ahora estaba lívido. Echaba fuego por los ojos—. Mis empleados saben que cuido de ellos. Me aseguro de recordar sus cumpleaños, de que su lealtad sea recompensada. Mira a Rico, el hombre con el que hablé esta mañana. El fin de semana que viene es su cuadragésimo aniversario de boda. Se alojará en esta misma habitación con su esposa, recibirán el mismo servicio que exijo yo para mí. —Con un diez por ciento de descuento para el personal —contraatacó Brina—. Lion también hace eso. —No habrá ningún descuento. No habrá factura en absoluto. Por un momento ella no contestó, pues estaba confusa. La verdad era que no sonaba como un hombre de negocios que tratase mal a sus empelados, no parecía el ogro que ella había imaginado. Su aversión inicial estaba cambiando. Tras las capas de la cebolla aparecía un mucho más concienciado que el hombre malicioso que ella había construido en su mente. Sin embargo, aún sospechaba de él. Los hechos hablaban por sí solos. Ella había visto de primera mano la devastación que su liderazgo había causado. —Es culpa de Lion —dijo él con voz más calmada, aunque Brina aún podía captar el odio en sus palabras. Sin embargo, el escucharlo hablar mal de Lion a ella la reconfortó. Doce meses de dolor no eran fácilmente olvidables—. Yo nunca trataría a mis empleados así. —¡No obstante, lo has hecho! —exclamó ella—. ¿No entiendes, Fabio, que has hecho justo eso? Puede que Lion sea tu socio, o tu director, o tu copropietario, o cualquier cosa que se llame a sí mismo, pero es tu nombre el que encabeza cada papel, el que firma cada cheque. ¡Eres tú el que destruye a mi padre! —¡Seí pazza! > —aquello no necesitaba traducción. Le puso las manos en la cintura para obligarla a mirarlo, pero la furia que ella había desatado no la asustaba, más bien la envalentonaba. Tomó aliento y continuó hablando, más calmada en esa ocasión. —Lion ha estado chantajeándome —dijo, y sintió cómo las manos en su cintura apretaban más aún, vio la furia en los ojos de él mientras continuaba pronunciando cada palabra con la certeza que merecía—. No sólo despedirá a mi padre, sino que lo destruirá en el proceso. Ha dejado muy claro que lo acusará de malversación si las cosas no salen según sus sórdidos planes. Ya ha arruinado la carrera de mi padre y estará encantado de tirar su reputación por los suelos si es necesario para su causa. —¿Su causa? Las manos alrededor de su cintura no es que apretaran, es que parecían dos vigas de metal, y Brina intentó liberarse. —Lion considera que es su derecho divino el tener una hermosa mujer rubia a su lado. Y si eso suena engreído no me importa. —Es la verdad —dijo él dejando momentáneamente de lado los hechos desagradables y centrándose en la atractiva mujer que tenía enfrente—. Haces que ser guapa suene como una maldición. —Nunca dije que fuera guapa —le corrigió ella No obstante, sí. Parecer una adolescente frágil puede tener sus desventajas tanto en lo personal como en lo profesional —dijo mientras lo miraba desafiante con la espalda rígida—. ¿Tú me tomarías en serio en una sala de consejos, señor De Santis? Aquella pregunta lo confundió, pero contestó igualmente. —No soy sexista. Si lo que dijeses tuviera sentido por supuesto que te escucharía. Como respuesta ella intentó soltar una risa sarcástica, pero fracasó. —Te contradices a ti misma, Brina —respondió él Pides que te tomen en serio a pesar de tu aspecto mientras que, por otro lado, estás dispuesta a comprometerte con un hombre que te quiere sólo como a un trofeo. No tiene sentido. —Pensé que podía hacerlo —el sarcasmo había desaparecido de su voz—. Pensé que podría llevar el compromiso como un trato de negocios. —No obstante, no podrías haberlo hecho —respondió él. Fue una afirmación categórica, no una pregunta, pero aun así ella asintió. —No soy una romántica, Fabio. No creo en la pepita de oro al final del arco iris. No creo que haya un alma gemela ahí fuera, esperándome. Casarme con Lion no significaba decir adiós a algo largamente soñado. Era sólo el medio para el fin, la solución a un problema. —Tienes una visión muy amarga del matrimonio para ser tan joven. ¿Qué habría pasado si él hubiera querido hijos? —¡No! —exclamó ella meneando la cabeza con fuerza—. Nunca le habría dado un bebé. —¿Cómo puedes estar segura? ¿Qué te hace suponer que no habría ido un paso más allá y habría exigido tener hijos? —Podría haberlo exigido todo lo que hubiese querido, pero eso sí que no se lo habría dado. Por mucho que pudiera perjudicar a mi padre. —Al menos pensaste en eso —dijo él mientras escudriñaba su rostro en busca de alguna pista para poder entender un poco más su compleja personalidad. —Eso no era negociable —dijo ella, y sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Evitó su mirada y miró hacia abajo, centrándose en sus potentes manos, que reposaban sobre su esbelta cintura. Casi podía oír las cosas que él no decía, la expectación de Fabio en cada respiración, esperando a que ella dijese algo—. Nunca habría tenido un hijo suyo —concluyó, y se dio la vuelta para irse, pero él seguía agarrándola. —Dime sólo una cosa —dijo él mientras la miraba a los ojos, dorados, fieros, desafiantes. Le recordaba a un gatito que su madre había llevado a casa una vez, siempre bufando y arañando pero adorable en cualquier caso—. ¿Cómo has llegado a estar tan resentida, Brina?
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