El Precio de la Imagen

1195 Words
Amalia estaba en la oficina de Álvaro, aún procesando todo lo ocurrido en la tienda. Frente a él, con los tres trajes doblados en una elegante bolsa, sentía un extraño peso, como si no fueran simples prendas, sino un recordatorio de la posición en la que ahora se encontraba. Álvaro, con la calma calculada que lo caracterizaba, la observaba en silencio. —¿Sigues pensando que enfrentarte a Santiago con dinero prestado era una buena idea? —preguntó él, cruzando las manos sobre el escritorio. Amalia bajó la mirada. —No es mi deuda. No voy a pagar lo que no me corresponde. —Exacto —dijo él con una leve sonrisa—. Pero entiéndelo, Amalia, esto no se trata solo de deudas. Se trata de poder. Ella lo miró confundida. —¿Poder? Yo no quiero eso. Solo quiero… que me deje en paz. Álvaro negó con la cabeza y se inclinó hacia ella. —Ese es tu error. Si no quieres que te aplasten, debes aprender a jugar. Santiago no entiende de paz, entiende de control. Y si quieres sobrevivir, tienes que mostrarle que también tienes armas. Amalia frunció el ceño. —¿Y cuáles son mis armas? No tengo nada. —Tienes algo mejor que dinero —respondió él, tomando el teléfono—. Me tienes a mí. Marcó un número corto. Apenas dijo unas palabras. —Hazlo ahora. Amalia lo observaba intrigada. Minutos después, su celular vibró. Álvaro tomó el dispositivo y lo giró para que ella viera la pantalla. En r************* empezaban a aparecer videos de Rose en situaciones comprometedoras: en un bar besando a un hombre distinto al que decía amar, entrando a un hotel con otro, bailando provocativamente en una fiesta privada. Eran varios clips, de distintos momentos, todos insinuantes. Amalia abrió los ojos sorprendida. —¿Qué… qué es esto? —Prueba de que las máscaras siempre caen —dijo Álvaro con frialdad—. Rose juega a ser la mujer refinada y confiable al lado de Santiago, pero con esto… su credibilidad se acaba. Nadie la tomará en serio. Amalia tragó saliva. —¿Usted planeó todo esto? —No —respondió, apoyándose en el respaldo de su silla—. Solo aproveché lo que otros ya sabían. Yo no invento mentiras, Amalia. Yo expongo verdades. Ella se quedó en silencio unos segundos, intentando asimilar la magnitud de lo que veía. —Si Santiago descubre que usted está detrás de esto… Álvaro sonrió. —No podrá probarlo. Y aunque pudiera, ¿qué hará? ¿Defender a una mujer que a todas luces lo ha estado usando? Si lo hace, quedará como un tonto. Y si no, perderá a una de sus piezas más importantes. Amalia sintió un escalofrío. —Esto es demasiado. Está jugando con la reputación de alguien… —Bienvenida al mundo real, Amalia —la interrumpió él—. Aquí no gana el más inocente, sino el más astuto. Y si quieres vencer a alguien como Santiago, tendrás que ensuciarte las manos, aunque sea un poco. Ella lo miró con mezcla de temor y fascinación. Por primera vez entendía lo que Álvaro quería decir con “mostrar poder”. Esto no iba dirigido directamente contra Santiago, pero sí minaba su entorno. Y eso, tarde o temprano, lo afectaría. —Ahora dime, ¿estás lista para dar el siguiente paso? —preguntó Álvaro, fijando la mirada en ella con intensidad. Amalia dudó. Sabía que ese paso podía cambiarlo todo. Amalia no respondía. El teléfono vibraba sobre la mesa sin detenerse, una lluvia incesante de notificaciones que llenaban la pantalla con titulares y mensajes repetidos: “Rose expuesta”, “¿La musa de Santiago con otros hombres?”, “La verdad detrás de la mujer perfecta”. Cada alerta parecía más cruel que la anterior. Amalia lo miraba con una mezcla de desconcierto y cansancio. Nunca había visto cómo el poder podía desmoronar a alguien tan rápido, en cuestión de minutos, como un castillo de arena borrado por las olas. Álvaro, en cambio, permanecía sentado frente a ella, relajado, con el mismo aire de superioridad que lo acompañaba siempre. Se sirvió un whisky sin prisa, como si lo que ocurría allá afuera fuese solo un espectáculo privado para su disfrute. —¿Lo ves? —dijo, levantando apenas la voz, como si no necesitara esforzarse para que cada palabra calara en ella—. Esto es poder, Amalia. Un chasquido, una llamada, y todo se voltea en contra de quien creía tenerlo todo bajo control. Amalia desvió la mirada hacia la ventana. No quería que él viera el conflicto en sus ojos. Por dentro, algo la estremecía: había deseado muchas veces que Rose recibiera su merecido, pero verlo en acción, tan crudo y devastador, la hacía preguntarse hasta dónde estaba dispuesta a llegar. El celular vibró de nuevo. No pudo resistir la tentación de encender la pantalla. Los videos eran brutales: imágenes de Rose con distintos hombres, escenas insinuantes, risas, gestos comprometedores. Y lo peor no era la exposición, sino los comentarios. Cientos, miles, llenos de sarcasmo y desprecio: “Así se subió al puesto que tiene”, “Siempre se supo que era una trepadora”, “Con razón Santiago la defendía tanto”. Amalia apagó el teléfono de golpe, sintiendo un vacío en el estómago. —Esto… esto es demasiado —murmuró, apenas audible. Álvaro sonrió, como si hubiese estado esperando esa reacción. —No, Amalia. Esto es solo el principio. Hoy ha caído Rose, mañana podría caer cualquiera que se interponga en nuestro camino. ¿Entiendes lo que quiero mostrarte? No se trata solo de Santiago, se trata de que tú aprendas a no ser nunca más la víctima. Ella levantó la mirada, sorprendida por la intensidad de sus palabras. —¿Y si todo esto se vuelve en nuestra contra? —preguntó, con un tono más duro de lo que esperaba. Álvaro rió suavemente, como si esa posibilidad le resultara ridícula. —El que tiene el control nunca paga las consecuencias. Siempre hay otro que carga con ellas. Amalia se quedó callada. Una parte de ella quería creer en esas palabras, abrazar ese poder y usarlo contra quienes la habían humillado. Pero otra parte, más profunda, le gritaba que había una línea peligrosa que estaba cruzando, una línea de la que tal vez ya no habría regreso. El silencio fue interrumpido de nuevo por el timbre de su celular. Era un mensaje directo de una compañera de la universidad: “Amalia, ¿ya viste lo de Rose? Ahora todos hablan de ti también. Dicen que tú estás detrás de esto.” El corazón le dio un vuelco. Miró a Álvaro, que seguía bebiendo su whisky con la misma calma. Él parecía haberlo previsto todo. —Relájate —dijo sin siquiera girarse hacia ella—. Que hablen. Eso solo aumenta tu presencia. La clave no es huir de los rumores, sino dominarlos. Amalia cerró los ojos un instante, intentando controlar la respiración. El precio de la imagen había comenzado, y aunque no lo admitiera, temía que esa factura también llevara su nombre.
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