Al día siguiente, el Café cierra por las noches como siempre y Alex me espera fuera del carro estacionado justo al frente, sonríe al verme y me da un beso en la coronilla, luego saluda a Helen que se ha quedado viéndonos. —Hola, Helen. ¿Cómo estás? Bien, muchísimas gracias —responde ella, luego me dice a mí:— este joven es un encanto, cariño. No lo sueltes. —No pienso hacerlo —aseguro mientras me abrazo al tórax de Alex y lo miro a los ojos, sus bellos ojos. —Exageran mi persona —dice Alex—. ¿Te llevamos a algún lado, Helen? —Ay no, no te preocupes. Ya viene mi esposo por mí. —Podemos esperar a que llegue, si quieres. —Sí, no hay problema —corroboro yo. —No, no, no. Ustedes ya váyanse a sus locos lugares para jóvenes. Me río. Después de un par de negativas más por p

