La Red de Mentiras

983 Words
Amelia entró en la habitación, cansada, pero al mismo tiempo, con una creciente sensación de impotencia. Chloe y Amber ya estaban allí, esperando. Al ver su rostro tenso, ambas se acercaron rápidamente. —Amalia, ¿es cierto que te han expulsado? —preguntó Chloe, su tono lleno de preocupación. —Aunque el rector no lo acepte como tal, estoy suspendida por "prácticas poco profesionales" —respondió Amelia, tratando de mantener la calma a pesar del peso de la situación. Amber frunció el ceño, visiblemente molesta. —Estoy segura de que esa perra de Rose tiene algo que ver. Misteriosamente, en sus redes ha dicho que ha comenzado a trabajar con el Sr. Torres. Amelia recordó entonces que, en el pasado, Rose le había rogado que la ayudara a conseguir una posición con Santiago, algo que Amelia había hecho por amistad. Ahora, Rose, sin previo aviso, había logrado el puesto por sus propios méritos, o más bien, por su propia audacia. —No me importa —respondió Amelia, tratando de restar importancia al asunto—. No hay nada que puedan demostrar que fui yo. La puerta se abrió bruscamente, y Stephany irrumpió en la habitación, visiblemente alterada. —¡Amalia! He escuchado que están investigando al Profesor Fernández. Dicen que parte de tus calificaciones han sido porque te has acostado con los profesores para obtener buenos puntajes. ¿Es cierto? —¡¿Cómo se atreven a decir eso?! —exclamó Amelia, sintiendo cómo el enojo le subía por el cuerpo—. Nunca he estado con ningún hombre para conseguir nada. Quiero ver hasta dónde son capaces de llegar. Stephany, que también había estado al tanto de las r************* , no pudo evitar expresar su preocupación. —Amalia, si la universidad te suspende, todo este tiempo será en vano. ¡Tienes que actuar rápido! Amelia se sentó, con las manos temblorosas, mientras las publicaciones en r************* continuaban apareciendo. Cada vez más rumores sobre su vida personal circulaban, acusándola de tener relaciones con cualquiera a cambio de algo, de copiar trabajos o de aceptar un pago por no aceptar el trabajo con Santiago, el Sr. Torres, porque supuestamente era su amante. Todo lo que no era verdad, pero que, lentamente, la estaba hundiendo. Mientras tanto, en la oficina de Santiago, su asistente le informaba de la creciente tormenta mediática. —Las redes están explotando, Amalia es tendencia. ¿Quiere que haga algo para detenerlo? —preguntó el asistente, mostrando en su pantalla las publicaciones virales. —No. —Santiago respondió con calma, pero su mirada era firme.. —Están diciendo que es su amante. —No me importa —añadió él, mientras un rastro de sonrisa se dibujaba en su rostro—. Quizás ella necesite esto para entender que no puede escapar de mí. Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos. Era Rose, quien entró rápidamente con su habitual postura de seguridad. —Sr. Torres, Amalia está en grandes aprietos y me preguntaba si usted podría hacer algo por ella. Santiago la miró en silencio durante un momento. No tenía intenciones de intervenir, pero algo en la mirada de Rose lo hizo vacilar. —No es mi problema —respondió sin inmutarse, su tono impasible. Rose, sin embargo, no se dio por vencida. Sabía que tenía que aprovechar cualquier oportunidad para acercarse a Santiago, especialmente si eso significaba ganar la confianza de Amalia. —Lo entiendo, pero si usted ayuda a Amalia, ella verá que está para ayudarla. Y quizás entonces, finalmente, acepte la idea de trabajar con usted. Santiago se quedó pensativo, sopesando las palabras de Rose. Sabía que, aunque no le debía nada a Amelia, su control sobre ella no era absoluto. A veces, empujarla un poco más lejos de lo que podría resistir podría lograr que se acercara más a lo que él quería. Después de un largo momento de silencio, Santiago asintió lentamente. —Que eliminen la tendencia —ordenó, con voz baja pero autoritaria. El asistente salió rápidamente para cumplir con la orden, y ahora solo quedaban Rose y Santiago en la habitación. La tensión entre ambos era palpable. —Amalia no sabe apreciar la amistad —dijo Rose con una sonrisa amarga, observando cómo Santiago se movía detrás de su escritorio. La ironía de su frase no pasó desapercibida—. Ella te trató mal, y tú solo querías ayudarla. Yo sé que no la ves como la ves a mí, pero podrías dejar de tratarla como una obstinada niña rebelde. Santiago se giró hacia ella, sus ojos reflejando una mezcla de desconcierto y desdén. —Yo trato a todos como merecen ser tratados. Amelia está en su propio camino, y yo solo le estoy mostrando las consecuencias de sus decisiones. Rose sonrió con suficiencia, aunque sabía que las palabras de Santiago, en el fondo, no eran del todo ciertas. Ella veía una lucha interna en él, una guerra no solo por el control de Amelia, sino también por algo más profundo que él aún no había reconocido. —Entonces, ¿qué harás con ella? ¿La dejarás seguir por su cuenta, o la harás regresar a tu lado? Santiago suspiró, sin responder de inmediato. Mientras pensaba en las posibilidades, su mirada se desvió hacia el ventanal, donde la luz del atardecer comenzaba a colarse. Amelia había desafiado sus expectativas, y aunque no lo admitiera, eso lo inquietaba más de lo que le gustaría. —Veremos qué pasa —dijo finalmente, mientras se recostaba en su silla, su expresión endureciéndose—. No será fácil para ella. Rose asintió, pero su mente estaba ocupada. Sabía que este juego entre Santiago y Amelia acababa de comenzar, y ella no iba a quedarse atrás. Lo que Santiago no entendía era que, en su esfuerzo por tener el control, podía estar perdiendo la batalla. Y ella, Rose, estaba dispuesta a aprovechar cada oportunidad que se le presentara.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD