Capítulo seis: Cediendo a la tentación
Brina vaciló por un momento. Quería gritarle al italiano y decirle que se equivocaba. Sin embargo, ¿de qué serviría?
Sería mejor que pensara que era una mujer escarmentada de la vida, mejor marcharse cuanto antes.
—Años de práctica. Ahora... —dijo mientras forzaba una sonrisa—. Si me devuelves la cintura, por favor, me gustaría darme esa ducha.
Fabio la soltó de manera repentina como si su tacto quemara.
—Por supuesto —le indicó el camino con la expresión indescifrable.
Brina se sintió feliz al sentir el agua deslizarse por su cuerpo, llevándose consigo el maquillaje y el gel fijador del pelo. Entonces dejó salir las lágrimas que había estado
aguantándose, y se quedó bajo el chorro de la ducha, pensando en lo que había hecho, en las enormes repercusiones que tendría la caja de Pandora que acababa de abrir.
Se envolvió en un suave albornoz blanco y comenzó a peinarse. Estaba prácticamente apática, todas las emociones liberadas la habían dejado seca. Miró su reflejo en el espejo. Miró sus ojos y los vio por primera vez inseguros. Le temblaba el labio superior mientras ideaba algún plan de ataque, alguna solución a sus problemas.
Había pensado que podía hacerlo.
Había penado que podía dejar las emociones a un lado, ignorar las horribles implicaciones que traería consigo un compromiso vacío, hacer cualquier cosa para conseguirle a su padre un poco de paz. Sin embargo, al final había fracasado.
Dejó a un lado los montones de excusas que se agolpaban en su mente con la misma fuerza que abrió la puerta del baño.
No había excusa.
Fabio De Santis tenía razón. Todo se reducía a una simple verdad: simplemente no podría haberlo hecho.
—Lo siento —dijo él al verla salir del baño, mientras caminaba de un lado a otro de la habitación—. Siento muchísimo lo que te ha ocurrido a ti y a tu familia. Es todo responsabilidad mía.
No estaba mirándola. Finalmente se detuvo junto a la ventana y se puso a mirar por ella.
—No es culpa tuya —incluso a Brina le sorprendió aquella afirmación. Durante un año el nombre de Fabio De Santis le había causado tanto dolor y tanto odio y, sin embargo, al estar frente a él, al sentir su culpa, aquel odio cambió y ella supo que lo había dirigido en la dirección equivocada.
—No obstante, sí que es culpa mía —dijo él tras tomar aliento—. Tenías razón. Es mi nombre el que encabeza todos los papeles. Soy yo quien firma los cheques —dijo apretando los puños con rabia e impotencia—. Es mi nombre el que ese Lion ha utilizado. Si el café está frío, si las camas no están hechas, si el agua de la piscina está demasiado fría, es mi responsabilidad. Claro que no puedo estar en todas partes. Tengo que confiar en los jefes de personal, pero cuando uno de ellos... —entonces se giró y la miró—. Por haberte tratado de ese modo... —añadió llevándose el puño al pecho—. Está despedido. Despedido y hundido en lo más profundo de una alcantarilla. Olvídalo para siempre.
—No es tan fácil. Incluso aunque haya exagerado, Lion aún tiene...
—Despedido —dijo Fabio con tal precisión que Brina casi lo creyó. Casi.
En algún momento a lo largo de su vida había dejado de creer en la gente. En ese mismo instante, Fabio probablemente estaría diciendo la verdad, y Brina no lo dudaba, no cuestionaba su sinceridad. Sin embargo, en unas pocas horas regresaría a Roma, a su mundo, un mundo muy alejado de ella, y sus intenciones, por muy buenas que fueran, se convertirían en nada.
Ya lo había comprobado antes, en muchas ocasiones.
Las promesas no significaban nada.
—Tiene un contrato —señaló Brina en un tono profesional, como lo haría frente a un cliente—. Hay leyes sobre el despido improcedente.
—¿Protegerían a tu padre? —respondió Fabio con rapidez—. Son detalles sin importancia. Mis abogados se encargarán de eso. Te lo prometo, Brina. No tendrás que volver a verlo nunca más. No tendrás que volver a preocuparte por que te chantajee.
—Es mi padre el que me preocupa —señaló ella—. Yo puedo cuidarme sola.
—No, Brina, es evidente que no —dijo él mientras se acercaba a ella sin dejar de mirarla—. Anoche podía haberte ocurrido cualquier cosa.
—Estás exagerando —contradijo ella con voz firme, aunque en su interior sentía que no tenía razón. Fabio tenía razón. La noche anterior había jugado a un juego peligroso, a un juego estúpido, y su única salvación había sido aquel hombre que estaba frente a ella. El cambio en sus sentimientos la asustó, la puso nerviosa, desató un chorro de adrenalina mientras ella luchaba con sus emociones, rezando por escuchar la voz de la razón en su cabeza.
No podía sentirse atraída hacia Fabio De Santis.
Seguramente sería una respuesta primitiva que él había desencadenado. Estaba confundiendo la gratitud con la lujuria. Le costó un gran esfuerzo controlar su respiración y su ritmo cardíaco mientras deseaba que se le restableciera la cordura. Era gratitud lo que ella sentía, nada más, y más le valdría recordarlo. Se aclaró la garganta y habló con toda la convicción que pudo.
—Sabía en lo que me metía.
—Quizá —dijo con voz suave—. ¿Qué habría pasado si no hubiera sido mi habitación en la que acabaste? ¿Qué hubiera pasado si otro hombre...? ¿Qué?
La miró, le pasó la mano por el pelo y vio que la mujer que tenía ante él no tenía nada que ver con la sofisticada belleza en la que se había fijado al principio. Lo aterrorizó el que pudiera haber ocurrido eso.
—No obstante, no ocurrió nada —dijo ella en voz muy alta. Se sentía atrapada por sus ojos, en la línea de fuego y, lo más sorprendente de todo, sin ganas de irse—. Acabé aquí, contigo —añadió con una media sonrisa—. Y tú dijiste que no fue difícil no aprovecharse.
—Mentí.
Se acercó más a ella, aún con la mano en su pelo y la otra en su cintura. Ella tenía opción de moverse, de echarse hacia atrás, de quitarle la mano. No obstangte, se quedó ahí, de pie, alucinada por los sentimientos que él despertaba en ella. Casi podía sentir la tensión s****l en el aire. Cada pelito de su piel, cada poro, cada célula estaba saturada por su presencia.
—Me costó mucho resistirme.
Era cierto. Fabio cerró los ojos por un momento y recordó la felicidad de tenerla entre sus brazos. Recordó cómo reconfortó a aquella adorable desconocida, el sentimiento protector que había despertado en él, y luego, cuando se había quedado dormida, recordaba su aliento cálido contra su mano, sus pechos subiendo y bajando contra él, su pierna enredada en él, su aroma, su tacto. Le había costado un esfuerzo sobrehumano quedarse ahí sin hacer nada, sin acariciarla. Sin embargo, en ese momento, viéndola sin maquillaje, tan joven, tan inocente, sentía que el sentimiento de protección desaparecía. Y se magnificó la tensión s****l de un hombre y una mujer que comparten cama. La mujer sofisticada y comprometida que había conocido había desaparecido y había dejado en su lugar a una mujer más suave, más amable y mucho más deseable.
Brina podía sentir el calor de su mano a través del albornoz, apretando contra su espalda y se sintió como en la gloria. Los mensajes subliminales que su cuerpo había estado enviando eran mucho más descarados. Recorrió los labios con la lengua y sus pupilas se dilataron, ocultando parcialmente el color dorado de sus ojos, justo antes de que él juntara sus labios con los de ella, haciendo que todo lo demás dejase de existir.