El silencio dentro del auto era espeso, casi sagrado. Freya no dijo nada cuando se sentó. No había reproche en sus ojos, pero tampoco rendición. Solo esa calma tensa de quien ha llorado todo lo que tenía que llorar… y ya no necesita palabras. Alexander subió al auto detrás de ella. Cerró la puerta sin prisas, tomó aire como si no fuera a hablar más desde el fondo de su pecho y, en un gesto casi solemne, sacó una pequeña caja negra de terciopelo del bolsillo interior de su abrigo. —Es un presente que compré en Dubái —dijo, sin mirarla aún—. Iba a dártelo cuando regresara. Pero no me esperé esto. No me esperé… perderte. Le tendió la caja. Freya bajó la mirada, con el corazón desbocado en silencio. Tomó la caja con manos temblorosas, la abrió… y ahí estaba. El anillo de la lista. Ese que

