El auto avanzaba por la carretera mojada, envuelto en el silencio típico del atardecer alemán. La luz anaranjada filtrada por los árboles parecía dorar cada curva del camino. Freya, con el cabello aún húmedo por la lluvia de esa tarde y envuelta en un suéter prestado por Alexander, jugaba con la pantalla del auto hasta que encontró su playlist favorita. Una canción de los noventa comenzó a sonar, una de esas baladas pop que todos dicen odiar… pero que todos conocen. —¿En serio? —Alexander alzó una ceja sin despegar la vista del camino. —Es un clásico —replicó Freya con una sonrisa traviesa. —Si le dices a alguien que canté esto… lo negaré todo. Ella rió, y con un gesto teatral, levantó las manos al cielo. —Palabra de esposa fiel, no divulgaré las vergüenzas del CEO Dorne. Cuando lleg

