Las puertas del auto se abrieron con un susurro preciso. Las luces de la gala brillaban como joyas en una vitrina gigante. Cámaras. Flashazos. Gente importante… hasta que apareció ella. Primero el tacón. Delgado, seguro, letal. Luego la pierna, envuelta en satén vino que jugaba con cada centímetro de piel como una lengua de fuego. Y entonces, Freya Lennox se puso de pie. Cabello recogido en un moño elegante con algunos mechones sueltos que rozaban sus clavículas como caricias. Piel brillante. Mirada templada. Y labios que no pedían permiso. Los murmullos no tardaron. Un par de fotógrafos desviaron su lente. Las primeras tomas no fueron para los empresarios de renombre. Fueron para ella. Para la mujer que bajó como si la alfombra roja le debiera algo. Y luego… apareció é

