La atmósfera de la tienda cambió en un instante. Los murmullos se apagaron y todos los ojos se centraron en la figura de Álvaro, que acababa de entrar con paso firme. Su presencia, siempre imponente, era suficiente para que cualquier situación tomara un giro inmediato.
—Espero que puedas responder a eso —dijo su voz, clara y autoritaria, mientras observaba fijamente a la dependienta.
La dependienta, nerviosa, intentó explicarse, pero antes de que pudiera articular una palabra, Álvaro continuó con su mirada fría.
—Yo he escuchado perfectamente que ella ha mencionado que pagaría el traje y tú lo has forzado, dañando la pieza. Ahora quieres culparla, eso es tener poco valor hacia los clientes.
El gerente, al escuchar el nombre de Álvaro, se acercó rápidamente, reconociéndolo de inmediato. No era alguien con quien se pudiera jugar. Su rostro, que antes mostraba algo de desdén, ahora estaba lleno de preocupación.
—Sr. Álvaro, es un gusto verlo nuevamente —dijo, haciendo una reverencia.
—Parece que tu tienda no brinda la misma atención. Mi socia ha venido a comprar trajes, y tu empleada la ha humillado. Le dañó el traje y, aun así, quiere cobrárselo —respondió Álvaro, con una calma helada que no dejaba espacio para dudas.
Rose, que había estado observando la escena en silencio, decidió que era el momento de retirarse. No quería ser señalada, y mucho menos quedar involucrada en ese escándalo. Con paso apresurado, se dirigió a la salida, sin mirar atrás.
El gerente, ahora completamente incómodo, buscó a la dependienta para darle alguna explicación, pero ella ya no estaba allí. La culpa, al parecer, la había dejado atrás, y la tienda se veía cada vez más vulnerable ante la presión que Álvaro ejercía.
—Sr. No sabía que ella era su socia, fui mal informada por... —la dependienta trató de justificar su error, pero fue interrumpida por Álvaro.
—Estás despedida —dijo, sin piedad—. Y descontaré el precio del traje de tu liquidación.
La dependienta, completamente desconcertada, ni siquiera podía entender lo que ocurría. Sabía que el costo del traje, con todo lo que implicaba, superaba cualquier cifra que pudiera cubrir con su liquidación.
De repente, se acercó a Amalia, visiblemente afectada. Llorando, intentó pedirle disculpas.
—Señorita, por favor, perdóneme, no quería tratarla mal. Tengo un hijo que depende de mí —dijo entre sollozos.
Amalia la miró fijamente, pero su tono no cedió. Estaba cansada de la gente que solo veía sus propios intereses y no el daño que causaban.
—Debiste pensar en eso antes de tratar mal a los clientes —respondió Amalia, sin suavizar su mirada. —En todo caso, si el traje se ha dañado con tanta facilidad es porque no sirve.
El silencio en la tienda se volvió denso. El gerente, impotente, no sabía qué hacer. Todos, desde las dependientas hasta los clientes que miraban desde lejos, sabían que la situación no podía resolverse de manera simple. Amalia tenía el respaldo de Álvaro, y eso cambiaba las reglas del juego.
El gerente, ahora arrinconado, intentó reparar su error, aunque de manera algo torpe.
—Nos disculpamos por no cumplir sus expectativas, pero nos gustaría obsequiarle estos tres trajes por la mala atención recibida —dijo, con un tono más sumiso.
Los tres trajes eran deslumbrantes, pero lo que realmente impactaba era su precio. Cada uno de ellos ascendía a más de $40,000. La cifra total era un regalo que no muchos podían permitirse.
Amalia, por un momento, pensó en rechazarlo. No quería aceptar algo que sentía que no merecía. Sin embargo, Álvaro, sin perder su compostura, intervino con su usual tono de autoridad.
—Amalia, el gerente está siendo muy modesto, es de mala educación rechazar el obsequio —dijo, sin apartar la mirada.
Amalia, atrapada entre su orgullo y la realidad de la situación, se quedó mirando los trajes. Sabía que no podía simplemente dejarlo pasar. Al final, era Álvaro quien estaba pagando, y no ella. Además, la humillación que había recibido en esa tienda no podía quedar impune.
Suspiró, y luego miró al gerente.
—Está bien —dijo, finalmente, mientras aceptaba los tres trajes—. Aceptaré el obsequio. Pero esto no olvida lo que sucedió aquí.
El gerente, agradecido por la decisión de Amalia, asintió rápidamente.
—Por supuesto, señorita. Y nuevamente, nuestras disculpas. Lamentamos profundamente lo sucedido.
Cuando Amalia y Álvaro salieron de la tienda, el ambiente seguía tenso, pero Amalia sentía que había dado un paso hacia la independencia. Aunque había aceptado el obsequio, había dejado claro que no se dejaría pisotear ni por Santiago ni por nadie más.
—Gracias —dijo, en voz baja, sin mirarlo directamente, pero sabiendo que Álvaro había sido quien la respaldaba cuando más lo necesitaba.
—No tienes que agradecerme —respondió él, con su típica frialdad—. Pero, ahora que tienes lo que querías, ¿estás lista para lo que viene?
Amalia no respondió de inmediato. Caminó unos pasos antes de mirar a Álvaro y decir:
—Sí, lo estoy. Ya no tengo miedo.
El sonido de la llamada interrumpió el silencio tenso en el auto de Santiago. Rose, visiblemente alterada, no había podido esperar más para contarle lo que había visto. Estaba claro que algo estaba ocurriendo entre Amalia y Álvaro, y no podía ignorarlo.
—Santiago, tienes que saber algo... —dijo Rose, casi jadeando—. Acabo de ver a Amalia salir de la tienda con Álvaro. Él la estaba respaldando como si hubiera algo más entre ellos.
Santiago apretó los dientes al escuchar el nombre de Álvaro. Su mano derecha se tensó alrededor del volante, y la ira empezó a consumirlo. ¿Cómo era posible que Amalia se estuviera acercando a ese hombre? ¿Después de todo lo que había hecho por ella? ¿Después de haberla mantenido bajo su control?
—¿Estás segura? —su voz sonó baja, pero peligrosa, como si todo su ser estuviera controlado por una furia contenida—. ¿Qué hacía exactamente con él?
—Lo vi claramente, Santiago. Estaban saliendo de la tienda juntos, y él la trataba... como si fuera su socia, como si... como si no hubiera nada entre ellos —respondió Rose, buscando cada palabra con cautela, sin querer hacer enfurecer más a Santiago.
La ira de Santiago estalló en su pecho como una explosión. Su mente comenzó a dar vueltas, buscando alguna explicación lógica. ¿Por qué se acercaba Amalia a Álvaro? ¿Qué estaba pasando? Rose había mencionado que ella había rechazado trabajar para él, pero ahora se la veía aliada con ese hombre.
—¡Maldita sea! —gritó Santiago, golpeando el volante con fuerza—. ¿Cómo es posible que ella decida seguir con ese hombre? ¿Qué le ve? ¡Qué pretensión, Rose! Siempre he estado aquí para ella, siempre la he cuidado. Y ahora, ¿este tipo aparece y la respalda como si fuera su salvador?
Rose, preocupada por la reacción de Santiago, intentó calmarlo, pero su tono sólo servía para encender aún más la rabia que hervía dentro de él.
—No es el momento para que te dejes llevar por la ira. Piensa en lo que estás haciendo —dijo Rose, intentando apaciguar la tensión en la voz de Santiago—. Pero lo que más me preocupa es que él tiene la influencia suficiente como para quitarte el control sobre ella. Si de verdad está dispuesta a trabajar con él, puedes olvidarte de usar la universidad para presionarla.
Santiago, aún lleno de furia, comenzó a analizar las palabras de Rose. Si él ya no podía usar la universidad como arma contra ella, tendría que encontrar otro modo de hacerla doblarse. Nadie, absolutamente nadie, iba a escapar de su control. Y mucho menos Amalia.
—No necesito la universidad para presionarla —dijo finalmente, su voz llena de veneno. Estaba pensando con claridad ahora. Amalia había cometido el error de pensar que podría escapar de su poder. Pero él no la iba a dejar ir tan fácilmente. La haría pagar.
Santiago empezó a trazar su plan, un plan que no implicaba simplemente hacerle la vida más difícil a Amalia. No, iba a destruir todo lo que le quedaba de control y autonomía, y luego, cuando estuviera completamente rota, él la tomaría. Al final, sería suyo, tal y como lo había planeado desde el principio.
—Voy a hacer que se arrepienta de haberse acercado a él —murmuró, casi para sí mismo—. Nadie juega conmigo y sale ileso.
Rose, al escuchar sus palabras, se dio cuenta de la gravedad de la situación. Sabía lo que Santiago era capaz de hacer, y la frialdad en su tono indicaba que no iba a detenerse ante nada.
—Entonces, ¿qué vas a hacer? —preguntó, sabiendo que la respuesta no sería nada bueno.
Santiago, sin apartar la vista del camino, sonrió con una frialdad que hizo que el aire se volviera más pesado en el coche.
—Voy a hacerle ver que no puede escapar. Si ella quiere jugar con Álvaro, que lo haga. Pero luego, voy a darles una lección que jamás olvidarán.