Amelia continuó revisando su teléfono, cada correo que encontraba era de asuntos laborales, todos relacionados con su trabajo en la empresa de Álvaro. Sin embargo, la pregunta seguía dando vueltas en su cabeza: si realmente aceptaba trabajar con él, ¿cómo era posible que estuviera casada con Santiago? La confusión le nublaba la mente, y se sentía atrapada entre dos realidades que no comprendía completamente.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió, y Rose entró con paso firme.
—Santiago, yo me quedaré con ella. Puedes retirarte. Sé que te preocupas mucho por Amelia, pero no puedes descuidar a tus clientes —dijo con una sonrisa calculada, sabiendo que sus palabras estaban diseñadas para afectar.
Santiago, que había estado de pie junto a la ventana, la miró por un momento. Su rostro mostraba una expresión de resignación. Sin decir una palabra más, asintió, pasó su mano por el brazo de Rose, y salió de la habitación. La puerta se cerró con un leve crujido, dejando a Amelia y a Rose solas en el cuarto.
Amelia no pudo evitar una sensación de repulsión. Sabía que Rose disfrutaba de su sufrimiento, y esa idea la hacía sentirse aún más vulnerable.
—¡Quiero que te vayas, no quiero verte! —exclamó Amelia, tratando de mantener la calma, aunque su voz traicionaba su furia interna.
—Amelia, sé que la noticia que te dio el doctor no es fácil de digerir, pero no es para alejar a tus seres queridos —respondió Rose, con una calma que solo aumentaba la irritación de Amelia.
—¿De qué noticias hablas? —preguntó Amelia, confundida y algo temerosa.
Rose se acercó un poco más, su tono cambiando a uno más suave, como si intentara consolarla, pero Amelia sabía que solo buscaba manipularla.
—No me digas que Santiago le ordenó al doctor que no te lo dijera. Creo que tienes derecho a saber sobre tu salud. Te han detectado cáncer de mama en etapa 2. Los médicos dicen que, si lo hubieran detectado un año atrás, habría sido tratable y prevenible. Ahora, solo queda alargar tu vida. Por eso Santiago ha pospuesto el divorcio —dijo Rose, con una sonrisa oculta que Amelia no podía soportar.
El impacto de las palabras de Rose la dejó en shock. Cáncer, pensó. ¿Cómo era posible? ¿Cómo había llegado a este punto sin siquiera haberlo notado? La idea de morir joven, de no poder tener el control sobre su vida, la aterraba.
—Sabes lo que haré una vez que te vayas, ¿verdad? —continuó Rose, como si hablara de algo trivial—. Me casaré con tu esposo y él me amará como nunca te ha amado a ti.
Amelia sintió cómo el odio y la desesperación la invadían, pero también la tristeza. No le importaba lo que Rose pensara. Lo único que importaba en ese momento era liberarse del yugo que la mantenía atrapada.
—No me importa, puedes quedártelo desde ya —respondió con frialdad, aunque sus palabras sonaron más vacías de lo que pretendía—. No tiene que quedarse conmigo por compasión.
Rose, sin perder la calma, la miró con desdén.
—¿Crees que él está contigo por compasión? No, lo hace porque es un hombre de palabra. Le prometió a tu padre que te cuidaría. Tu padre ya era viejo y no quería que gastaras tanto en medicinas, pero cuando llegaste llorando por él, le dio igual pagar lo que fuera. Ahora está atrapado en una promesa que no puede romper.
—¡Quiero que te largues de aquí! —gritó Amelia, con la rabia acumulada, lanzando todo lo que tenía cerca hacia Rose.
Rose, sin perder su compostura, simplemente levantó el teléfono y comenzó a grabar la escena.
—¿Qué estás haciendo? —exclamó Amelia, pero Rose no respondió. Solo envió el video a Santiago con una sonrisa maliciosa.
Minutos después, los médicos llegaron a la habitación para intentar calmarla. Rose, viendo que Amelia no iba a tranquilizarse con su presencia, se levantó sin decir una palabra más y salió.
Amelia, en ese estado de angustia, intentó desconectar los aparatos que la mantenían monitoreada, buscando una manera de liberar su frustración. Pero los médicos, al ver su comportamiento alterado, la sedaron antes de que pudiera hacer nada más.
Cuando despertó, la luz de la mañana se colaba a través de la ventana. Estaba en una habitación diferente, más grande. Aún sentía la pesadez de la sedación en su cuerpo. Su cabeza estaba nublada, y lo primero que hizo fue buscar su teléfono. Pero lo que vio la sorprendió aún más: era su antiguo teléfono. El que había tenido antes de que todo cambiara. El que había dejado atrás.
Antes de que pudiera procesarlo, la puerta se abrió. Entraron los médicos para hacer una evaluación rápida.
—¿Cómo te sientes? —preguntó uno de ellos.
—Estoy bien, no se preocupen. Quiero saber qué me pasó —respondió Amelia, aún confundida.
—Tuviste un leve desmayo. Te trajeron para hacerte un chequeo, pero todo está bien. Solo estamos asegurándonos de que no haya complicaciones.
Amelia, aún sumida en su desconcierto, recordó la noticia del cáncer. Decidió revisarse rápidamente, buscando cualquier señal en su cuerpo. Fue entonces cuando sintió una pequeña bolita en su pecho.
—Doctor, quisiera que me hicieran exámenes para detectar cáncer de mama —dijo, con voz firme.
El doctor se acercó, la revisó rápidamente, palpó la bolita y asintió.
—Entiendo, mandaré a realizar los exámenes pertinentes. Por el momento, necesitamos que permanezcas bajo observación.
Cuando los médicos salieron, la puerta se abrió de nuevo, y esta vez, fue Santiago quien entró en la habitación.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Amelia, con la voz cargada de resentimiento y sorpresa.
Santiago la miró con una expresión que no lograba descifrar. Era una mezcla de frustración, pero también de algo más, algo que Amelia no comprendía.
—Vine a saber cómo te encuentras —dijo, con una voz que, aunque suave, sonaba distante.
Amelia lo miró fijamente, sin saber si sus palabras eran sinceras o solo otra jugada más para controlarla. Sabía que, en el fondo, sus sentimientos por él ya no importaban. Pero aún había algo dentro de ella que no la dejaba completamente libre de él.
—No necesito tu compasión, ni tu ayuda —respondió, girando su mirada hacia la ventana.
Santiago suspiró, pero no dijo nada más. Sabía que había cruzado límites con ella, pero también era consciente de que no podía simplemente soltarla. No de la manera en que todo esto había comenzado.
—Te dejo descansar —dijo al final, sin acercarse más. Se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Amelia sola con sus pensamientos y su incertidumbre.
Mientras la puerta se cerraba detrás de él, Amelia cerró los ojos, sin saber qué sería de ella en ese laberinto de mentiras, manipulaciones y secretos. La batalla por su libertad apenas comenzaba, y ella sabía que, si quería salir de este ciclo, tendría que enfrentarse a algo mucho más grande que lo que Santiago o Rose podían hacerle.