Se siente como una eternidad entrar al elevador y esperar a llegar al piso correcto, pero solo hasta que estamos en él y que comenzamos a caminar rumbo al apartamento donde se lleva a cabo la fiesta, es que los latidos de mi corazón se vuelven a intensificar y comienzan a hacer estragos con mis nervios.
Me siento en extremo nerviosa y ansiosa cuando ambas nos plantamos delante de la puerta, donde la melodía de la música se cuela a través de mis oídos y que el bullicio de las personas apenas empieza audible allá dentro.
Libby toca con sus nudillos la puerta.
Tomo una inspiración profunda para calmar mis nervios, en lo que esperamos que alguien abra.
Uno...
Dos...
Tres segundos pasan... Y entonces la puerta se abre.
Un chico alto, de cabello oscuro y ojos negros abre la puerta. Y a pesar de vernos a Libby y a mí allí, y que me imagino sabe que no estamos invitadas, la pequeña sonrisa de su rostro no se desvanece.
Justo cuando abre la boca para decir algo, yo me apresuro a decir:
—¿Se encuentra Sebastián?
El chico parece tomado por sorpresa unos instantes, y luego asiente.
—Sí, está aquí. Espera —dice, lo veo asomar la cabeza al interior del lugar como buscando a alguien y, acto seguido, exclama a alguien de la fiesta—: ¡Sebastián, una chica pelirroja está buscándote!
En el momento que lo escucho el calor comienza a subir desde mi cuello hasta mis mejillas, y por instinto me encojo en mi lugar, al tiempo que aferro el paraguas, entre mis manos, con fuerza.
El chico regresa su mirada a mí.
—Ya viene —dice.
Hago un asentimiento torpe y un agradecimiento tímido es murmurado por mis labios.
Pasan solo unos segundos —que me saben a una eternidad— hasta que lo veo...
El chico que nos recibió se hace a un lado para dejarlo pasar y, entonces, Sebastián aparece en el umbral de la puerta, con el ceño fruncido pero luego su expresión cambia a una de sorpresa al verme de pie allí; su mirada viaja rápidamente a Libby y luego se posa de nuevo en mí —no sin antes notar que sostengo entre las manos el paraguas que me prestó aquella vez bajo la lluvia.
—Beca... —mi nombre sale de sus labios en un murmullo ronco, y la sorpresa que le pinta la voz solo acentúa aún más lo nerviosa que me siento.
De solo estar frente a él y, en esta situación, me hace sentir pequeña, tonta, torpe... Y ni siquiera logro entender por qué.
Entonces, con manos torpes extiendo el paraguas hacia él.
—Sé que no es buen momento —empiezo diciendo—, pero quería devolverte esto.
Sebastián mira lo que le ofrezco, aún con la confusión pintada en el rostro, y le toma unos segundos extender su manos y tomar el paraguas de las mías.
En el proceso, sus dedos se rozan con los míos, y envía una sensación cosquilleante por la zona, pero trato de ignorar aquello.
Abre la boca para decir algo, pero rápidamente agrego, interrumpiéndolo:
—Por cierto... Gracias.
Acto seguido, le dedico una mirada rápida a Libby, como indicando que tenemos que irnos ya, me giro sobre mis talones y procedo a avanzar, sabiendo que ya no tengo nada que hacer allí. Puedo escuchar los pasos de mi compañera detrás mío, por lo que me siento más relajada que hace unos instantes.
Mientras me alejo lo más rápido que puedo de allí, me tengo que repetir mentalmente: «solo vine a devolverle lo que me prestó y...».
—Beca.
El sonido de esa voz tan conocida ya, pronunciando mi nombre, hace que detenga de manera abrupta mi andar y mis pensamientos se frenan también con mis pasos.
El corazón me late con rapidez y nuevamente el nerviosismo se ha hecho presente en mi sistema, y tratando de no hacer notar cuán ansiosa y confundida me siento al respecto porque Sebastián me haya llamado, giro un poco la cabeza para mirarlo por encima de mi hombro.
Está de pie fuera del departamento donde se lleva a cabo la fiesta, y me mira desde ahí con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta de cuero que lleva puesta.
—Me preguntaba... —se aclara la garganta— si querías quedarte un rato en la fiesta.
Ahora sí giro sobre mi eje para poder encararlo por completo.
No voy a negar que aquello me toma por sorpresa y que por un momento creo haber escuchado mal. Pero en cuanto echo un vistazo rápido a Libby —quien también se ha girado para verlo— y veo el mismo semblante de sorpresa en su rostro, como el que seguramente tengo yo también, es que estoy segura que aquello salió de los labios de Sebastián y no es ninguna mala jugada de mi cabeza.
«¿Por qué?...». Quiero preguntarle, pero las palabras no salen de mi boca.
—Es decir —agrega él, después de un rato de silencio, y aclarándose la garganta—, si querían quedarse un rato en la fiesta.
—Es que yo... —trato de decir, pero me veo interrumpida por la voz entusiasmada de Libby.
—¡Ay! Anímate, Beca —dice, tomándome del brazo—. Distraerte un poco te hará bien.
—Solo veníamos a devolver su paraguas —le recuerdo, nerviosa hasta la médula por imaginarme un escenario en el que Sebastián y yo convivimos toda esa fiesta, nosotros dos... Solos. Pero también por otro escenario fatalista que se materializa en mi cabeza, y que me tortura: donde las personas no dejan de preguntarse qué hace el bicho raro —yo— del instituto allí, y donde no dejan de ver mi el lunar de mi cara, sin ningún tipo de disimulo.
Pero el tercer escenario que me llena la cabeza es, quizás, el que más temo: uno donde Hannah y Alanis se encuentran aquí y tengo otro tipo de inconveniente con ellas.
«¿Por qué, si jamás he tenido algún tipo de amistad con Sebastián, tan de repente me invita a esta fiesta así sin más?». Pregunta la voz insidiosa e insegura de mi cabeza. «¿Será por lástima? ¿Por qué no le quedó de otra al verme llegar aquí tan de repente y sería muy descortés de su parte no invitarme?».
Muchas preguntas se arremolinan en mi cabeza con velocidad.
«¿Y si en realidad Hannah y Alanis sí están aquí?». A mi mente llega de pronto ese pensamiento, y un escalofrío me recorre entera. «¿Y si en realidad es algún tipo de trampa y...?».
—Solo serán unas horas —pronuncia Libby, sacándome de mis oscuros y negativos pensamientos—. Además, yo estaré contigo.
En ese momento, mi atención se vuelca hacia Sebastián.
Él sigue ahí, de pie en el umbral de la puerta, aguardando por mi respuesta.
Incluso su amigo, el que nos abrió la puerta, se ha asomado ante la expectativa de lo que sucede.