CAPITULO 4 – RECORDANDO

1526 Words
SÁBADO – DIA SEIS Este día me siento muy mal, el dolor de cabeza es insoportable, creo que me excedí al trabajar, aunque lo hice lentamente, pero siento que me afectó, me quedo en cama, ya necesito un baño, mi cabello esta terrible, el utilizar toallitas húmedas no es suficiente, pero, es eso o quedarme así, con esa sensación de suciedad, es aconsejable no bañarse hasta terminar el período de reposo, nunca creí que fuera tan duro. Me cuesta entender cómo existen personas sin hogar, que han pasado meses sin bañarse, realmente no puedo entenderlo, pero, cada persona es un mundo, supongo que para ellos fue muy difícil al principio, luego se fueron acostumbrando, la mayoría de estas personas son adictas a alguna sustancia, el alcohol y las drogas son habituales para ellos, se dan modos de conseguir dinero para adquirirlos, generalmente piden limosna, venden caramelos o inclusive llegan a cometer robos. Reconozco lo bendecida que soy, lo que estoy pasando en este momento es temporal, con los medicamentos y los cuidados mejoraré y podré darme un baño sumamente largo, pero estas personas, están atadas, esclavizadas a una realidad de adicción y desprecio de sus semejantes. A nadie le interesa las personas sin hogar adultas, muchos creen que solo tienen lo que han buscado, el ser presos de sus errores, de sus vicios, la gente piensa que ya no existe remedio para ellos y simplemente los han invisibilizado, sufren el desprecio y el ser ignorados por los demás habitantes, los juzgamos sin saber que muchos de ellos son producto de una sociedad fallida, de familias destruidas, es lo único que conocieron en sus vidas, crecieron entre cantinas, quebradas, callejones, viendo a sus padres drogarse, cometer pequeños delitos, ese era su mundo, por tanto, replicar estas acciones es tan normal para ellos como para nosotros el amanecer siempre en una cama. Cuántos de ellos nacieron, crecieron y murieron en esta situación, en medio del dolor y el desprecio, niñas, chicas que con el tiempo y la necesidad de consumir se unían a cualquier hombre que podía proveerles de lo elemental, o simplemente se prostituían, de ahí nacían sus hijos y todo se convertía en un círculo vicioso. ¿Solución?, dejar de ser ciegos y apoyarlos, romper el ciclo, en algún momento se tiene que hacer algo, he visto a muchas personas que con regalarles un plato de comida se sienten como si fueran la madre Teresa, pero eso solo sacia sus estómagos por un par de horas, es necesario tener un programa más alto, más ambicioso, pero son pocas las organizaciones que buscan dar una respuesta a esta problemática, esta gente es invisible hasta para los gobiernos; sin embargo, hay lugares que quieren enfrentar esta situación, Dios da carismas y dones, existen sitios, es duro, es arduo, pero he podido ver que alguien logró salir de la calle, he visto a muchos recaer, pero es parte del proceso, el trabajo sigue, aunque sean pocas, pero sí se pudo romper el ciclo de algunas personas que por primera vez pudieron aspirar a una vida mejor y diferente. Si existieran más organizaciones que quisieran luchar por esto, solo es cuestión de tiempo, Dios es bueno, no se olvida de sus hijos, para eso estamos, para ayudar, soy parte de un engranaje, desde mi lugar, con mi trabajo, me complazco en pensar que lo poco que puedo aportar es importante para lograr un objetivo más grande. Siempre me gustó apoyar a las causas benéficas, aunque eso signifique sacrificios económicos, las organizaciones no pueden pagar sueldos acordes al mercado, pero la satisfacción de poder colaborar, de ser parte de algo más grande, compensa este sacrificio y sobre todo se puede saborear la dicha de cumplir uno de los mandamientos de Dios, amar al prójimo, sé que para llegar al ideal de amarlo como a sí mismo falta mucho, considerando que por toda la situación que vivo, no he podido llegar a amarme como quisiera, me han pasado tantas cosas que simplemente vivo por misericordia de Dios, he llegado a creerme tan inútil y tan indigna que no sé si estas personas en medio de su miseria son más felices que yo. Fausto pasó a saludarme y traerme el desayuno, pero al verme tan mal y que me duele mucho la cabeza me regaña por haberme excedido en el trabajo, me pide que descanse, que no quiere que tope la computadora, realmente no necesito que me lo repita dos veces, no pienso mover un dedo para cualquier informe, este día se puede caer el mundo, tendrá que caerse sin mí, solo pongo música suave y cierro los ojos mientras pasan las horas, mi mente comienza a divagar, no quiero acostumbrarme a la preocupación de mi esposo, a que venga a charlar conmigo, a creer que le intereso de alguna manera, me costó mucho llegar a tener un nivel de insensibilidad a su forma de ser, no quiero que al salir de mi cuarentena y me encuentre con la realidad que hemos tenido vuelva a sufrir por su indiferencia. Me duermo por un par de horas, tengo un poco de tos que es muy molesta, creí que con los medicamentos iba a desaparecer, pero, parece que va en aumento, cierro los ojos otra vez, los recuerdos vienen a mi mente, la música suave es como una invitación a relajarme y recordar, recordar el momento en el que todo este desbarajuste comenzó, con los ojos cerrados, con la suave melodía de fondo, las imágenes de mi primer día de universidad aparecen, ese día en el cual por primera vez asistiría sin la presencia de mis padres me causaba excitación, era ya una adulta en edad, pero seguía siendo una niña en mi corazón, en mi inocencia, en mi ingenuidad. Los recuerdos llegan como una tormenta a mi cabeza, simplemente los dejo fluir, tal vez si descubro el error, en qué parte del tiempo se dio la falla en mi relación, tenga la respuesta a la pregunta que me he estado haciendo desde hace tiempo, me dejo llevar y como si lo volviera a revivir, las palabras que mis padres dijeron ese día las escucho con mucha claridad: —Isabel eres nuestro orgullo, sé que llegarás muy alto, terminaste la secundaria con las mejores notas, estoy tan agradecido de que seas mi hija. —Gracias papi. —Entrarás a la universidad, espero que te vaya muy bien allí. —Estoy nerviosa papi. —Nada de eso, eres mi hija, llevas mi sangre, sangre de guerreros, sabrás enfrentarte a lo que sea, solo que esa inocencia e ingenuidad tuya a veces puede malinterpretarse con bobería, pero no eres tonta, nunca lo olvides y cualquier cosa sabes que aquí estaré para apoyarte mi niña. —Lo sé papi, pero espero que todo me vaya bien. —Recuerda que vas a estudiar, no quiero tener que ir a buscarte con escopeta, así que mucho cuidado con lo que hagas. — ¡Por Dios Andrés!, deja a la niña tranquila, la has tenido prácticamente encadenada, es joven, tiene derecho a divertirse, a enamorarse ¿Quieres que se quede solterona? — ¡Cállate mujer!, no quiero nada de eso, pero es muy fácil confundirse en la universidad, ya ves lo que le pasó a mi sobrina, lo primero que consiguió fue marido y jamás terminó la carrera. —Eso no pasará con mi hija, la conozco, ella sabe lo que quiere, pero tampoco podemos evitar que viva la vida, tú lo hiciste, yo lo hice, ocultándose del mundo no lo hará, no es una monja. —Mi hija, no es monja, pero tampoco una libertina, confío en que sabrá alejarse de todo lo que le resulte peligroso. —No le hagas caso a tu padre hija, siempre será quisquilloso, vete, estudia y diviértete, siempre cuídate, en la vida hay de todo, pero sé que sabrás reconocerlo. —Claro mami. — ¿Por qué no quieres ir conmigo? Me gustaría llevarte hija. —Papi, ya soy adulta, tengo 18, no se vería bien que llegara acompañada de mi padre. —Te prometo que solo te llevo, no me bajaré del auto, así estaré más tranquilo. — ¿En verdad papi? —Vamos todos hija, así me aseguro que tu padre cumpla su palabra. —Bueno entonces vamos. —Lucy ya se fue al colegio, así que podemos ir tranquilos, sabes cómo desenvolverte para tomar el autobús, al regreso debes venir sola. —Si mamita, lo sé bien, no es la primera vez que voy allá, no voy al kínder. Con un mohín de fastidio los sigo, subo al auto y espero con toda mi fe que mi padre cumpla su palabra y solo me lleve a la facultad, estoy muy nerviosa, pero para mi sorpresa, efectivamente, mi padre no se baja del auto, claro que me di cuenta que mi madre le agarró la mano en cuanto estacionó sin ninguna intención de soltarlo hasta verme desaparecer por la puerta, sonrío, casi logro escuchar el reclamo de mi padre al no permitirle su habitual sobreprotección. Te debo una madrecita, me digo a mí misma y sigo caminando hasta perderme en la multitud.
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