Freya salió del vestidor con el porte de quien sabía lo que valía. Vestido n***o ajustado, blazer elegante, labios color vino y un recogido pulcro que dejaba ver la línea perfecta de su cuello. Las botas de tacón resonaron suave contra el piso de madera mientras caminaba hacia la sala principal. Era la esposa del CEO más temido de Europa. Y estaba empezando a acostumbrarse a eso. Justo cuando acomodaba sus cosas en el bolso, escuchó el ruido de la puerta principal abrirse. Un instante después, Alexander apareció en el umbral. Empapado. El pantalón de running pegado a sus muslos, la camiseta negra adherida al torso como una segunda piel, el sudor marcando cada línea de sus abdominales. Su respiración aún agitada, sus ojos helados fijos en ella. Freya tragó saliva. Literalmente. —Vaya

