Clara había terminado de corregir las tareas de sus alumnos mientras los escuchaba jugar en el recreo. Era maestra de segundo grado y lo amaba. No le importaba quedarse después de hora, pasar largas horas corrigiendo o buscando nuevas estrategias pedagógicas. Aquellos niños eran su vida y siempre era gratificante que incluso al pasar al nivel secundario, continuaran saludandola con una sonrisa y la recordaran como su mejor maestra. Tenía una vida feliz, había heredado la casa de su abuela y con mucho esfuerzo la había convertido en un precioso hogar. Desde allí caminaba hasta la escuela, incluso con lluvia y regresaba con la felicidad de la tarea cumplida. No se quejaba. Disfrutaba de los jueves con sus amigas, algunos viajes juntas y las fiestas con sus padres y primos. Vivía de la p

