Acuerdo Prenupcial

1037 Words
Santiago se acercó a Amalia, le entregó unos documentos. —Tus padres quedaron debiendo cincuenta mil dólares. La deuda no vence, así que debes cumplirla. Si no es esta forma, puedes pagar con algo más. Cuando Amalia escuchó eso, se puso extremadamente molesta. Ella no era una prostituta para vender su cuerpo. Para eso estaba estudiando una carrera importante, aunque necesitara el trabajo. No dejaría que la humillaran. Sin embargo, pronto se dio cuenta de la deuda de sus padres al año de haber conocido a Santiago. Fue así como él la convenció de casarse, para que la deuda se cancelara. —Legalmente no puedes hacerme asumir una deuda de mis padres. Yo ni existía, y la herencia de deudas no existe. —Señorita Amalia, legalmente no, pero sí puedo usar mis medios para hacer que tu carrera no tenga éxito. Así que no solo tendrías una deuda conmigo, sino con los bancos, y se llevarían la casa de tus padres. Además, habrías estudiado en vano. Amalia no entendía por qué el banco no había hecho nada antes, ya que había vivido varios años allí desde la muerte de sus padres. Nunca había sido contactada por ellos, y ahora Santiago la amenazaba con eso. —Solo estás intentando amenazarme. Si deciden quitarme la casa, está bien, que se la lleven. Igual solo me recuerda que estoy sola. A Santiago le molestó que ella no accediera, incluso con toda la presión que estaba ejerciendo sobre ella. —Tú lo has querido así. Ya verás las consecuencias. Martín y Santiago se retiraron del hotel, dejando únicamente a Amalia. Ella se apresuró a salir, pero al pasar por recepción, la detuvieron. —Señorita, aún no ha cancelado la habitación. —¿Pensé que el hombre la había pagado? —No, no es así. La habitación fue reservada por usted. Por cortesía hacia el señor Torres, no se le cobró inmediatamente. No obstante, debe cancelarse. Si no tiene cómo, tendremos que llamar a la policía. Amalia comprendió que fue Santiago quien había orquestado todo, pero no se dejaría humillar. —Use esta tarjeta —dijo Amalia, mostrando su tarjeta de ahorros. El recepcionista pasó la tarjeta, pero fue rechazada. —Lo siento, ha sido rechazada. —No puede ser, estoy segura de que tiene fondos. —¿Tiene alguna otra tarjeta o efectivo? Amalia sacó su celular y revisó su cuenta bancaria. Tenía fondos, pero estaban congelados. Rebuscó en su bolso y entregó el último efectivo disponible. Al salir del hotel, fue directo al banco. Cuando se registró, fue enviada directamente hacia gerencia. —Señorita Amalia, mi nombre es Roger Muñoz, soy el gerente de este banco. Me alegro de que se haya presentado rápidamente. —Me vi en la obligación de hacerlo. Mis fondos fueron congelados, ¡esto es un abuso! —Entienda, señorita, teníamos que intentar hacer contacto con usted. Desde hace bastante tiempo, nuestro personal ha tratado de contactar a algún familiar suyo, pero no ha sido posible. La junta directiva decidió esperar hasta que usted tuviera la mayoría de edad para poder contactarla. —¡Eso es ilegal! —Lo contrario. Verifique el contrato firmado por sus padres. Es un contrato que se transfiere a los familiares más cercanos. Legalmente podemos cobrar. —No tengo ese dinero disponible. No pienso pagar esto. —El banco le brindará un plazo de 72 horas para realizar el pago. De lo contrario, tomaremos medidas. Por cierto, debe ser el total, ya que la deuda es antigua. El gerente le indicó a Amalia que se retirara. Regresó al campus y, al llegar a su habitación, se encontró con Rose. —¿Por qué eres así conmigo? —preguntó Rose, visiblemente molesta. —No entiendo a qué te refieres. —Hoy fui a la entrevista en la oficina del señor Torres y me dijeron que la plaza ya fue contratada. Y adivina, me confirmaron que fuiste tú. Amalia, me dijiste que no estabas interesada en la plaza, pero aún así aplicaste. Yo he pasado una gran vergüenza al presentarme. —¿Me ves trabajando ahí? Yo estoy aquí, no me interesa. Rose se dirigió al armario de Amalia y encontró varios trajes de negocios nuevos y de alto nivel. —Entonces, ¿por qué esto está aquí? Deja de seguir mintiendo. Amalia no entendía por qué los trajes estaban allí. Ella no había firmado el documento que Martín le presentó. —No, eso es un error. No sé por qué está eso ahí. En ese momento, alguien golpeó la puerta. Rose fue a ver quién era. Al abrir, se dio cuenta de que era Martín. —Vengo a entregar unos documentos a la señora Amalia. Rose abrió la puerta y le señaló a Amalia. Martín entró directamente hacia ella. —El señor Torres me ha pedido que le entregue estos documentos. Espera que los firme pronto y que la vea mañana en su puesto. —No he firmado ningún contrato. —Lo hará. Recuerde llevar esos documentos mañana. Amalia revisó los papeles. Había mucho que revisar, pero uno de los documentos en particular le llamó la atención. [Acuerdo Prenupcial] —¿Realmente cree que me casaré con él? Aunque esto debió haber sucedido dentro de un año —dijo Amalia en voz baja, casi para sí misma. Rose, que ya empezaba a desconfiar de su amiga, se acercó a ella y vio el título del documento. —¿En serio te casarás con el señor Torres? Ahora entiendo por qué conseguiste la plaza. No entiendo por qué niegas algo que es tan evidente. —Ya te he dicho, no estoy interesada en él. Esto es algo que él decidió, no yo. Amalia siguió revisando los documentos. En el acuerdo se establecía que si ella era su esposa al menos por cuatro años, él asumiría cualquier deuda que existiera a su nombre, sin importar el costo. Además, se especificaba que ella trabajaría con él como su secretaria personal. En una de las últimas cláusulas, se estipulaba que si el matrimonio no funcionaba, él reconocería la compañía de ella y le entregaría una propiedad de alto nivel, además de recibir una considerable suma de dinero para su manutención, siempre y cuando permaneciera divorciada.
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