Por un momento, Amelia llegó a pensar que cada vez que se quedaba dormida, viajaba entre el pasado y el presente. Su mente, enredada y agotada, no lograba encontrar la lógica detrás de lo que le sucedía. Se sentía atrapada, como si algo en su interior se activara en cada momento de inconsciencia, llevándola a otro lugar, a otra realidad. Y con cada "salto", la angustia crecía. Tenía miedo de dormir, de perderse una vez más en ese caos temporal que no podía controlar. Sin embargo, el cansancio pudo más, y su cuerpo, agotado por los días de tensión, lo derrotó.
El sueño la alcanzó y, como siempre, cuando despertó, lo primero que hizo fue buscar su teléfono. Con manos temblorosas lo revisó. Estaba en sus manos su antiguo teléfono, el que usaba antes del diagnóstico, antes del caos. Pero eso no la tranquilizó. ¿Cómo era posible? ¿Cómo viajaba entre momentos y espacios sin saber qué lo activaba? Amelia se sumergió en sus pensamientos, sin encontrar respuestas, solo preguntas que la atormentaban cada vez más.
Pasaron algunas horas, y tras una serie de exámenes, le dieron finalmente de alta. Estaba exhausta, pero no podía permitirse más descansos. Había algo en su interior que la impulsaba a seguir, aunque su mente le gritara lo contrario. Santiago la esperaba en el estacionamiento del hospital, su rostro serio y distante, una expresión que Amelia ya había llegado a conocer demasiado bien.
—Te llevaré a casa —dijo Santiago, con una voz grave y calmada. Pero había algo en su tono que no terminaba de convencerla. No quería depender de él, no quería ser su prisionera.
—Yo puedo llegar a mi habitación —respondió Amelia, evitando su mirada. No quería mostrarse vulnerable frente a él—. No debes de preocuparte por mí. Además, debo ir a hablar con el rector. Sé que seré expulsada sin una razón válida, solo porque me negué a trabajar contigo. O, ¿es que no eres lo suficientemente hombre para aceptar un "no"?
Las palabras de Amelia cayeron como un balde de agua helada sobre Santiago. Nadie jamás lo había tratado así, con tanto desafío y sin temor. Esto no solo le irritaba, sino que lo intrigaba más que cualquier otra cosa. ¿Cómo podía alguien ser tan firme en su negativa, especialmente frente a él? No era fácil corromperla, y eso solo aumentaba su deseo de mantenerla cerca.
Aunque su expresión era dura, Santiago no replicó. Amelia se subió al coche y, al poco tiempo, llegaron al campus. Aún se sentía algo débil, pero su determinación era más fuerte que cualquier malestar físico. No iba a permitir que la situación fuera más allá de lo que ya estaba ocurriendo. Ya había perdido demasiado tiempo en las garras de Santiago y no iba a permitir que esa misma sombra la siguiera por más tiempo.
Al llegar al campus, se dirigió directamente a la oficina del rector. Al entrar, el ambiente era tenso, como si algo pesara en el aire. El rector la miró con una mezcla de sorpresa y preocupación.
—Señorita Amelia, pensé que aún estaba hospitalizada. Su salud es lo más importante.
—No necesita tanta preocupación hacia mí —respondió Amelia con firmeza—. Quiero saber el motivo de mi expulsión.
El rector dudó por un momento, como si se estuviera preparando para decir algo que no quería. Finalmente, suspiró y se recargó en su silla.
—Señorita Amelia, nadie la ha expulsado, pero hay asuntos que nos preocupan. Hemos recibido un informe que sugiere que usted ha recurrido a prácticas poco profesionales, y por eso, mientras se realizan las investigaciones respectivas, usted queda suspendida.
Las palabras del rector resonaron en su mente como un eco. La mirada de Amelia se endureció. ¿Qué significaba esto? ¿Cómo podían acusarla de algo así? ¿Qué había hecho exactamente para merecer esta acusación?
—¿Puede darme más detalles? —preguntó, luchando por mantener la calma mientras una ola de frustración crecía en su pecho.
El rector la miró con pesar, pero su rostro seguía serio.
—Me gustaría, pero para no afectar la investigación, temo que no puedo hacerlo en este momento.
Amelia sintió que sus piernas flaqueaban. Era como si todo a su alrededor se estuviera desmoronando. La idea de ser expulsada de la universidad, de perderlo todo por algo que no entendía, la aterraba. ¿Qué estaba sucediendo realmente? ¿Por qué el rector había reaccionado de esa manera?
Se despidió del rector con una breve inclinación de cabeza y salió de la oficina con la mente nublada por la ansiedad y la rabia. Pero antes de que pudiera alcanzar la puerta, algo en su interior le hizo detenerse. Había algo más que no estaba viendo, algo que no terminaba de encajar. El informe, las acusaciones… todo estaba conectado, de alguna manera, con Santiago.
El camino de regreso a su habitación fue largo y silencioso. Mientras caminaba por los pasillos del campus, Amelia no podía dejar de pensar en las palabras del rector. ¿Prácticas poco profesionales? ¿En qué momento había hecho algo que no estuviera dentro de las normas? Si realmente ella hubiera hecho Prácticas poco profesionales, ¿Por qué Santiago estaria muy insistente en contratarla? La sospecha crecía, pero no podía deshacerse de la sensación de que todo esto era parte de un juego mucho más grande, una red de mentiras tejida entre Santiago, el rector, y ahora ella.
Lo que más le inquietaba era que cada vez que cerraba los ojos, pensaba en cómo las decisiones del pasado estaban afectando su presente, como si su vida estuviera siendo manipulada desde las sombras. ¿Qué tanto de su historia había sido real y qué tanto había sido alterado por las acciones de los demás?
El temor de perderlo todo la acosaba, pero no podía, ni queria rendirse. Tenía que descubrir la verdad, aunque eso significara enfrentarse a los oscuros secretos que aún acechaban en su vida.