Y entonces, entre el sonido de risas, un par de aguacates con alma rota compartieron el tipo de noche que los millonarios olvidan tener: una de verdad, de piel verde, series malas y corazones que todavía sabían reír juntos. El tiempo pasaba. La mascarilla comenzaba a secarse, tirante y resquebrajada como si fueran estatuas en plena restauración. En la pantalla, un desfile de vestidos de novia imposibles, suegras escandalosas y novios que claramente estaban a punto de huir por la ventana. Alexander soltó un gruñido que venía desde el alma. —Ugh. No sé cómo puedes ver esos programas y sentirte tan bien. Es obvio que están arreglados. Son actores pagados para hacer drama barato. Freya, con las piernas cruzadas sobre el sofá, una manta peluda sobre los pies y un tazón gigante de palomita

