CAPÍTULO 4: EL REY CIEGO DESPERTÓ

2987 Words
Aitana no había dormido. Ninguna de las tres lo había hecho esa noche . La sensación en el estómago no era solo hambre,era otra cosa. Como si el aire se hubiera vuelto más denso, más pesado,sentían que la oscuridad supiera que algo estaba a punto de pasar. Catalina se removía incómoda, el cuerpo le dolía más que nunca se le ardían las articulaciones, los huesos crujían con cada movimiento que daba. Tenía fiebre, pero no por una enfermedad. Era algo distinto… algo que no podía explicar. Eugenia la observaba desde el rincón, acariciándole la mano. La fuerza de su prima siempre había sido un pilar. Pero ahora, ambas estaban más preocupadas por Aitana. Aitana tenía el oído pegado a la puerta ,su espalda encorvada, sus dedos apretados contra la madera, la expresión endurecida. Ella,escuchaba… todo. Cada paso, cada susurro desde que tenía memoria podía hacerlo, aunque jamás se lo dijo a nadie. Era su secreto por ahora más preciado. Su escudo. Pero lo que escuchó esa mañana la hizo temblar. —Se fue. El gobernador se fue antes de tiempo… —la voz de Sor Constanza, apenas contenida, temblaba de rabia. —Parecía incómodo. ¿Crees que fue por las niñas enfermas? —susurró una cuidadora. —¡No son niñas enfermas! Son una plaga,esas chicas son una maldición. Estoy segura de que esa conversación lo hizo sospechar. ¡Maldita mocosa, con su voz temblorosa y su ignorancia! Nos va a costar todo… y si lo perdemos, será por culpa de esas tres indeseables.Especialmente de la del pelo rojo. Aitana se apartó de la puerta, pálida,ella sabía lo que venía. No tardaron ni tres minutos y la cerradura se abrió con un chirrido cruel. La luz del pasillo se filtró como un cuchillo que quemaban los ojos . —¡Arriba! —vociferó Sor Constanza, con los ojos fuera de sí. —Pero... aún no amaneció —susurró Eugenia. —¡No me respondas, basura insolente! Dos cuidadoras las arrastraron por el suelo. Les tiraron de los brazos con violencia, como si fueran sacos de desperdicio. Las llevaron al pasillo. Las niñas de las otras habitaciones observaban en silencio, con el miedo en los ojos, sin atreverse a hablar. Ya sabían cómo funcionaba el castigo en Piedra Gris. Las llevaron al segundo piso. —Van a limpiar las habitaciones de los invitados —dijo una de las cuidadoras—. Pero no esperen gratitud. Lo van a hacer con escobas rotas y rodillas en el piso y si queda una sola mancha, no cenan en tres días. Aitana sentía el temblor en sus manos. El cuerpo le dolía, pero no tanto como el alma porque sabía que esto era personal. Que no era limpieza, ni castigo común. Era una advertencia un ataque directo. Sor Constanza pensaba que ella había espantado al gobernador. Que por su culpa, por su presencia, por su voz débil y su cara de “enferma”, el orfanato había perdido su oportunidad aunque el gobernador nunca las vio en ningún momento. —Esta vez, ni se les ocurra susurrar entre ustedes —dijo la directora, deteniéndose frente a ellas—. Y vos, la del pelo sucio —miró a Aitana como si fuera un insecto—, si volvés a abrir la boca sin que se te pregunte, te juro que vas a rogar no haber nacido. —Si no hablamos.—repondio Aitana ,aunque sabía que no debía hablar —Nosotras estábamos encerradas . Paf ..paf un cachetazo de ese monstruo vestida de monja retumbó en la cara de Aitana. —callate mocosa o te va a ir peor . Aitana no lloró ,la quedó viendo directamente a los ojos y la directora más enojada se ponía .En la cabeza de esa mujer las tres tenían la culpa de todo lo malo que pasaba en el orfanato . Las dejaron solas. La puerta se cerró con violencia. Catalina cayó de rodillas. Las piernas le temblaban. Eugenia la sujetó para que no golpeara la frente contra el piso. —¿Estás bien? —susurró. —Me arde… todo. Como si la piel me estuviera quedando chica. Como si algo me rompiera desde adentro. Hasta los dientes me duelen, Euge… Aitana las miró a ambas. Estaban juntas. Eso era lo único que importaba. Pero dentro de su pecho, el corazón latía demasiado rápido. Y esa sensación de presagio seguía ahí, como si la Luna le murmurara desde lo alto que algo estaba por quebrarse. Y esta vez… tal vez no pudieran contenerlo. *** Sor Constanza cerró la puerta del segundo piso con un portazo seco. Las chicas estaban encerradas, arrodilladas entre polvo y desechos, fregando con manos desnudas. La rabia aún le burbujeaba bajo la piel. Sentía las venas palpitar en las sienes. Nunca en su vida había sentido tanto asco por alguien como por esa maldita del pelo rojo. Aitana. Cada vez que la miraba, sentía una presión inexplicable en el pecho. No era solo odio. Era miedo,sabía que si despertaba antes de tiempo,nadie la pararía. Caminó por el pasillo del ala antigua, el más silencioso, donde nadie se atrevía a husmear. Llegó a su oficina, cerró con llave y descorrió la alfombra del suelo. Debajo, una trampilla. De allí sacó un teléfono satelital, uno de los modelos viejos que solo se usaban en casos de emergencia… o cuando la conversación debía mantenerse fuera de todo registro. Marcó un número que se sabía de memoria. El tono sonó una vez. Luego otra. Hasta que una voz respondió. —¿Qué pasó? —Señor. —la palabra se le quedó pegada como veneno en la lengua— Lo llamo porque... una de ellas va a cambiar pronto. Hubo un silencio al otro lado. No de sorpresa,era de tensión. —¿Cuál? —No lo sé con certeza. Pero si tuviera que apostar… sería la del cabello rojo. Esa maldita. —¿Aitana? —Sí. Algo en ella está… latiendo distinto. Lo siento. Es como si la piel ya no pudiera contenerla. Y las otras dos la siguen como perras fieles. No será una sola. Si una despierta, las tres lo harán y ahí se acabó Mintió para que de una vez por todas se llevarán a las tres plagas de su Orfanato. El hombre al otro lado exhaló lento. —No pueden cambiar dentro del orfanato. Si lo hacen ahí, la Luna podría revelarlas. La energía podría ser rastreada. ¿Entendés lo que eso significaría? —Por eso lo llamo. Hay que sacarlas. Ya. —¿Puedes sedarlas? —No por mucho tiempo. Ya sospechan. La rubia se queja de dolores. Y la morena... empieza a protegerlas más que antes. El lazo entre ellas es fuerte,no las podemos tener más aquí . —Bien. Voy a enviar un transporte. Oficial. Con papeles falsos. Las trasladaremos como “casos psiquiátricos”. —¿Y a dónde las llevarán? —A un lugar donde no interfieran más con los planes del Consejo. Una vez allí… el despertar será contenido o interrumpido para siempre,como debió ser desde el principio. Sor Constanza sonrió por primera vez en días. —Haré que las niñas firmen cualquier papel. Les venderé una mentira dulce. Y cuando despierten… estarán encadenadas. —Hacelo bien. No puede haber errores. Si una de ellas despierta por completo y el Rey la encuentra… perdemos todo. Clic. Fin de la llamada. La mujer volvió a esconder el teléfono, cubrió la trampilla y se acomodó el velo. Luego se miró al espejo. Sus ojos estaban oscuros, brillando de algo que no era fe. Nunca lo había sido. —Reinas, ja… —susurró—. Van a morir sin saber quiénes fueron. Y con paso firme, salió del despacho. El traslado estaba en marcha. Y la oscuridad… ya había dado su primer paso. La Luna en el cielo esa noche no brillaba,ella lo sabia, aunque todos callen esas chicas estaban por despertar y su verdad despertaría en cualquier momento. *** El amanecer había traído un cielo gris, cubierto de nubes bajas, y un viento que arrastraba la humedad . El Rey Kael llevaba horas en silencio, apoyado sobre el marco de la ventana de la posada real donde pasaron la noche. No había dormido. No pudo pegar un ojo. Algo lo quemaba por dentro. Un fuego Estaba alerta. Como si el aire del reino se hubiera vuelto más denso,hostil. La Luna no se veía, pero estaba presente. La sentía como un pulso en la sangre. Detrás de él, su Beta, también permanecía de pie. Lo observaba de costado, con el ceño fruncido. —¿También lo sentiste, no? Kael asintió muy lento. —Sí. Es como… una vibración. Pero no en el cuerpo.Lo siento en el alma. Como si alguien a quien amas estuviera por ser arrancado de este mundo. —¿Creés que es ella? —Estoy seguro —dijo Kael, sin girarse—. No sé qué está pasando, pero está mal,mi reina está muy mal. —Y estamos lejos —susurró Elías. El Rey se apartó de la ventana con rabia contenida. Se puso la chaqueta y los guantes. Sus ojos dorados brillaban más intensos que nunca. —Hoy no vamos a descansar. Desayunamos y seguimos. No quiero discursos. No quiero teatros. Voy a ver la verdad de esta ciudad… y luego la siguiente. *** La comitiva real partió una hora después. Al llegar a la segunda ciudad, los recibieron como lo esperaban que lo harían con tapices limpios, música ensayada y niños vestidos con ropas planchadas. Las autoridades locales tenían preparada una ceremonia de apertura, con regalos simbólicos, un discurso de bienvenida y hasta una muestra de danzas típicas. Pero apenas bajaron del vehículo oficial, Kael levantó una mano. —Solo desayuno —dijo con tono educado, pero seco—. Después continuamos la recorrida. El gobernador local, confundido, intentó interceder. —Majestad… es tradición recibirlo con . —Con flores y bailes, lo sé. Pero el pueblo tiene hambre, no tiene tiempo para coreografías. Vamos a desayunar y después me muestran la ciudad real. No la que decoraron para mí. Elías se mordió el labio para no sonreír. Los miembros del Consejo —que habían llegado la noche anterior para supervisar— se miraron entre sí, inquietos. Uno de ellos, un hombre de cabello blanco y sonrisa fingida, se adelantó: —Majestad, no quisiéramos que pareciera que no respetamos sus deseos… pero tal vez deberíamos mantener el protocolo. Kael se giró hacia él, sin perder la compostura. —¿Protocolo? Claro. Fingir que todo está bien,como en Rovek o en el resto de las ciudades. Como hacen ustedes desde hace años. Un silencio tenso cayó sobre todos. —Desayuno —repitió el Rey, cortando el momento—. Luego inspección. Quiero ver los mercados las calles internas,las escuelas y las clínicas. Quiero ver todo. El Consejo tragó en seco. Kael volvió a fingir ser ciego… pero sus ojos estaban más abiertos que nunca. En el camino hacia el comedor, Elías se acercó a él en voz baja: —Hoy fue distinto. No te tembló ni un músculo. —No puedo perder más tiempo, Elías. Ella me está esperando y siento que voy a llegar tarde y si no la encontramos pronto… —Lo haremos —lo interrumpió su Beta, posando una mano en su hombro con fuerza—. Antes de que alguien más se atreva a tocarla. Kael asintió. El sol estaba subiendo. Pero la Luna… la Luna estaba llorando. La ciudad dormía o eso creían los ingenuos. Bajo la fachada de calles adoquinadas y faroles encendidos, la verdadera cara del pueblo se abría como una herida oculta, callejones con puertas entreabiertas, niños durmiendo en mantas sucias, humo espeso saliendo de ventanas ,no entendió porque había lugares que no tuvieran luz eléctrica.Esa inversion de había hecho hace años .La belleza del día se había desvanecido como un maquillaje corrido por la lluvia. Kael caminaba en silencio, con una bufanda cubriéndole el rostro y una gorra baja sobre los ojos. Su chaqueta era la de un campesino común. A su lado, Emiliano, su Gama de confianza, lo escoltaba con la mirada alerta y el cuerpo tenso. —Están más organizados que en Rovek —murmuró Emiliano, apenas audible. —Por eso duele más —respondió el Rey. Doblaron por un pasaje estrecho y sin nombre. Tres casas más adelante, un farol parpadeaba con un color rojo tenue. No había cartel, ni timbre. Solo una puerta abierta y risas femeninas entremezcladas con murmullos. El hedor a licor y perfume barato era penetrante. Entraron era otro bar clandestino. El tercero que visitaban esa noche. El Rey no podía creer la ceguera que tuvo todo este tiempo. Adentro, un hombre tocaba una guitarra desafinada mientras jóvenes demasiado flacas para su edad servían copas a hombres con ropa de cuero o uniforme militar. Algunas sonreían sin alma otras solo bajaban la mirada. Kael tragó saliva. No podía dejar de pensar en ella. ¿Y si su Reina estaba en un lugar como ese? ¿Y si alguna vez la hicieron sonreír así? ¿Y si ahora mismo… alguien la estaba forzando a fingir que estaba bien? Una joven se les acercó. No tendría más de quince años sus ojos grandes, labios partidos. —¿Les sirvo algo, señores? —preguntó con voz baja, cansada. Kael no contestó. Emiliano puso una mano sobre su hombro. —Gracias. Solo estamos de paso. La joven asintió y se alejó con la cabeza baja. Como tantas reinas sin nombre en esa ciudad podrida. Kael se volvió hacia Emiliano. —¿Anotaste los nombres? —Sí. Tres bares. Cuatro burdeles encubiertos. Uno detrás de una “panadería”. Otro en una “farmacia”. Lo tengo todo. También marcas de los guardias que entran y salen sin disimulo. Kael cerró los puños. —¿Y el ejército local? —No aparecen por ninguna parte o están comprados… o están ciegos. Kael se giró hacia la puerta. No podía seguir viendo más. El corazón le pesaba y la culpa le quemaba. —¿Y si está pasando por esto, Emiliano? —¿Y si mi Reina… está metida en algo así? —¿Y si la dejé sola tanto tiempo que ahora ya no puede salvarse? El Gama lo miró con dureza ,le agarró el brazo con fuerza. —Ella no está sola. Te siente. La Luna no los une por capricho, mi Rey. La Reina no se rompe. Tal vez la hayan lastimado, sí. Pero si es tu compañera… entonces es más fuerte que cualquiera. Kael no dijo nada. Solo miró hacia el cielo, donde la Luna, aunque cubierta por nubes, seguía presente. Y en su silencio, él le prometió algo. —Voy a encontrarla y seguro voy a salvarla porque está sufriendo; voy a destruir a todos los que se atrevieron a tocarla. Y esa noche, cuando regresaron a la posada, Kael no durmió de nuevo Solo escribió y planeó. En su mente, el Reino ardía. Pero él… ya sabía por dónde empezaría a quemarlo. *** En el Castillo Draven ya era medianoche. El silencio de la noche era casi absoluto, salvo por el leve crepitar de la chimenea en el despacho del Gama Roger se encontraba revisando reportes logísticos cuando el teléfono fijo sonó una sola vez. Solo una persona usaba esa línea directa ,era Elías. —¿Sí? —respondió Roger con tono alerta. La voz del Beta fue directa, sin saludar, sin rodeos. —Prepárate. —¿Para qué? —Para el rugido del Rey. Roger se enderezó. Su instinto se activó como un resorte. Elías nunca exageraba. —¿Está bien? —Está contenido —respondió Elías—. Pero le falta poco,muy poco para explotar. Hubo un silencio pesado. —¿Qué pasó? —Ya viste los informes falsos que nos pasaron, ¿no? —Sí. Todo demasiado perfecto para ser real. —Exacto. Bueno… anoche caminamos por la ciudad. Por dentro. La real, no la de los discursos. Roger se quedó en silencio. Sabía a qué se refería. —¿Y? —Niños en la calle. Niñas en bares. Burdeles escondidos en panaderías. La Luna está llorando, Roger y el Rey está furioso. Roger se puso de pie, caminó hacia la ventana de piedra. —¿Y qué necesita de mí? —Por ahora, nada. Pero cuando suelte la orden… no va a ser una advertencia. Va a ser una limpieza. Completa. —¿Querés que empiece a mover al ejército? —Todavía no. Solo debes mantenerlos atentos . Llená los tanques. Limpia las armas. Que los capitanes empiecen a “entrenar de noche”. Que todo parezca rutinario. —Entendido. ¿Informo a Carlos y Diego? —Kael aún confía en ellos pero yo no y vos tampoco confías . Uno de los dos está marcando los mapas, cambiaron el orden de las ciudades. —¿La ciudad más cercana? —Sí. Roger tragó saliva. El nombre “Piedra Gris” le había llegado una vez en un informe, y le había dado escalofríos. —Porque no cambian el recorrido.Lo sentí desde el primer informe que me enviaron. Esa ciudad está apagada en todos los registros. —Y si ella está allí… —dijo Elías, bajando la voz— …entonces el verdadero rugido del Rey aún no ha empezado. Roger respiró hondo. —Voy a estar listo. Cuando llame, el ejército de Draven se va a mover como una sola sombra. —Eso quería escuchar. —¿Y vos? ¿Estás bien? —Yo lo sostengo mientras pueda —respondió Elías—. Pero cuando explote… no lo frenare. Dejaré que sea el Rey. —Será un honor. Clic. Roger colgó. Se giró hacia la mesa. Tomó su espada, la apoyó sobre el escritorio. El Rey estaba a punto de despertar. Y cuando lo hiciera…el Reino entero temblaría.
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