CAPÍTULO 7
4 AÑOS DESPUÉS (ACTUALIDAD)
Veintiocho.
—Explícame otra vez porqué me estoy haciendo esto a mí misma —le pido a Heidi, esbozando una mueca de desagrado.
—Porque cumple casi cuatro años sin visitar su ciudad natal, jefa, y su familia insiste en verla —me explica por tercera vez en el día—. Eso fue lo que usted me ordenó que le dijera cuando le hiciera esa pregunta.
Ruedo los ojos recordando el tedioso día que mis amados padres me llamaron para recordarme que estaban contando los años que yo tenía sin regresar a mí ciudad natal.
No tengo idea de cómo se las arreglaron para convencerme, entre las insistencias de mi madre y el convencimiento de mi padre, antes de que pudiera decir otra sílaba, ya estaba accediendo a volver a unas cortas vacaciones a “casa”.
Mis padres jamás me piden nada, no puedo recordar con claridad el día en que me hayan pedido o exigido algo, es por ello que cuando me comentaron cuánto extrañaban mi presencia en la familia, tuve que dar mi terco brazo a torcer. En lo que di el tan esperado si, mi padre dijo aquello que me erizó de pie a cabeza.
“Tienes que volver para el día de tu cumpleaños”.
Tensé mi sonrisa más metódica, esa que había aprendido a las fuerzas para fingir ante diversos colegas de trabajo cuando tenía que ser diplomática. ¿No pudo haber escogido un evento diferente? ¿Cuál era la fijación exacta de mi padre con mi cumpleaños?
—Aun así, no sé qué estoy haciendo aquí —reprocho, malhumorada—. Por lo menos sé que no volveré en otros cuatro años más. Eso me alivia.
Aquí, yaciendo frente al espejo empiezo a buscar las arrugas que en cualquier instante desprevenida, han de amenazar con dar la bienvenida a mi ex cutis estirado y jovial.
Alzo la frente en busca de las arrugas, veo el pliegue de mis ojos con temor de hallar las famosas patas de gallinas de las que tanto he oído hablar.
—Heidi, ¿Me ves alguna arruga? Se honesta, no tienes porqué mentir —le pregunto observando casi microscópicamente mi rostro con extremo sigilo—. ¿Alguna línea de expresión?
—Jefa, déjeme decirle que usted no aparenta su edad, no tiene ni una arruga, tampoco líneas de expresión, se lo digo yo con sinceridad. Cualquiera diría que tiene unos veinticuatro.
—Claro que sí —rechisto con sarcasmo—. No tienes porqué mentir, Heidi.
—No lo hago, jefa. No lo hago para nada. Usted no ve lo que ven los demás, es así de simple.
Exhalo aire contenido de mis pulmones para preguntarme qué es lo que ven los demás.
Porque en mi interior no soy más que una persona envejecida que no ha logrado eso que tanto deseaba y en el más callados de los secretos, me genera frustración.
A está edad, tenía expectativas sumamente diferentes a lo que soy hoy en día. Si mi yo del pasado viera a lo que soy en la actualidad, estaría sorprendida y no de forma positiva. Estuviese más decepcionada que otra cosa.
Sé que la antigua Abigail Werner esperaba algo distinto en la vida. Para SU vida. Dirijo mi vista a mi vientre abultado y vacío, pensando en que mi yo del pasado se había visionado a está edad viviendo lo que sería posiblemente, su segundo embarazo.
Procedo a ver mi mano izquierda enfocada en mi dedo anular en la que no descansan los anillos de matrimonio y compromiso que tanto soñé.
Alguna vez escuché que cada quién carga su propia cruz y soy fiel a esa creencia. Quisiera que no me afectara tanto, a pesar de estar “conforme” con mi estructurada y casi perfecta vida que no es más que trabajo puro día y noche, en los cortos diminutos lapsos de tiempo libre que tengo no me canso de pensar en lo que hubiese sido si aquella noche hubiese aceptado el amor que me habían tendido con tanta sinceridad y bondad.
Esos lapsos de tiempo generalmente son en la noche, justo antes de dormir, cuando cierro mis ojos y pongo mi mente en negr0.
Lo recuerdo todo muy bien, demasiado bien.
Justo después de encontrarlo en el baño con aquella chica me contuve y esbocé la más de las perfectas sonrisas ante mis invitados que me esperaban para cantarme cumpleaños por segunda vez en la noche.
Supongo que desde allí he estado aprendiendo a poner una falsa sonrisa en mi boca para aparentar que todo está bien ante los demás.
Me equivoqué cuando dije que había estado practicando esa sonrisa por asuntos laborales. Ya sé dónde ha salido esa táctica.
¡Felices veinticuatro, pide un deseo! Me dijeron.
Deseo largarme de aquí. Lejos, muy, muy lejos. Pensé.
Mi sueño no tardó mucho en hacerse realidad. Luego de mi cumpleaños me confiné en la cárcel de mi habitación y sólo salía a lo indispensable, con la excusa de estar enfocada en mis estudios y vida laboral.
Tres días después convencí a mi padre de que me dejara ir a Alemania para ser interna en la sede de allá y hacer maestrías.
Tuve que realizar mi mejor actuación para fingir que todo estaba bien y que eso, era lo que yo quería. Mentiras. Yo no quería irme a Alemania por experiencia laboral, quería escapar. Me daba terror tener que enfrentarle en todas las reuniones, fiestas y eventos.
Papá accedió dudoso, mi mamá no entendía aquella repentina decisión y mis hermanos se quedaron sorprendidos. Nadie cuestionó mi determinación al respecto.
Nadie intentó persuadirme por mudarme de continente por tiempo indefinido. No me pasó por inadvertido el que mi familia lucía apagada de ánimos.
Tuve que tragarme todas las lágrimas contenidas hasta que me subí al avión privado que me llevaría al destino, dónde derramé mi primera y última gota de lágrima. Juré que no volvería a llorar por un “amor”.
En cambio, me enfocaría en lo que tenía que importarme: hacer orgullosos a mis padres. Desde entonces, soy una implacable mujer de negocios. O al menos, eso dicen. Y es eso mismo que enseño a todo el mundo. No me importa más que el trabajo.
Cualquiera que viera mi vida privilegiada y llena de lujos, me diría que dejara de pensar en tonterías. Es por ello que jamás he exteriorizado mis deseos, ni siquiera a mi madre, que es mi confidente.
En lo que tiene que ver con él.
No volví a verlo después de mi cumpleaños. Sólo hubo una brecha de diferencia de una semana entre mi fiesta y mi ida a Alemania, esa semana mi familia se reunió dos veces con ellos, por supuesto que lo evité diciendo que tenía que estudiar. No les permití a mis hermanos que me hablaran de él, cambiaba el tema de conversación con tal de no saber nada.
Nadie en el mundo terrenal sabe que Abigail Werner soñó durante toda su vida en encontrar el amor que vio entre sus padres, nadie sabe que ella se enamoró del hijo de los mejores amigos de sus padres y que fue ese mismo hombre, quién se encargó de hacer añicos su corazón e infantiles sueños de amor.
Nadie sabe que fue mi culpa.
Y he estado culpándome por ello durante temporadas enteras.
Arrepintiéndome.
Siempre quise una vida hogareña. Todo lo que anhelaba era hacerme un nombre decente en el mundo de los negocios para casarme del hombre que tanto amaba y ser una madre joven, para así poder disfrutar de mis hijos como mis padres lo hicieron en su momento.
Anhelaba crear una cálida familia como en la que yo me crie y envejecer al lado del “amor de mi vida” que ahora entiendo, es cuestión de suerte.
Suerte que no todos hallamos en el transcurso de la vida.
De vez en cuando me pregunto si mi arrepentimiento es en vano, porque las palabras de Nolan todavía retumban en mis oídos como un sello caliente a flor de piel que no sana.
A veces siento que el amor que me ofreció era real así como dudo, y me inclino más a la posibilidad de que haya sido una treta como me lo dijo Nolan: Todo por interés.
Es esa misma inseguridad que me ha mantenido en lejanía al amor.
Los hombres detrás de mí jamás me han faltado, en realidad, me han sobrado. También como me ha sobrado las ganas de ignorarlos. A ningunos les he dado nada de lo que han querido. Algunos buscan falso amor, otros mi cuerpo, y claro, no falta aquel quién disimuladamente anda en busca de mi fortuna.
Un pensamiento intrusivo se me mete entre ceja y ceja inesperadamente, ¿Y si Oliver asiste está noche?
No.
De pensar en su nombre, un temblor como si la ansiedad estuviese manipulando mi cuerpo me recorre sin permiso ni advertencia.
La última nos vimos en persona fueron hace cuatro años con exactitud. Y si es que tengo la desdicha que volverle a ver la cara, no haré más que ser políticamente correcta. Si hay algo de lo que tengo toda la seguridad, es que su presencia no me turbara. Será como si no estuviese nadie frente a mí.
Soy una Werner.
¿Qué puede ser más templado que la helada indiferencia y dureza de un Werner?
No hay nada que pueda derretir el frío alemán de un Werner.
Ni siquiera el calor italiano de un Donovick.