Amalia salió rápidamente de la oficina del rector, el rostro tenso y el alma en guerra. No quería pensar en lo que había pasado con Santiago, ni en la amenaza que aún pesaba sobre ella. Pero algo dentro de ella le decía que no podía seguir evadiendo la realidad: la deuda, el control de Santiago, y las consecuencias que todo eso estaba dejando en su vida. En lugar de perderse en pensamientos oscuros, se centró en una sola cosa: la próxima etapa de su vida.
Corrió hacia el estacionamiento, donde vio a Santiago subiendo a su coche. No podía dejar que la situación se saliera de control; no esta vez. Ya era suficiente.
—¡Sr. Torres, por favor espere! —gritó, acercándose rápidamente.
Santiago, al escuchar su voz, giró sobre sus talones y la miró, tal vez esperando que finalmente aceptara sus condiciones. Pero Amalia no tenía intenciones de rendirse.
—Si quieres arrepentirte, sube al auto y vamos a la oficina —dijo él, con un tono que apenas disimulaba el cansancio.
Amalia respiró profundo, sin dejar que las palabras de Santiago la afectaran. Sabía perfectamente lo que quería, y lo que no.
—No es eso —respondió, intentando mantener la calma—. Tengo su dinero y necesito el número de cuenta para transferirle.
Las palabras de Amalia fueron como un puñal directo a su pecho. Santiago la miró con una mezcla de sorpresa y algo más que no quiso identificar.
—No quiero el dinero de otro hombre —respondió con firmeza—. Quédate con ese dinero. Si quieres pagarme, debes seguir mis condiciones.
Cada palabra de él era una presión que Amalia ya no estaba dispuesta a soportar. No lo entendía, ¿acaso no comprendía que ella no quería su dinero ni su control? Lo único que quería era ser libre.
—En todo caso, la deuda no es mía. Si quiere aceptarlos, es su problema. Llevaremos esto a la vía legal para que luego no me culpe de no querer pagarle —dijo, mirando a Santiago a los ojos con una firmeza que nunca le había mostrado antes.
Santiago pareció quedar momentáneamente en silencio. ¿Acaso no entendía que ella no estaba en deuda con él, sino con su padre? ¿No entendía que ella no le debía nada a él?
—En todo caso, si quieres pagar la deuda con el dinero de otro hombre, la deuda es mayor, por los intereses acumulados de tantos años —dijo Santiago, como si intentara volver a tomar el control.
Amalia, irritada, apretó los puños. No podía soportar más sus palabras.
—Usted no me había dicho eso —respondió, tratando de calmarse—. Solo me dijo que consiguiera el dinero. Sabe qué, no me interesa. No es mi deuda, quédese con mi padre si quiere.
Con esas palabras, Amalia se dio la vuelta sin esperar respuesta. Ya no quedaba nada más que decir. Lo había intentado, pero ya no podía seguir con esa conversación. Ahora debía prepararse para lo que realmente importaba: el trabajo con Álvaro. No tenía más opciones. Si quería salvarse, debía hacerlo por su cuenta.
Amalia se dirigió al centro comercial, con una determinación que nunca había sentido antes. Necesitaba comprar ropa adecuada para su nuevo trabajo. Rápidamente se adentró en una tienda de lujo, buscando algo que no solo le quedara bien, sino que también le diera confianza.
Al entrar, las dependientas la miraron de arriba abajo. El vestuario que llevaba, sencillo y sin pretensiones, parecía no encajar con el nivel de la tienda. La mirada que le dirigieron fue clara: no pertenecía allí.
—Creo que se ha equivocado de tienda —dijo una de ellas, alzando una ceja y sonriendo con desdén—. Todos nuestros trajes son costosos. Hasta el más económico no podría pagarlo ni ahorrando durante más de cinco años.
Amalia se quedó quieta, escuchando esas palabras que la descalificaban, pero que no lograban doblegarla. Sabía que tenía el dinero suficiente para hacer frente a lo que quería. Miró los precios en los maniquíes, y su mirada se detuvo en uno que parecía sacado de sus sueños: un traje azul oscuro, elegante y sofisticado. Pero lo que más le llamó la atención fue el precio: $35,000.
Pensó para sí misma: ¿Tanto dinero por un simple traje? No podía entender cómo la moda podía costar tan caro, pero algo dentro de ella le decía que, si iba a tomar el control de su vida, debía comenzar a vestirse como la persona que quería ser, no como la que los demás esperaban que fuera.
—Quiero probarme ese —dijo, señalando el traje con firmeza.
La dependienta la miró, sorprendida, pero también con una sonrisa burlona que no pudo esconder.
—Ese traje cuesta $35,000, ¿puedes permitirlo? —preguntó, con una superioridad evidente.
Amalia, sin mostrar ni una pizca de inseguridad, la miró directamente a los ojos.
—Te he dicho que quiero ese traje —repitió, sin titubear, su voz tan segura como su decisión.
La dependienta la observó unos segundos, como evaluando si realmente sería capaz de pagar por el traje. Finalmente, con una mirada molesta, dio media vuelta y se fue a buscar el traje. Pero Amalia ya no se sintió menospreciada. Por primera vez, se sentía como si estuviera tomando el control de su destino. El dinero no lo era todo, pero el poder de decidir sí lo era. Y ella ya estaba tomando sus propias decisiones.