El viernes por la noche, la casa estaba en silencio como los últimos días. Freya estaba sentada en la sala, envuelta en su bata peluda, hojeando una revista sin ponerle demasiada atención. La puerta principal se abrió sin aviso, y el eco de los pasos firmes y seguros de Alexander resonó por el pasillo. Ella levantó la vista, sorprendida. Llevaba tres días sin saber nada de él. Sin llamadas. Sin mensajes. Sin señales. Alexander entró, impecable como siempre, aunque su rostro mostraba rastros de cansancio. Se quitó el abrigo, colgándolo con calma antes de hablar. —Freya. Ella se puso de pie lentamente. Su nombre en su voz siempre tenía peso, pero esta vez le dolió un poco. —¿Dónde has estado? —preguntó sin rodeos, tratando de sonar firme, aunque por dentro temblaba. Alexander se acercó,

