REINO DE VOLLURD, FIN DE LA BATALLA DE LOS TRES VALLES,
HACE DOS AÑOS ATRÁS.
La sangre manchaba el campo de batalla, y el vapor se elevaba desde la tierra calcinada. El gran Rey Sadrac Volcaris, conquistador invicto durante diecinueve años, había logrado lo imposible una vez más. El Reino de Pyrion, su reino, había triunfado en la Batalla de los Tres Valles, pero la victoria había exigido su precio.
Un fuerte grito se escuchó por todo ese lugar cuando cuatro guerreros depositaron a su rey sobre una camilla improvisada. La pierna derecha del rey Sadrac era un desastre de carne abierta, tendones expuestos y hueso astillado. El característico brillo azulado en los bordes de la herida revelaba la verdad: lo habían atacado con plata y fuego azul, una combinación letal para los lobos de fuego rojo.
Zelek, hermano del rey, observó la herida como quien ya está viendo a un cadáver. La plata envenenaba su sangre; el fuego azul impedía la regeneración natural. Sus miradas se encontraron en silencioso entendimiento.
—Hay que amputarla —pronunció finalmente el príncipe Zelek.
Una docena de guerreros tragaron saliva al unísono. Nadie se atrevía a mirar directamente a su soberano, temiendo la furia que seguiría. Sadrac, aún cubierto de sangre enemiga y con otras heridas que para él eran meros rasguños, frunció el ceño hasta que sus tupidas cejas formaron una sola línea.
—¡Prefiero la muerte antes que perder mi pierna! —gritó con total convicción.
El sudor perlaba la frente del rey mientras desviaba su mirada hacia el volcán que se alzaba a pocos kilómetros. Sus ojos verdes claro brillaron un poco cuando se le ocurrió una idea. Sin perder ni un segundo, extendió su mano temblorosa hacia la montaña y concentró su poder, que era la antigua magia de fuego que solo la familia real Volcaris poseía.
De inmediato, la tierra tembló. El cielo se oscureció cuando una columna de humo oscuro comenzó a brotar desde la cima del volcán. Lo imposible ocurría ante los ojos asombrados de los guerreros: su rey había despertado al gigante dormido desde kilómetros de distancia.
—Vayan —ordenó Sadrac con su voz ronca por el esfuerzo—. Traigan lava de ese volcán y viértanla sobre mi herida. El fuego con fuego me curará.
Era una idea excelente, por eso Zelek reaccionó exclamando: —¡Rápido! ¡Obedezcan a su rey!
Al instante, dos de los guerreros más veloces adoptaron su forma de lobo, convirtiéndose en enormes bestias de pelaje rojizo con vetas de magma brillando entre su pelo. Dos guerreros más, permaneciendo en forma humana, se montaron sobre ellos y partieron hacia el volcán a una velocidad sobrenatural.
Cuando se marcharon, la espera se hizo eterna. Con cada minuto que pasaba, los murmullos entre los guerreros crecían. Todos pensaban lo mismo: su rey quedaría mutilado, o como un cojo incapaz de liderar en batalla, confinado al trono y a una vida de frustración. Sadrac podía leer esos pensamientos en sus rostros, pero su expresión permaneció impasible. El dolor era insoportable, pero un rey jamás muestra debilidad y menos él.
Entonces, en el momento que los cuatro guerreros regresaron, lo que pareció una eternidad después, portaban una vasija de hierro oscuro humeante. Se acercaron al rey y se arrodillaron, ofreciéndole el recipiente donde la lava burbujeaba, roja e hipnótica.
—Su Majestad... —murmuró uno de ellos—, ¿está preparado? El dolor será...
—Soy un lobo de fuego —interrumpió el rey Sadrac, acomodándose en la camilla—. La lava me hace cosquillas en la piel. Viértela. —Sus palabras eran valientes, pero todos sabían que mentía. La herida de plata azul alteraba su naturaleza y en ese instante se encontraba vulnerable.
—Yo lo haré —declaró el principe Zelek, tomando la vasija. Sin vacilación, comenzó a verter el fluido incandescente sobre la herida abierta que recorría desde el muslo hasta la mitad de la pantorrilla derecha del rey.
Y fue ahí cuando el grito que escapó de la garganta de Sadrac hizo que varios guerreros retrocedieran instintivamente. Sus ojos verdes se transformaron en orbes de fuego naranja intenso y sus dientes se alargaron en colmillos afilados. Su cuerpo luchaba por transformarse en lobo para acelerar la curación, pero la plata en su sangre lo impedía.
La lava penetró en la carne herida, siseando contra la sangre envenenada. Humo azul y rojo se elevaba mientras el fuego del volcán combatía el veneno. Lentamente, la herida comenzó a cerrarse, pero algo estaba mal. La piel no volvía a su tono bronceado natural. En su lugar, ramificaciones negras como venas de obsidiana se extendieron por toda la pierna, formando un patrón irregular y siniestro.
Cuando la herida estuvo sellada, Sadrac sonrió victorioso a pesar del sudor que empapaba su rostro. Respiraba entrecortadamente, pero su mirada transmitía alivio. Con un gesto imperioso, extendió la mano.
—¡Mi lanza! —exigió.
Uno de sus generales se la entregó de inmediato. Sadrac la utilizó como apoyo para levantarse, pero apenas puso peso sobre la pierna derecha, un dolor inimaginable lo atravesó. Este dolor era diferente, más profundo, como si cada nervio hubiera sido reemplazado por hilos de fuego azul. Apretó los dientes para no gritar nuevamente.
—Estaré bien —mintió, con la frente perlada de sudor—. Solo debo esperar a que sane por completo, supongo que tomará más horas…
Nadie se atrevió a contradecirlo cuando comenzó a caminar apoyado en su lanza, arrastrando visiblemente la pierna derecha. El Rey Lobo de Fuego cojeaba, pero seguía en pie.
Sin embargo, lo que Sadrac Volcaris no sabía era que su herida nunca sanaría del todo… al menos, no con fuego.
Dos años después, seguiría cojeando por los pasillos de su palacio, buscando una cura que solo el hielo podría proporcionar, y una princesa que jamás imaginó encontrar.