El día de Freya había sido una carrera contra el reloj. El viento helado golpeaba su rostro mientras caminaba entre el terreno aún virgen, flanqueada por ingenieros que hablaban de niveles, cimentaciones y tuberías. La obra apenas comenzaba, pero ella ya podía visualizar el proyecto terminado. Sentía la emoción burbujeando en el pecho, a pesar del frío que la hacía tiritar ligeramente. Ajustó su abrigo y se apartó unos metros del grupo. Se giró hacia la extensión de tierra, levantó el celular y, sin pensarlo demasiado, se tomó una selfie. El cabello revuelto por el viento, las mejillas rojas por el clima y la expresión determinada en sus ojos. La foto no era glamurosa, pero sí auténtica. «Podría mandársela a Penny para el registro del avance… o a Alexander. Por… supervisión, claro», pens

