3

1636 Words
CAPÍTULO 3 Incluso, desde el primer día que abrió sus ojos al mundo. Porque fue ese mismísimo en el que el destino decidió juntarnos, quién sabe con qué finalidad. —Feliz cumpleaños, Abby —me dice con lentitud y esa voz ronca como si estuviese saboreando mi nombre a su paso. Cierro los ojos queriendo que no me afecte tanto que me llame así. Me equivoqué cuando dije que a sólo dos personas les permitía el diminutivo a mi nombre. Que me llame así no se supone y debería afectarme tanto. Antes no lo hacía, antes me daba igual que me llamara por un diminutivo, pero, por alguna venganza del cruel destino, ahora me acelera la respiración que me llame por algo tan simple como un apodo. Quisiera que no fuera así, sin embargo, me siento débil, indefensa y mi cuerpo tiembla cada vez que se dirige a mí de esa manera. —Es Abiga… —Abigail —me completa él adelantado a mis palabras que conoce al pie de la letra—. Ya lo sé, ¿Cómo podría olvidarlo? Por la forma en la que emite esa indescifrable oración, no sé con que actitud me lo dice, puesto a que soy incapaz de captar con qué intenciones lo dice, no sé definir si es sarcasmo, ironía o está ¿Herido? ¡Qué va! Entre él y yo siempre nos hemos dirigido el uno al otro con tirria, ninguno de los dos nos re sentimos ante nuestros insultos mayormente creativos e hirientes. Considerando bien la situación, debería de hacer algo mejor que pelear con un apenas adulto de dieciocho años. —Bien. Te lo he dicho tantas veces que ya te tienes que acordar —acoto con sarcasmo—. Gracias por tus buenos deseos. Digo, para voltearme a abrir la puerta cuando él me coge del brazo girándome, haciéndole frente. No tengo, ni puedo explicar lo que hace su piel sobre la mía. Es el efecto de su contacto que me quema en llama viva desde las planta de los pies hasta el último de mis cabellos. —Abby, por favor, necesito hablar contigo. —Es Abigail —mascullo con fingido desgano, a lo que él no le toma importancia. Todo lo que deseo es alejarme de él. A toda costa. —¿Tienes un momento? —¿Es importante? Porque estoy en medio de una búsqueda del tesoro, y el premio parece ser muy importante, como supongo que pudiste ver, todos están jugando. Así que con permiso, podemos hablar después. Puedes preguntarle a mi secretaria que tiempo tengo libre —me excuso, cuando vuelve a tomarme del brazo. —Abigail Werner, ¿Por qué me estás evitando? —me encara, aunque con su voz temblando. Estoy tan sorprendida que creo que mis cejas se alzan a la línea de mi cabellera. Por primera vez en su vida tiene la valentía de encararme a mí. Hija del más frío de los hombres, de una de las mujeres con el peor carácter cuando lo necesita. Sí, estoy hablando de mí misma en tercera persona. Abro la boca estupefacta a ver su rostro desencajado soltándome de su agarre. —No sé de qué me hablas. —¿No sabes de que te hablo, si crecimos juntos y nos conocemos mejor que nadie? ¿Por qué de un tiempo para acá estás ignorando me como si no existiera, corres al lado contrario cuando me ves venir, y te escondes si es necesario? ¿Te hice algo de lo que no estoy enterado? Porque si es así, me gustaría saberlo para solucionarlo. El hombre parece estar fuera de sí. Veo a los lados asegurándome de que no haya nadie y lo agradezco porque volteo abriendo la manilla que no cede. Está cerrado con llave. —¿Podrías contestar a mi pregunta? —me pregunta, tragando saliva. Al pobre le cuesta darme el frente y si estuviese en un lugar más privado estuviese riéndome de él, el problema es que estamos en un sitio tan público, que tengo miedo a que alguien pueda ver el inexistente doble sentido nuestra interacción. —¿Te volviste loco de repente, Oliver? ¿A caso no ves que hay gente presente y pueden malinterpretar está situación? Y está puerta no abre —sigo intentando huir. Sí, querido, te estoy evitando porque estoy enamorada de ti. ¡No! Estoy confundida. Si la puerta no abre con la llave lo más probable es que yo misma la apartan dos para poder entrar y esconderme. Todo para que nadie note la micro discusión que estamos compartiendo. Recuerdo entonces las palabras de Astrid y meto la llave pero no abre la puerta como último intento para salir huyendo de su presencia. —Déjame intentar —pide él con gentileza. —¿Qué te hace pensar que si mi llave no funcionó la tuya va a…? Como si fuera magia, la puerta cede. No tenemos que decirle ábrete sésamo, nada de eso. Al abrirse veo a los lados cerciorándome de que no se encuentre nadie de testigo y me meto jalándolo a él y cerrando quitándole su llave. Al ver el cinco grabada en ella siento que él no se me viene encima. —Eres mi pareja. —¡¿Qué?! —me pregunta como si quisiera oír otra vez mis palabras. Ruedo los ojos al oírle estupefacto, como si tuviese que recordarle que ser su pareja en realidad, sería casi ilegal. —Mi pareja del juego, obviamente —le aclaro, entre dientes—. Ya veo porque no había encontrado a mi par, llegaste tarde. Es lo que me faltaba. Mira, si quieres no jugamos y ya está. Mi último deseo es jugar el tesoro perdido, mejor me voy al patio a esperar que terminen todo esto. —¿Ya me vas a decir por qué me estás evitando? Y no lo intentes negar ni un segundo, porque hace apenas dos minutos estabas más que interesada en ser partícipe. Ahora no quieres saber nada de ello porque yo soy tu pareja. ¿Qué casualidad, no? —Oliver… —es lo único que sale de mi boca, de repente, Me siento súbitamente mareada. Muy mareada. Más de lo que alguna vez haya estado. —Yo si te voy a decir lo que está pasando… —¿A qué te refieres? —abro los ojos por fin, sintiendo como si mi alma hubiese abandonado mi cuerpo débil. ¿Él lo sabe, sabe que estoy enamorada de él? —Abigail, estoy cansado de fingirlo. Estoy exhausto de poner una barrera sobre nosotros y no ser lo suficiente hombre para decirlo porque, ¿Qué clase de hombre sería si no soy lo suficiente valiente que debo de ser para decirle a la mujer de la que estoy locamente enamorado que la amo? Y qué la amo más que nada en éste mundo. Abigail, yo te amo. ¡Te amo! Y cada uno de tus desprecios me hieren en lo más profundo de mi ser. No hay nada que no daría para que esos fríos ojos azules algún día brillaran por mí, aunque sé que es imposible hay una parte... Hay una parte de mi que lucha esperanzado, mintiéndose a sí mismo que yo algún día seré el afortunado al que le brindes lo que yo tanto deseo, tu amor. Yo te amo, te amo como nunca había amado a nadie y aunque sé que me vas a rechazar, quiero que lo sepas. Y quiero que sepas que jamás haría algo para lastimarte, es por ello que te lo pregunto. ¿Qué te hice, a caso es algún malentendido del que no he escuchado aun, algún gesto, una palabra que malsonante, salió de mi boca sin pensar? Si fue eso, lo lamento, lo lamento mucho. No ha sido a propósito. Todo lo que he guardado para ti es amor. Jamás te he hecho, o haría daño. Jamás haría ni siquiera lo mínimo para lastimarte, es por ello que te lo pregunto. He tomado tus insultos y fingido devolvértelos con inteligencia, he abordado tu frialdad como si me pasara desapercibida y me he puesto un escudo de hierro en lugar de corazón en el pecho para evitar los golpes de tu filosa lengua conducida por un odio que ni yo mismo entiendo y no logro descifrar. Lo he soportado todo, desde tus desprecios, hasta tus desplantes, malas palabras, peleas sin razón… Hasta tu odio. Ese odio, que por más que me esfuerce, no entiendo. Todo eso con una coraza, lo puedo soportar. Si hay algo que no puedo tolerar, es que me evites. No puedo. No soy capaz. Ódiame, Abigail, ódiame desde el fondo de tus entrañas. Pero por favor, no me olvides. No me evites. No pases por mi lado como si no existiera, porque yo eso no lo puedo soportar. Prefiero el odio a tu indiferencia. Ódiame, pero no finjas que no existo, eso es lo único que no puedo soportar. ¡¿Escuché bien o me lo estoy imaginando?! ¡¿No me estoy creando una película mental, no estoy delirando?! Trago saliva, trago y trago tanto que hasta casi me atraganto con la lengua. —Eso no es posible, Oliver. No lo vuelvas a repetir —mi pobre cerebro es lo que se lo ocurre responder en defensa. Agarro mi copa fingiendo rectitud para beber el contenido que yace en ella. Y con la dureza que caracteriza a un Werner, me alejo tanto física como sentimentalmente de él tanto como puedo. Al otro extremo de la habitación, allí es donde me pongo. Si es de ponerme una coraza en lugar de corazón, lo hago. Al pronunciar mis palabras una a una, puedo observar como sus ojos se entristecen, con su mirada entristecida dictándome… Que le estoy rompiendo el corazón.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD