CAPÍTULO 2
Me falta sacudirme la cabeza para quitarme la tormentosa idea de la cabeza que me persigue desde que tengo memoria. Me enfoco en mí. Yo.
Sólo yo.
Yo soy la única aquí.
Soy la única que importa el día de hoy.
Me enfoco en los invitados que nos miran con sumo cuidado, tenemos la atención entera del salón. Bajando cada escalón con cuidado de no tropezarme debido a los altos tacones que estoy utilizando.
Al estar abajo el hombre al micrófono me nombra para desearme un feliz cumpleaños y todos aplauden para cantarme la tradicional canción.
Mi familia se acerca para cantarme y al terminar, soplo las velas del gran pastel. Al soplar las velas pienso en un sólo deseo: «olvidarme de él, olvidarme de él definitivamente, olvidarme de su existencia».
Mi madre se acerca para abrazarme y no pasa demasiado tiempo para que mis hermanos también se unan al abrazo familiar, incluyendo a mi padre de último, pero no menos importante.
—Veinticuatro años —casi lloriquea mi madre, sentimental, sosteniendo mi rostro con melancolía—. ¿En qué momento?
—Veintitrés, madre, todavía tengo veintitrés. Mi cumpleaños es mañana —le aclaro, con una sonrisa soberbia a la que ella se medio ríe. Me niego a ser un año más vieja. Mi chiste va destinado a que deje de lagrimear, como no logro muy bien que deje de llorar, deslizo mis dedos en sus párpados—. Es que apenas ayer eras una pequeña y te podía sostener en mis brazos —susurra, para dejar un beso en mi frente.
—Está vieja, es hora de superarlo —agrega mi odioso hermano, el que vino después de mí y por supuesto, a j0der mi existencia para jalarme ¡¿La oreja?! Le veo amenazante para jalarle el cabello.
Me cae con rareza el no encontrarlo…
A él.
Por allí.
El siempre está presente.
Ni sus padres ni ningún integrante de su familia están aquí, es raro. Rarísimo.
Mi tía ya hubiese llegado a felicitarme. Trato de disimular mi preocupación, aunque no sea buena en ello. Levanto mi cabeza disimuladamente en busca de su familia, no a él. A él no le busco, es a su familia. No les encuentro.
¿Dónde se supone que están? Llegan tarde.
—¿Buscas a alguien, querida hermanita? —se mofa a mi oído mi insoportable hermano al que fulmino con la mirada.
—A tu dignidad, amado hermanito —le ataco, disimulando el nervio que me invade por haber sido descubierta.
¡¿Cuál descubierta, Abigail, si tú no le estabas buscando?!
¿Verdad…?
El cerebro me hace casi cortocircuito cuando él bobalicón con título de mi hermano se inclina al hueso de mi oído con su risita repleta de una sorna increíble.
—Un Donovick nunca llega tarde, hermanita —dice, con un deje burlón que me hace tragar duro, incómodo y grueso—. Me veo en la obligación de recordártelo. Los Donovick nunca llegan tarde.
Agradezco tener la máscara puesta debido a que la palidez en la que se tornó mi cuerpo debe dejarme en evidencia.
—No sé de qué me estás hablando y a qué viene tu comentario —reniego, con toda la seriedad que puede habitar en mi sistema.
—Creo que sí, hermanita. Ya lo creo.
Volteo para verle con esa sonrisa impecable llena de dientes blancos y relucientes que casi brillan maquinando que responder con la mente en blanco, en líneas generales, soy rápida y elocuente a sus ataques, estoy entrenada. Está vez, por desgracia, me he quedado en blanco.
Cuando se me ocurre algo decente por decirle escucho unos golpeteos al micrófono que nos hacen girar a todos con suma atención. Antes de que pueda decir ni pio mi extravagante tía está de pie en el escenario luciendo un traje que le habrán hecho a mano en París. Su máscara es tan espectacular como lo es toda ella, que sonríe al verme. Ella da un par de palmadas al micrófono otra vez llamando la atención de las personas que más que a celebrarme han asistido para hacer negocios con mi padre, se giran.
—Buenas noches —saluda con su elegante voz—. Hoy nos encontramos aquí para celebrar la vida de nuestra querida Abigail. Quién es la primera hija, nieta y sobrina de nuestra familia. Ustedes sabrán que tan importante es para nosotros, es por ello que no hago más sino enviar mis mejores deseos. Feliz cumpleaños, sobrina. Te aseguro y garantizo que será un cumpleaños inolvidable. Ahora, ¡Se me ha ocurrido algo en mente para empezar la diversión!
—¿Qué se le habrá pasado por la mente? —pregunta mi hermano casi tan preocupado como yo.
—No lo sé, pero debe ser algo muy Astrid de su parte —sonreímos en conjunto entendiendo la referencia. Algo “Muy Astrid” es único, y sin lugar a dudas, extravagante. Ya sabemos que es única y todo lo que se le ocurre es tan original como lo es ella.
—Una búsqueda del tesoro.
—Algo muy Astrid —coincidimos mi hermano y yo al unísono, para culminar en una risa cómplice.
—Les estarán entregando una llave especial completamente al azar, en ella, verán un número. Sólo las llaves especiales abrirán ciertas habitaciones… Y quién sabe qué más pueden abrir. Les diré un secreto, hay habitaciones escondidas. Todo es cuestión de suerte. ¿Están dispuestos a rentar la suerte? ¿Qué es lo que buscarán? Un sobre. Un sobre rojo que quién sea la pareja que lo encuentre no lo puede abrir, eso me compete a mí, no servirá el contenido del sobre sin mi firma.
—¿Y a cambio, qué es lo que ganaremos? —escucho que vocifera una persona en el fondo, llenando el lugar por el eco de su voz. En lo que termina su pregunta, el público se ríe, incluyéndome.
Lo entiendo, yo tampoco buscaría un sobre rojo si no valiera la pena en un lugar tan gigantesco cómo lo es en el que estamos. Sin contar con los jardines, la entrada, el especio entre la piscina y una pequeña casa al frente y los supuestos lugares secretos que nombra mi tía.
—El ganador obtendrá dos millones de dólares libres de impuestos y dentro del sobre, está el resto del premio, que es el doble de jugoso que el dinero. Eso si. El dinero será dividido entre dos y el contenido del sobre sólo uno lo ha de merecer. Quién sea que consiga el tesoro, debe ser apto para el premio.
Al decir la suma de dinero algunos se quedan atónitos mientras que mi hermano bebe de su champaña con tranquilidad.
—Quiero lo que sea que esté dentro de ese sobre. Ya sabes cómo es mi tía, lo que se halle allí dentro debe ser oro puro.
—Eso no lo dudes —le responden nuestras hermanas gemelas al unísono con esa típica costumbre de hablar a la misma vez. Él alza sus cejas con ese brillo el retador en sus ojos oceánicos luciendo como un hombre con una misión que lograr.
—Las llaves tienen números y serán entregadas al azar, deben de encontrar a sus parejas que coincidan con el mismo patrón numérico. Los que no tengan puestos sus máscaras, cubran sus rostros. El juego ha comenzado, tienen quince minutos para encontrar a su pareja, buena suerte. Y recuerden… El mejor premio está dentro del sobre. Les advierto, si está abierto o roto, no será válido su contenido. Suerte, porque la necesitarán. Póngase sus máscaras y, ¡A jugar!
Su voz envuelve en un eco ensordecedor que estremece a mis invitados que corren en camino a organizarse. Efectivamente y cómo pensé que sucedería, al salir las palabras mágicas por la boca de mi extravagante tía todo el mundo se vuelve loco, el lugar patas arriba, en resumen al escenario que se presenta.
Cuando la mesera llega tomo la sofisticada llave dorada para voltearla encontrar el número cinco, el tormentoso número cinco que me ha perseguido desde hace largos meses tediosos, pues son cinco años de edad que le llevo en ventaja al ser por el que mi corazón se desboca como un energúmeno.
Mis hermanos echan un ojo a mi llave así como yo a las de ellos para notar que no coincidimos, una parte de mí se alegra porque significa que no tendré que discutir con ellos en caso de ser equipo en la búsqueda del tesoro porque si hay algo que somos, es tercos. Haciendo equipo con alguno de mis hermanos todo lo que haremos es discutir por quién tiene la razón, por qué la tiene, cuando y dónde.
—¿El número 327? —grita mi hermano preguntando en voz alta. En medio del gentío, un hombre le grita de vuelta y se abre paso para encontrarse ambos.
—Ahí va el ser más competitivo que existe en el mundo —exclamo con la sonrisa que no abandona mis labios, viendo como mi hermano se aproxima a su compañero en pasos agigantados, como si estuviese metido en un apuro. Está claro quién desea ser el ganador de la noche—. Después de mí, por supuesto.
Mis hermanas no se quedan atrás puesto a que empiezan a buscar exhaustivamente a su pareja. ¿Vendrá en nuestro ADN?
—Cinco, ¿El número cinco? —grito entre la gente, que me niegan con la cabeza en mi paso—. ¿El cinco?
Y así es como transcurren los minutos hasta cansarme y decido emprender mi viaje a solas. No es raro. Casi siempre es así. Las parejas toman su rumbo sobre la estúpidamente grande mansión que más bien es un complejo. Increíble, en la vida real soy incapaz de conseguir pareja y hasta en un juego me va mal. Empiezo a creer que esto fue orquestado desde un pasado por mi tía Astrid ya que esta es una de sus tantas casas, para rematar, de ella fue la idea que la celebración se festejara aquí. A trompicones, voy por las habitaciones en donde ya he recorrido pero encuentro a la multitud.
Es inútil.
—Abigail.
Escucho que dice esa voz que podría reconocer aún a kilómetros de distancia a mis espaldas.
En mi sobresalto casi tiro la copa media vacía y me llevo la mano al pecho en un susto. No tengo que voltear para saber de quién se trata.
Me lamento a que ya lo he identificado hasta por su aroma tan personal como representativa.
Masculino y muy, muy limpio.
Al darme la media vuelta tengo que hacer lo que vendría siendo un esfuerzo sobrenatural para no ejercer algún ademán que me deje en evidencia.
Es arrebatadoramente precioso, sus facciones son dignas de admiración, podría estar durante horas observando la silueta de su perfil.
Tan reluciente y hermoso como siempre, con su cabello castaño claro como la nuez y sus ojos de miel que me hacer casi caer rendida a sus pies.
El pasmo sigue siendo dueño absoluto de mi cuerpo entero, entrando desde mis fríos pies culminando en mi rostro acalorado.
Esto no pasaba, no solía suceder. Antes, al oír el repique de su molesta voz masculina solía sentir tirria, ahora, es cómo si algo ajeno a mí me poseyera.
No puedo controlarlo, lo máximo es disimular y luchar contra ello. Se siente mal, es inadecuado.
Me lamento a qué ya lo he identificado hasta por su aroma personal. Masculino y muy, muy limpio.
Pero no.
Abigail...
Es menor que tú.
Mucho, mucho, menor que tú.
Le viste crecer, te mantuviste a su lado, más bien, crecimos juntos.
Fueron y son amigos, casi familia, siendo lógicos y razonables. No es posible y no está bien.
Mis padres me criaron con ética y moral, no está bien. No es posible. No es lo correcto.
No sé cuántas veces me he repetido que no está bien.
Me he estado volviendo loca desde hace seis meses.
Yo crecí a su lado. Mi tía, aunque no de sangre, pero si elegida de corazón, Olivia, siempre me ha contado la maravillosa historia de que al verme nacer, tan pequeña, indefensa y angelical no deseaba nada más que ser madre. Yo la incentivé a ser madre del hijo que hoy hace que mi corazón lata desbocado, como si estuviese atravesando un duro ataque de pánico.
¡No puedo!
No me lo puedo permitir, y es por eso mismo que he guardado mi distancia desde que noté que mis sentimientos no eran más que… Me horroricé conmigo misma al notar que mis sentimientos no eran más que románticos.
Aquello que no había despertado nadie más, lo había hecho él sin mover un dedo a su favor.
Amor.
No recuerdo la primera vez que lo vi, que más me gustaría que recordar la primera vez que observé esos grandes ojos miel.
Desde hace unos meses, cuando me di cuenta que estaba perdidamente enamorada, estoy evitándole aun más.
Si pudiera cambiarme de dimensión, ya lo haría.
O…
No.
¿Lo soportaría?
—Oliver —pronuncio como si nada, cuando es, como si TODO. Porque todo está ocurriendo en mi sistema. Todo un remolino de emociones que por más que luche, no puedo evitar. Que más quisiera. El hombre es la descripción física de lo que un dios griego sería, ni más ni menos. Tiene puesto un antifaz que le hace ver salvajemente hermoso, como si hubiese buscado la referencia de como lucir cómo un total casanova. Su traje vinotinto es de tres piezas y sólo él se las manejaría para verse tan bien. Casi tengo que recostarme en el marco de la puerta para evitar caer rendida a sus pies.
Oliver Donovick.
El hombre más estúpidamente hermoso que mis ojos han tenido la desdicha de ver.