CAPÍTULO 20 —Dime que no permitirás que ese mal.dito imbécil te ponga un dedo encima —no es un pedido, no, es una exigencia que ejerce con un mandato con el cual jamás me habían ejercido. Quisiera sentirme ofendida por su imposición, pero es lo contrario. Sus fosas nasales se abren como si estuviese luchando por obtener oxígeno. Su aspecto es atormentado, con la mandíbula desencajada y labios en una línea recta dictando su desagrado. Hago un esfuerzo abismal por no demostrar mi descompón, me estremezco de cuerpo entero al contemplar su enojo, es como si estuviese disfrutando de esto. —Oliver, ¿Qué es lo que te sucede? —le interrogo, en un hilito de voz con el que alcanzo a hablar. Él me agarra de los hombros con impulsividad bajando su cara hasta quedar a nivel de altura. —Malek Al Naim

