Mientras tanto, la vida de Alexander seguía exactamente igual. Negocios. Cifras. Reuniones. Vuelos privados. Cenas con empresarios. Todo meticulosamente organizado. Todo bajo control. Como debía ser. Su agenda estaba llena. Su itinerario, perfecto. Su mundo, en orden. Pero había momentos… pequeños instantes en medio del silencio de su despacho, o en la soledad de una suite cinco estrellas, donde todo ese “orden” comenzaba a sentirse… hueco. Los días eran los mismos, pero las noches… Las noches eran más largas. El sillón frente a la chimenea ya no tenía su figura envuelta en una bata de peluche. El aroma del café no era el mismo sin los gritos desafinados de Adele desde la cocina. Y su cama, aunque enorme y perfectamente tendida por el personal del servicio, se sentía más fría que

