Freya lo miró, con el corazón latiendo más rápido. No dijo nada. Solo bajó la vista… y sonrió. Era la primera vez que sentía que, tal vez, había algo más que poder y estrategia en él. Tal vez… muy en el fondo… había alguien que podía aprender a amar. Y eso era aún más peligroso que todas las cláusulas juntas. —¿Bailamos? —preguntó Alexander de pronto, aún sentados en aquella banca del mirador. Freya lo miró como si le hablara en otro idioma. —¿Aquí? ¿Sin música? —No necesito música para sostenerte entre mis brazos. Y con esa frase —tan fuera de lo común en él, pero dicha con tal seguridad—, Freya se puso de pie. Alexander le ofreció la mano. Ella la aceptó. En medio de la piedra húmeda, del viento fresco y el cielo grisáceo, comenzaron a moverse. Sus cuerpos se mecían lentamente, c

