Amalia estaba a punto de salir de la tienda con el traje en mano cuando escuchó una voz conocida proveniente del otro lado de la tienda.
—Amalia, no sabía que habías aceptado trabajar con el Sr. Torres —dijo Rose, con una sonrisa que intentaba ser amigable, pero que en realidad ocultaba algo mucho más oscuro.
Amalia la miró sin mucho entusiasmo y, sin perder la calma, respondió con firmeza:
—No es asunto tuyo.
Rose, sin embargo, no parecía dispuesta a dejarla en paz. Se acercó más, su tono se volvió aún más insinuante:
—Lo sé, pero el Sr. Torres es muy gentil al permitir escoger unos trajes de esta tienda y el pagarlos. Dice que tú le has rechazado.
Amalia sintió cómo la incomodidad comenzaba a invadirla. No solo porque Rose estuviera allí, sino porque sabía que se estaba metiendo en territorio peligroso. Justo tenía que encontrarme con la persona más manipuladora, pensó para sí misma.
—He dicho que quiero probarme este traje —respondió Amalia, intentando ignorar a Rose, cuya presencia ya no la sorprendía, solo la molestaba.
La dependienta, al escuchar que Amalia estaba relacionada de alguna manera con Santiago, no objetó. La miró rápidamente, con una mezcla de desdén y temor, y le entregó el traje sin más. Agachó la cabeza, como si estuviera esperando que la situación se resolviera sin más conflictos.
Amalia se dirigió al vestidor con rapidez. Se miró en el espejo una vez que se puso el traje azul oscuro. Era perfecto. Lo ajustaba a su medida como si hubiese sido hecho para ella. No solo el corte le quedaba impecable, sino que, de alguna manera, sentía que con ese traje comenzaba a recuperar el control de su vida.
Rose, sin querer admitirlo, había sido superada. Mientras Amalia se ponía el traje y se preparaba para salir del vestuario, Rose comenzó a murmurar:
—Tengan cuidado con ella, no tiene cómo pagar un traje de aquí.
La frase fue tan baja que la dependienta apenas la escuchó. Pero el veneno de las palabras de Rose se coló en el aire, como un insecto venenoso.
Amalia no se inmutó. Salió del vestuario con paso firme, el traje en las manos, y su expresión sin perder su confianza. La dependienta, al verla salir, no pudo evitar mirar el precio del traje y luego a Amalia, como si ya estuviera calculando en su mente las consecuencias.
—Me llevaré este —dijo Amalia, con una seguridad que no necesitaba más explicación. Las palabras salieron como una orden.
La dependienta no dijo nada. En lugar de ello, su rostro cambió completamente. La tensión era palpable. Ella miró el traje y luego a Amalia, como si algo dentro de ella temiera que, por alguna razón, las cosas pudieran salirse de control.
Fue entonces cuando Rose, al notar que Amalia estaba haciendo lo que no se esperaba de ella, se acercó rápidamente a la caja con la intención de controlar la situación.
—Nos hemos dado cuenta de que no trabajas para el Sr. Torres. Devuelve el traje antes de que pase algo malo —dijo Rose, casi susurrando, con los ojos fijos en Amalia.
Amalia, con una calma implacable, miró directamente a la dependienta. No la iba a dejar intimidarse.
—¿De verdad crees que me voy a dejar intimidar? —dijo, su voz llena de una firmeza que resonó por toda la tienda—. Este traje es mío ahora. Y no te preocupes por las consecuencias. Yo me hago cargo de lo que venga.
La dependienta, completamente aterrada, la miró sin saber qué hacer. En su mente, ya estaba pensando en las consecuencias que podría tener esta situación. Pero algo en el rostro de Amalia le decía que no podía hacer nada para detenerla.
El forcejeo entre ambas, entre la dependienta y Amalia, terminó de forma abrupta cuando el traje se rasgó por la costura. El sonido del desgarro resonó por la tienda. Todo el ambiente cambió en un segundo. Los ojos de la dependienta se agrandaron y, en un parpadeo, ya estaba retrocediendo. Sin decir palabra alguna, corrió hacia el mostrador y se alejó.