—Es perfecto… —murmuró con un tono de voz que había adquirido matices posesivos—. Exactamente como debería ser. Una esposa bailando para el placer exclusivo de su marido, demostrando su dedicación a través de gracia y belleza… Mientras Sadrac observaba a Brielle, su mirada se deleitaba con cada movimiento de su cuerpo, que parecía danzar con una sensualidad que escapaba a todo control consciente. La visión de sus curvas, moviéndose con una gracia provocadora, encendió un fuego en él. Su pene comenzó a endurecerse, haciéndole una erección inevitable que palpitaba con deseo. Bajó la mirada hacia su entrepierna, donde la evidencia de su excitación era innegable, y una sonrisa traviesa curvó sus labios. Era imposible que su cuerpo no reaccionara ante ella; cada gesto de Brielle lo llevaba al

