Freya regresó a su departamento. A su verdadero hogar. Ese que había dejado por un contrato y un apellido que nunca terminaron de ser suyos. Con cada caja, con cada maleta que entraba por la puerta, sentía que algo se acomodaba dentro de ella también. Como si cada objeto que volvía a su lugar también le recordara quién era antes de Alexander Dorne. Soltó el abrigo en el respaldo del sofá, se descalzó y caminó directo al reproductor. Buscó su playlist favorita, la de los días en los que no necesitaba a nadie más que a ella. La de cuando soñaba en grande con poco dinero, pero con muchas ganas. Presionó play. La música invadió la sala. Y entonces sonó: “I want it that way...” —¡You are… my fire! —cantó con toda el alma, tirando una almohada al sofá. Saltó, rió, movió la cabeza con

