Minerva luchaba retorciéndose como una lombriz con todas sus fuerzas para zafarse de los brazos del uniformado, el Otro parecía ausente y ajeno a lo que ocurría mientras llevaba a la joven hacia la sala donde la interrogarían.
—Suéltame -gritaba con rabia y decepción, todo había sido muy bonito para ser cierto, se había encariñado demasiado con Omnia, con su lado bueno y amable y tal vez había olvidado lo que en realidad era, una de las ciudades del maldito Sistema, en las que gente como Casius Hunter que ostentaban el poder hacían lo que les venía en gana, con todo y con todos, era obvio que no era la primera vez que aplicaban estos métodos aquí.
La introdujeron en una sala con una silla metálica en el centro fijada al suelo, a Minerva se le pareció en principio a las sillas de los consultorios odontológicos, aunque no tan acolchada y cómoda, por supuesto. La sentaron a la silla y la sujetaron con aros como esposas en manos y pies, estaba descalza, y le habían cambiado la ropa que traía puesta por una bata clínica y cabello estaba atado en una coleta.
Dos o tres tipos la custodiaban, no estaba segura, lo que fuera que le hubieran dado para sedarla todavía mantenía cierto grado de efecto en ella que no le permitía percibir las sensaciones al cien por ciento, se sentía mareada, cansada y un poco aturdida, con la vista ligeramente nublada y la boca totalmente seca, le picaba la garganta tenía mucha sed, pero pensó de inmediato que si pedía agua la tortura empezaría por ahí, era parte de su entrenamiento saberlo, saber que no podía demostrar debilidad, ellos lo estarían esperando para usarla como método de tortura.
Tragaba la saliva gruesa y respiraba profundo para evitar las náuseas que comenzaba a provocarle el químico. Sintió arcadas pero logró disimularlas lo mejor que pudo.
—Eres una chica ruda –Escuchó que alguien le dijo, pero no pudo identificar la voz, no la había escuchado antes –Se ve que estabas preparada para enfrenar una eventualidad como esta… bueno comencemos nuestro juego
Poniendo delante de la rubia una mesa con una bandeja llena de instrumentación quirúrgica como pinzas rectas y curvas, porta agujas, pinzas de disección, pinzas de intestinos, aspirador de intestinos, bisturí, pinza vascular, gancho para costilla, separadores de todos los tipos y tamaños, segueta, cizalla, pinza uterina, tirabuzón, martillo, jeringas cargadas con líquidos de diferentes colores y guantes, al menos eso fue lo que ella reconocer, no era muy experta en el tema.
Se le heló la sangre y su corazón comenzó a correr como loco.
—Quiero proponerte una trato –dijo el hombre –Si tú colaboras y me das lo que quiero… yo te prometo no usar nada de esto contigo… pero, escúchame bien, si te haces la heroína y en un plazo no mayor a cuarenta y ocho horas no me das nada que me sirva… entonces comenzaré a aplicar ciertas prácticas quirúrgicas contigo sin anestesia… te juro que usaré cada maldito fierro que ves en esa bandeja, ninguno quedará limpio ¿Comprendes?
Minerva cerró los ojos tratando de disipar sus nervios antes de que su cuerpo comenzara a temblar.
— ¡Te estoy hablando niña! ¡Responde cuando te hablo! ¿Lo Comprendes?
La rubia asintió con la mirada, pues tenía la cabeza sujeta también a la silla.
—Comencemos… ¿Cuál es tu verdadero nombre?
—Minerva –contestó sin decir más.
— ¿Minerva qué?
—No tengo apellido… soy marginada.
—Primer error cariño, los marginados también tienen apellidos, y tú quieres ocultarme información, te enseñaré a no volver a mentirme -Y bajando una perilla a un lado de la silla dejó fluir la corriente eléctrica causándole una descarga tan fuerte que la joven se desmayó.
Abrió los ojos de nuevo, desorientada.
—Señor, despertó ya.
—Es ruda la desgraciada… -y luego a la chica - Mira muñeca… tú te desmayas yo te reanimo, tú te desmayas yo te reanimo, al final tendrás tantos químicos en tu cuerpo que querrás dormir y no podrás conciliar el sueño no tienes idea de lo que eso le hace al cerebro he visto a tipos muy fuertes volverse locos en cuestión de días… ¿Vas a colaborar? –acercándose a ella lascivamente mientras ponía su mano sobre su rodilla y comenzaba a subir por su pierna.
Minerva apenas pudo asentir de nuevo con sus llorosos ojos azules.
—Vallamos al principio… ¿Cuál es tu nombre?
—Mi nombre es Minerva Claus… -Con voz entrecortada.
— ¿Claus? ¿Dijiste Claus? –El hombre se giró para decirle algo a uno de los guardias y este salió corriendo, luego llevo una de las manos hasta el implante he informó a alguien que escuchaba de manera remota –Señor, dice que se apellida Claus… ¿Es el mismo Claus?... entiendo, ¿Qué hacemos…? ¿Prosigo como siempre?... está bien, entendido Señor.
El hombre caminó de un lado a otro pensativo, luego se acercó de nuevo a Minerva.
—Hoy es tu día de suerte niña, tienes amigos en las altas esferas, gente muy poderosa, y ellos vendrán a verte… por ahora irás a tu celda, todo depende de lo que ellos decidan para ti…. Ah, ahora van en busca de tu novio a su casa.
—Él no sabe quién soy, no tiene idea… lo he estado engañando.
—Eso lo veremos cuando llegue aquí, con él si podré divertirme un buen rato.