CAPÍTULO 8
Luego de haber estado destrozada emocionalmente por aquel mal de amores que por supuesto, superé hace años, y una probable traición de su parte —todavía no sé si sus intenciones eran del todo verdaderas—, tuve la dureza heredada de mi padre para hincarme y recoger los trozos para volver a armarme como lo que soy, una campeona.
Lo único que no aprendí, fue a perdonarme a mí misma. Empecé a ser más dura conmigo.
Desde aquel día, me juré a mí misma no volver a creer ni mucho menos caer en tonterías tales como lo es el amor y sus derivados.
Me concentré en lo que realmente importa, yo misma. Mi familia y yo. Me di cuenta que era muy joven para desperdiciar mi potencial y que no decepcionaría a mi padre en ningún aspecto. Seguí con mi carrera académica, enfocándome en ser la mejor. Lo soy, y lo seguiré siendo.
No hay dudas de ello.
Me gradué como primera en mi clase de una Ivy league, di el discurso en la graduación y realicé las maestrías suficientes para que nadie me volviera a engañar en ningún aspecto. Me enfoqué en mí, jamás le daría el placer a cualquiera de volver a estabilizarme y sacarme de mi verdadera prioridad. No me podía volver a permitir de ninguna manera en volver a cometer el error que cometí.
Yo misma.
Soy una Werner, yo sé lo que es ser fuerte. Yo sé lo que es ser fría, inmutable y determinada.
Indiferente ante el reflejo que me dicta que no hay arrugas en mi rostro, sé que las habrán tarde o temprano. Nada las detendrá.
Alzo mi barbilla para ver mis ojos azules con desinterés, deseo que el fin de semana termine cuánto antes para así poder finalizar el trato con los británicos el lunes a primera hora de la mañana. Tengo todo microscópicamente planeado. Y más les vale que no hayan cambiado de parecer, porque les voy a demandar hasta el resto de sus días. Eso es lo, de verdad, relevante.
Suspiro echando un vistazo a mi cuerpo talla grande, heredado de mi madre, para verlo entallado en el vestido dorado de cristalería fina, obsequio de mis padres por volverme un año más vieja. Mi maquillaje está hecho profesionalmente y como no, mi sello personal, labios de un rojo vibrante.
Hay quién ve el cumplir años como un año más. Al contrario, es un año menos. Cada vez eres más viejo, cada vez tienes menos oportunidades.
¿Quién nos ha mentido lo suficiente para creer que cumplir años es algo maravilloso? ¿Qué es una fortuna? Cada año lo único que hago es reprocharme por todo aquello que todavía no he logrado.
—Una fortuna sería que los años no siguieran pasando —musito, pasando las manos por mi cabello rubio, con cuidado de no deshacer las ondas románticas que me han hecho cómo me gusta, a la perfección.
—Jefa, va a llegar tarde a su propia fiesta de cumpleaños. Ya es hora.
¿Tiene que recordármelo? Suspiro para tomar mi cartera en la que guardo mi teléfono, muy importante, ya que no dejaré de trabajar en ningún segundo.
—Son todos los demás que llegan demasiado temprano —digo, para salir de la habitación del hotel y encontrar a mi jefe de seguridad y chófer esperando.
—Jefa —me saluda con educación, el hombre podrá medir los dos metros y ser una roca físicamente, sin embargo, se estremece ante mi presencia—. Permítame decirle que se ve fenomenal.
—Gracias, J’acusse —le agradezco, veo que el maquillista llega apurado para rociar mi rostro de abundante fijador.
—Es hora de irnos —insiste Heidi, ruedo los ojos ante el apuro.
—Mientras más tarde mejor —demando con seriedad, para encaminarme al ascensor con calma.
Entrando a la camioneta estiro la mano sin necesidad de abrir la boca en solicitud a lo que necesito. Heidi me extiende mi iPad en la que empiezo a trabajar sin preocupaciones, mi mayor molestia es tener que malgastar mi preciado tiempo en una innecesaria fiesta.
Levanto la ceja pensando en cuántas conexiones puedo hacer allí, excelente. Inmersa en lo mío, apenas y veo mi teléfono que me indica varias llamadas perdidas tanto como de mis padres y mis hermanos. Resoplo para subir la vista y notar que está más oscuro, mucho más. Estamos en un embotellamiento de tránsito terrible.
—Es el destino que no me quiere allí —cuchicheo en lo bajo.
—¿Qué dijo, jefa? —me interroga Heidi, alerta a mis movimientos, a veces pienso que la pobre dueña conmigo en las noches.
—¿Cuánto tiempo hemos tenido atrapados en el tráfico? —le pregunto en respuesta, sospecho que si me tardo más mis padres enviarán a su equipo de seguridad para que me vengan a buscar.
—Hace más de media hora, jefa —me contesta, para ver a su reloj—. Exactamente cuarenta y seis minutos, jefa.
—¡¿Cuánto?! —exclamo sorprendida—. Con razón me están explotando el teléfono. J’acusse, hazme llegar rápido a esa fiesta, por favor —ordeno, para volver a meter mi cabeza en el dispositivo que alumbra mi cara. Veo con el rabillo del ojo que él le hace una mueca a Heidi, que levanta un hombro sutilmente.
Ellos creen que no me doy cuenta de los gestos que se intercambian cuando “no les veo”. Es igual que la forma de actuar de los trabajadores cuando llego a la empresa todas las mañanas.
Todo es felicidad hasta que yo llego y se vuelve en entera seriedad y silencio.
Incontables son las veces que he escuchado a trabajadores decirme bruja a mis espaldas y estoy casi segura que existe un grupo en el que avisan la hora de mi llegada para que no les tome desprevenidos. Soy inflexible, lo sé, pero no se logra nada siendo un blandengue.
No he visto al primer tonto haciendo historia.
Así que, me da lo mismo que hablen mal de mí a mis espaldas. Mientras hagan sus trabajos como debe ser y no sean lo suficiente estúpidos para decirme una sarta de necedades en mi cara, no me interesa lo que tengan para decir.
Siento que él vehículo va avanzando cuando de repente entre el ruido de un poderoso deportivo y el freno junto al golpe que causa la camioneta me detienen en seco.
Es un Ferrari último modelo que va roncando a todo dar como si la avenida principal fuera autopista de juego. Si no es por el freno anticipado de J’acusse, quién sabe que hubiese podido suceder. Bajo la ventana enfurecida para sacar la cara probablemente roja debido al calor que emana mi cuello hasta las mejillas.
—No estamos en la fórmula uno, verdammt dumm —grito impulsiva, para subir la ventana—. Date prisa, J’acusse, para mañana es tarde.
—Sí, señorita —accede, para acelerar.
Veo la hora para notar que si estoy aquí antes de la medianoche, entonces es que llegué temprano. La entrada del lugar me recuerda a Mónaco, con los carros exóticos estacionándose y las personas vestidas de punta en blanco. Me enderezo para prepararme mentalmente a lo que se me viene encima.
Y no es mi familia, porque me alegra verlos. Es toda la gente a la que no quiero ver que me agobia. No sé cómo pude aceptar esto. J’acusse me abre la puerta justo en la entrada.
—Bienvenida a su fiesta de cumpleaños, señorita Werner —me dice Heidi con emoción, viendo el lugar con fascinación.
—Alguien que me mate —refunfuño, para encaminarme a la puerta que está abierta.
—¡Hija! —escucho ese grito y de una sola vez mis labios se ladean en una sonrisa suave. Mi madre se ve más hermosa que nunca, la felicidad le agrega un toque especial a su belleza natural. Cada vez que la veo está más preciosa, con una pacífica aura armoniosa—. Mi pequeña, feliz cumpleaños, no sabes lo feliz que me hace tenerte aquí.
Sonrío apretándola en ese abrazo al que ella me ha sometido con gusto y ganas. Cierro mis ojos dejándome ser cuando siento la presencia cálida y fuerte de mi padre uniéndose al abrazo. Tengo que ser soberanamente fuerte para no llorar.
—Feliz cumpleaños, hija amada —me felicita mi padre, dejando un beso en mi frente—. Llegué a creer que nos dejarías plantados.
—¡Papá! ¿Cómo puedes pensar eso de mí? Si mi avión apenas llegó hace tres horas.
—Y lo creo, debido a la misteriosa aversión que desarrollaste por venir a tu ciudad —reclama mi padre, el cual no ha de estar muy contento con que no haya venido desde hace cuatro años.
Él no me exige nada ni tampoco se molesta en reclamar, sin embargo, ha dejado muy transparente su posición.
—¿Se puede saber porqué has decidido quedarte en un hotel teniendo una casa tan grande, Abigail? —me interroga mi madre con calma, dentro de ella ha de estar molesta, lo sé.
—Es tu casa, no mía, querida madre —le explico suavemente tragándome un gran “tengo fobia a encontrarme con la vida que dejé aquí”, no sé si pueda enfrentar al pasado. Una estupefacta Melanie abre su boca en una perfecta O que casi me hace salir una risa que se contiene teniendo en cuenta el mal carácter de mi madre cuando algo le saca sus casillas. Podré tener casi treinta, pero sigo siendo su hija.
—¿Cómo no va a ser tu casa? Es tan nuestra como tuya y de tus hermanos. Todos son más que bienvenidos, siempre será su hogar y estará a plena disposición —recuerda la mujer, con el ceño muy fruncido.
—Mi intención no es invadir su privacidad ni mucho menos, después de todo hace cuatro años que no vivimos juntos y supongo que ustedes tendrán otra rutina. Y dime algo, ¿Para qué hacer un revuelo si me quedaré unos tres días cómo mucho?
Todo menos quedarme más tiempo del debido. Todo menos eso, por favor. Son mis plegarias.
Nada que pueda involucrarme con Oliver Donovick. No me arriesgaría a volver a encontrarlo, no después de lo que pasó.