El amanecer llegó gris. No hubo canto de aves. No hubo brisa. Sólo una quietud pesada, como si el mundo mismo estuviera conteniendo la respiración. Aria despertó entre sombras suaves y lámparas bajas. La habitación del Consejo no era un lugar para sanar, sino para vigilar. Y sin embargo, alguien había dejado una manta más gruesa sobre ella. Elías. Lo sintió antes de verlo. Su calor. Su presencia. —Dormiste dos horas —murmuró él, sentado a su lado—. Te quedaste sin color otra vez. Aria intentó incorporarse, y el mareo la atravesó como una ola. Elías la sostuvo sin pensar, con firmeza, con miedo. Demasiado cerca. Demasiado necesario. Sus respiraciones se encontraron entre el aire frío. —No quiero que me mires así —dijo ella, apenas audible. —¿Cómo? —susurró él. —Como si es

