CAPÍTULO 30 OLIVER DONOVICK —¡¿Cómo te atreves a mandarme, igualado, quién te crees que eres?! Conoce tu lugar, Donovick. Ubícate en tiempo y espacio. Reclamó la impertinente mujer, con esa carita de orgullo que me caló hasta los huesos, sin permitirme flaquear. Era malo, estaba erróneo, pero imaginé esa cara siendo sometida ante mi imparable dominación. Sonreí como si ella pudiese leer mis sucios pensamientos indebidos, para otorgar silencio a la tonta batalla en la que nos sumergimos sospeché que a causa del rencor. En la actualidad me pregunto si fue el inminente deseo el que estaba peleando, resistiéndose a sucumbir. Una suave voz empezó a entonar aquella canción que tenía años sin escuchar por voluntad propia, canción que sabía al pie de la letra. No puedo recordar cuando fue que

