Alexander se acercó sin hacer ruido. La observó unos segundos. Solo unos segundos… y aun así, sintió ese nudo familiar apretarle el pecho. No entendía qué era. No del todo. Solo sabía que desde que esa mujer había llegado, su mundo había dejado de obedecer las reglas frías y perfectas que él había escrito. Se inclinó sobre ella, bajó un poco la cabeza, y en un susurro apenas audible, se preguntó: —¿Qué me has hecho, Freya? Le dio un beso en la frente, suave, casi temeroso de romper la calma de su sueño. Luego se enderezó, salió sin ruido… y se fue a dormir a su propio dormitorio. Pero esa noche, por más cansado que estuviera, tardó en conciliar el sueño. Eran las seis en punto cuando Freya abrió los ojos. El cielo de la mañana apenas comenzaba a teñirse de tonos pálidos, pero en la h

