CAPÍTULO 5
Profesa su confesión con tanta debilidad que mi frío corazón se calienta y arruga por él. Sí quiero, lo quiero todo con él. Pero no… No es el momento. No es el tiempo indicado y hacerlo esperar sería egoísta. La sangre me hierve al pensar en él con otra mujer al lado pero…
—Eres joven, demasiado para poner palabras tan fuertes en tu boca. No sabes lo que quieres, no has vivido en lo absoluto —le digo, con mi corazón haciéndose añicos así como se enfría a su paso hasta volverse una piedra gélida—. No vuelvas a decir que me amas. Te lo prohíbo. Tienes terminantemente prohibido decir que me amas, Oliver Donovick. ¿Me estás escuchando claro?
Él trata saliva dando un paso atrás con una expresión atónita y ahí, justo allí, sé que me he pasado. Ya lo sé.
Ya sé que ahora he puesto un límite entre ambos que será inquebrantable de romper, sin embargo, era lo que tenía que hacer.
Lo que me dijo con anterioridad llega a mi me te como un recordatorio vital: prefiero su odio a su indiferencia.
—Olvida todo lo que me has dicho —reitero—, eres joven, se te pasará. Tan sólo son tonterías originadas por tu inmadurez. Aquí no ha pasado nada, esto no sale de aquí.
—Yo estoy enamorado de ti, Abigail —murmulla con el brillo de sus ojos menguando, ahí es cuando me doy cuenta de que sólo falta poco para que se de por vencido.
—Y yo soy una adulta, Oliver. Soy una mujer. Y tú… Ni hombre llegas a ser.
Él traga saliva con dificultad dando un paso atrás con una expresión atónita y ahí, justo allí, sé que me he pasado de la raya. Ya lo sé. Ya sé que ahora he puesto un límite entre ambos que será inquebrantable de romper, sin embargo, era lo que tenía que hacer. Lo que me dijo con anterioridad me llega como un recordatorio vital: prefiero su odio a su indiferencia.
Al salir de esa habitación con apuro sintiendo que el mundo se me viene encima, mis ojos nublados desenfocados me juegan una mala pasada, evitando que vea a la persona que viene a mi dirección camino hasta chocar contra el cretino de Nolan.
Perfecto, era lo que me faltaba para completar mi perfecta noche.
—Miren a quién tenemos aquí, si es a la mujer del momento —me dice, con toda la ironía que puede escupir.
—Por supuesto que soy la mujer del momento, ridículo, es mi fiesta de cumpleaños. ¿Quién más sería la persona del momento, tú? —ironizo, con una mueca poseyendo mis labios con naturalidad—. ¿Estás buscando las neuronas que te faltan o qué se supone que haces aquí?
—Quién lo diría, la famosa heredera inalcanzable con nada más y nada menos que Oliver Donovick, ¿Cuánto te lleva, diez años, no te da pena?
—¿De qué me estás hablando?
—¿Cómo que de que te hablo? No te hagas la desentendida. Si los vi entrar a una habitación solitos los dos —canturrea cómo si estuviese burlándose—. Esperaba más de ti y menos de él. Dime, ¿Apenas no acaba de cumplir la mayoría de edad? Nunca pensé que serías del tipo que asalta cunas. Con respecto a el… Creí que era menos inteligente, con su cara de estúpido y ya hace su primer movimiento empresarial.
Resuello de indignación y suelto una fuerte bocanada de aire que tenía contenida en los pulmones desde aproximadamente considerables minutos antes enarcando la ceja conflictuada.
—¿De qué me estás hablando, Nolan?
—Lo que escuchas. Nunca pensé que Oliver sería tan evidente con lo que todos sabemos. Está claro que los Werner y Donovick quieren solidificar aún más sus imperios casando a sus hijos. Pensé que él iba a esperar más, ¿Cuándo cumplió la mayoría de edad, hace tres meses?
—Cumple diecinueve en unos días —aclaro, entre dientes, porque eso sí, somos contemporáneos hasta en la fecha de nacimiento.
—¡Claro! Es que, ¿Sí no lo sabes tú, quién más? ¿Por qué ese semblante desorientado? ¿No sabías que el mayor de los Donovick está detrás de tus huesos no precisamente por amor, sino, por interés, vamos a decirle… laboral? ¡No me digas que creíste otra cosa! No seas ilusa, Werner.
—Los Donovick son una familia honorable y no les interesa ni lo más mínimo nada que tenga que ver con mi familia. Respétalos, estás muy equivocado.
—No estoy hablando de la familia, me refiero a un Donovick en específico. ¿No vas a creer que es casualidad, verdad? Las casualidades no existen. Todos en la ciudad sabemos que Donovick y tú terminarán casados, más por estrategia comercial que por otra cosa. Lo admito, es un maravilloso movimiento estratégico de negocios que Oliver vaya por ti sabiendo que eres la más reciente mujer prodigo de la ciudad y ya estás dominando el mercado sin siquiera intentarlo.
—Para tu información, todos los Werner somos pródigos. Con respecto a tus acusaciones, no te permito que insultes a ningunos de los Donovick en mi cara, no te lo concibo. Son una familia respetable y honorable, cualidades que tú desconoces.
—¿Respetables y honorables? Querida, necesitas leer e informarte. ¿Sabes de dónde proviene tu tan aclamada familia, sabes lo que han hecho para estar donde están?
—Ese fue el padre del señor Elijah. No él, ni mucho menos sus hijos. Sus actos no los definen en lo absoluto, son ajenos a esas situaciones, te pido el respeto que se merecen —exclamo furiosa—. Y la historia, ¿Cómo no voy a saberla? Sea realidad de los hechos, a diferencia de ti, que apenas y sabes lo que murmuran personas igual de nefastas que tú.
—Inocente pobre Abigail. Te lo repito, admiro a Oliver. Movimiento calculador tanto inteligente como arriesgado. Cómo te dije, esperaba más de ti y menos de él. A partir de hoy, Donovick es mi ídolo y tú, Abigail, ¿Es que no hay mejores partidos? O por lo menos de tu edad. ¿De verdad creíste por un segundo que un partido como él se fijaría en ti, que eres tan fría, inexpresiva, sosa, extremadamente amargada y aburrida? Para rematar, vieja, no hablemos de tu físico. Abre los ojos a tu alrededor y mira de lo que estamos rodeados. Sólo significas para él lo que todos. Una ventaja. Un trampolín. No eres nada más. No eres más que muchos más ceros en la cuenta bancaria, incontables conexiones y escalar socialmente al punto más alto.
—Eres una porquería y te quiero fuera de mi fiesta de inmediato —digo con la voz sin titubear, aunque por dentro flaqueo. Así como lo dijo, lo soy, soy una mujer tan fría como fuerte.
—Ya me iba, no puedo aguantar ese estúpido juego. Igualmente, estaré allí para reírme cuando tu relación con Donovick se haga pública. No te preocupes, no le diré a nadie que estás siendo engañada, los demás lo deducirán por sí mismos. Mientras tanto, me reire por dentro, no tienes idea de cuántas carcajadas me estoy guardando. Por cierto, ¡No olvides invitarme a la boda!
—Púdrete, Nolan. Si te vuelves a acercar, me encargaré de arruinarte la vida en pedacitos, te doy mi palabra. Soy peor de lo que me describes —susurro, con la cara roja de la cólera, a lo que él deshace su sonrisa triunfal, sé que está asustado. Debería estarlo—. Con respecto a Oliver, te quedarás esperando, porque él y yo jamás seremos más que unos buenos conocidos. Una mujer como yo, merece un hombre como yo, a mi altura —digo, fuera de mí misma. Él se ríe y estrecha sus ojos detrás de mí y yo alzo las cejas preguntándome que ha sido tan gracioso, porque su sonrisa ha vuelto a adornar su tedioso rostro.
La causa de su risa es Oliver, que se encuentra justo detrás de nosotros.