Amalia caminaba de un lado a otro en la biblioteca, rodeada de libros y documentos que intentaban desentrañar la maraña de rumores y acusaciones que la habían rodeado. Necesitaba algo que la ayudara a encontrar una salida, algo que le diera fuerza para enfrentar la tormenta que se le venía. Pero todo parecía estar en su contra.
De repente, su teléfono vibró. Al ver el número, supo que era el rector. La ansiedad le recorrió el cuerpo. Tomó una respiración profunda antes de contestar.
—Señora Amalia, requerimos que se presente a mi oficina lo más pronto posible.
—Estaré allí en 10 minutos —respondió, tratando de ocultar el nerviosismo en su voz.
No sabía qué esperar, pero lo que fuera que estuviera pasando parecía aún más serio de lo que había imaginado. Tomó sus cosas rápidamente y salió del campus hacia la oficina del rector. Al llegar, entró apresuradamente, solo para encontrarse con una escena inesperada: el rector sentado detrás de su escritorio, y al lado de él, Santiago Torres, observándola con una calma perturbadora.
—Sra. Amalia, gracias por venir tan rápido —dijo el rector, levantando la mirada y dándole una sonrisa que no alcanzó a parecer genuina.
Amalia frunció el ceño, mirando a Santiago con desconfianza.
—¿Por qué él está aquí? —preguntó, señalando a Santiago con un gesto seco, pero firme.
—Sra. Amalia —continuó el rector, sin dejar de sonreír—. El Sr. Torres está aquí para garantizar que usted es un recurso valioso, y sería un desperdicio dejarla ir. El Sr. Fernández ha negado todas las acusaciones, y creemos que los rumores que han circulado en r************* no son más que eso, rumores sin fundamento. Por lo tanto, damos por concluida la investigación.
Amalia se acercó a la mesa del rector, con el corazón latiendo más rápido, pero su expresión imperturbable.
—¿Me está diciendo que no cree en lo que me están acusando y que simplemente se están basando en rumores? —su voz se hizo más firme.
—Amalia —dijo Santiago, con tono conciliador—. Deja de buscar espinas donde no las hay. El rector está reconociendo el error que cometió al dejarse llevar por esos rumores, y está enmendando su decisión. Yo mismo he ayudado a disipar esos rumores en las r************* . Solo necesitas trabajar conmigo y continuar con tus estudios, todo quedará atrás.
La indignación de Amalia era palpable. No podía creer lo que estaba escuchando. ¿De verdad pensaban que iba a aceptar eso?
—Me abstengo de aceptar este trato —respondió, sin titubeos, mirando a ambos, al rector y a Santiago—. Estoy segura de que llevaré esto a vías legales.
El rector la miró preocupado, y fue Santiago quien intervino.
—Ningún juez aceptará tu caso, Amalia. Ningún juez se atreverá a ir contra mí o la universidad. Deja de ser testaruda —dijo Santiago, con un tono de autoridad que helaba el aire.
Amalia lo miró fijamente, no iba a ceder, no podía.
—Quiero que emita un documento que estipule mi situación con la universidad —dijo, con voz firme—. Ya sea que esté activa o suspendida, este documento será presentado como prueba.
Santiago, que había permanecido en silencio durante el intercambio, se giró hacia el rector, quien parecía dudar por un momento. Sin embargo, con un pequeño gesto de aprobación, el rector asintió.
—Bien —dijo el rector, viendo a Amalia y luego a Santiago—. Se emitirá el documento. Pero hay algo que debo advertirle, Sra. Amalia, esto no ha terminado.
Santiago se levantó de su asiento con una tranquilidad que solo él era capaz de mantener, y se acercó a ella lentamente.
—Esto no ha quedado así —dijo con voz baja, pero llena de amenaza—. Tu padre aún es mío, y pronto vendrás a mí.
Amalia, a pesar de la furia que sentía, logró mantener su compostura, aunque un escalofrío recorrió su espalda. No era la primera vez que lo escuchaba, pero esta vez, sus palabras parecían tener un peso aún mayor.
—No le debo nada a tu dinero ni a tus promesas, Santiago —respondió, aunque su voz temblaba ligeramente, tratando de ocultar el miedo que se colaba por sus venas. —No soy tu propiedad.
Santiago la miró fijamente, como si la estuviera evaluando, y por un momento, Amalia creyó que se acercaría aún más. Pero no lo hizo. Solo dejó que el silencio se instalara entre ellos.
Con un movimiento lento y calculado, Santiago se giró y caminó hacia la puerta, dejando a Amalia con el corazón acelerado. Mientras cruzaba el umbral, se detuvo un instante y le dirigió una última mirada.
—Nos veremos pronto, Amalia —dijo en un susurro, tan bajo que solo ella lo escuchó.
La puerta se cerró detrás de él, y el silencio llenó la habitación. Amalia no podía entender por qué seguía siendo la pieza en su juego, pero sabía una cosa: no dejaría que nadie la controlara. No podía. No después de todo lo que había luchado.
El rector, que había permanecido en silencio, ahora se levantó de su asiento y firmó el documento, pasándoselo a Amalia sin decir una palabra más. Ella lo tomó, pero no podía dejar de pensar en la amenaza de Santiago.
Cuando finalmente salió de la oficina del rector, se encontró sola en los pasillos del campus, rodeada de estudiantes que no tenían idea del tormento que estaba viviendo. Pero ella no iba a permitir que la derribaran. No después de todo lo que había pasado. Ya era hora de tomar el control de su propio destino.
Con el documento en mano, Amalia dejó atrás las sombras del rector y Santiago. Esta batalla aún no estaba ganada, pero ella ya había decidido que lucharía hasta el final.