Álvaro sonrió de forma tranquila, casi como si estuviera anticipando lo que iba a decir a continuación. Sacó su chequera con una mano firme, escribió rápidamente y emitió un cheque por la suma de $100,000 dólares.
—Tómatelo como un adelanto —dijo con voz calmada—. Estoy seguro de que lo voy a recuperar.
Amelia quedó estupefacta, mirando el cheque que ahora sostenía entre sus manos. Un nudo se formó en su estómago mientras miraba el número en la cifra que parecía más una condena que una oportunidad. No sabía exactamente en lo que se estaba metiendo, pero la desesperación la estaba consumiendo. Con el cheque en mano, salió de la cafetería a toda prisa. No podía esperar más; necesitaba salir de las garras de Santiago cuanto antes.
Caminó rápidamente hasta el banco más cercano. No podía perder ni un minuto más. Depositó el cheque en su cuenta con la esperanza de que, al menos, por ahora, tendría los fondos suficientes para seguir adelante. Pero la sensación de incomodidad persistió. Sabía que aceptando ese dinero, ya estaba comprometida con Álvaro de una forma que no podía deshacer.
Justo cuando estaba por salir del banco, su teléfono sonó. Miró la pantalla: era el rector.
—Señorita Amelia, necesitamos que se presente en mi oficina lo antes posible.
Amelia frunció el ceño, desconcertada.
—¿A qué se debe esta reunión?
—Es sobre la continuación de sus estudios en esta alma mater.
Un escalofrío recorrió su espalda. Amelia ya podía imaginarse lo peor. Santiago estaba presionando para que la expulsaran. No podía creer que hubiera llegado a ese punto. En un instante, todo parecía desmoronarse a su alrededor. Sintió que la presión era demasiada y, sin poder evitarlo, se sentó en una banca afuera del banco. Su cabeza comenzó a dar vueltas y, antes de darse cuenta, perdió el conocimiento.
Cuando despertó, lo primero que notó fue la luz blanca del hospital. Abrió los ojos lentamente y, al levantar la vista, vio a Santiago sentado a su lado. Estaba allí, como si nada hubiera pasado, pero la frialdad en su rostro la descolocaba.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Amelia, furiosa, con una mezcla de incredulidad y rabia—. ¿No bastó con que intentaras provocarme la expulsión?
Santiago la miró sin inmutarse, como si no lo estuviera afectando en absoluto.
—Pensé que ya habíamos hablado de esto. Tú fuiste la que lo provocaste por aceptar ese trabajo con Álvaro. —Dijo con tono neutral, pero sus ojos brillaron con algo que Amelia no alcanzaba a entender—. En todo caso, después te ayudé con tu título.
Amelia, totalmente confundida, trató de calmarse. Buscó su teléfono en la mesita de noche, y al ver el iPhone 14 en su mano, una sensación extraña la invadió. Estaba en el presente, pero sentía como si hubiera vuelto de alguna pesadilla, como si lo que había vivido en los últimos días fuera más un sueño que una realidad. Estaba completamente perdida entre los dos mundos: el pasado y el presente.
Al revisar su teléfono, vio varios correos de Álvaro, uno tras otro, como si lo hubiera estado esperando. Sus ojos se llenaron de preguntas.
—¿Estás preocupada porque ese hombre te haya escrito? —Santiago preguntó con desdén, y un dejo de superioridad en su voz.
Amelia levantó la vista, sin saber qué responder.
—¿Quién? —Preguntó, sin comprender.
Santiago la miró fijamente, sus ojos fríos como el hielo.
—Al menos espera que se procese el divorcio y puedas irte a sus brazos —dijo, con una mueca de desprecio, como si ella fuera una niña que no entendiera nada.
Amelia tragó saliva. ¿Aún seguía casada con él? Se preguntó a sí misma. Se suponía que si aceptaba trabajar con Álvaro, todo cambiaría. No caerías más en sus garras, se había prometido. Pero la realidad era muy distinta. Ahora estaba atrapada entre su presente y su pasado, sin saber cómo escapar.
—¿Puedes ayudarme a recordar cómo terminamos casados? —preguntó, más para sí misma que para él.
Santiago dejó escapar un suspiro, y la mirada en sus ojos fue suficiente para comprender que algo profundo se había quebrado entre ellos. En lugar de responder de inmediato, él se levantó de su silla y comenzó a caminar hacia la ventana.
Amelia lo observó en silencio, esperando una respuesta que nunca llegó. Finalmente, Santiago volvió a mirarla, pero esta vez había algo en su tono que la hizo sentirse más pequeña que nunca.
—¿Has olvidado que yo pagué la hospitalización de tu padre? —dijo con voz baja, casi como un reproche—. Viniste a mí, llorando, rogando por su vida, y aceptaste casarte conmigo solo para salvarlo. No es culpa mía que tu padre no resistiera, pero la hospitalización ascendió a medio millón de dólares. ¿Sabes lo que eso significa?
Amelia sintió como si la habitación se estrechara a su alrededor. No recordaba haber hecho una promesa tan grande. Se quedó en silencio, asimilando las palabras de Santiago. Él había estado allí, pagándolo todo, pero no lo había hecho por amor. Lo había hecho para controlarla, para ponerla en deuda con él, para atraparla aún más.
—No lo olvides, Amelia —continuó Santiago, con una sonrisa fría—. Estás aquí por mí, y no porque quieras estarlo. No olvides nunca que si sigues adelante con tu vida sin mí, te enfrentarás a consecuencias que ni tú ni tu familia podrán pagar.
Amelia se quedó mirando su teléfono una vez más, los correos de Álvaro haciéndola sentir atrapada entre dos mundos. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Debería seguir con su promesa a Álvaro o enfrentarse a Santiago y sus amenazas? La respuesta parecía estar lejos de su alcance. El futuro se sentía cada vez más incierto.