Capítulo 9

1163 Words
Pero yo me doy la tarea en enfocarme en Sebastián; en observar sus facciones, en verlo como me mira de vuelta, en mirar sus ojos azules maravillosos que brillan por algún tipo de emoción. Me doy la tarea de adivinar —aunque eso es imposible— si sus intenciones son buenas; trato, con solo observarlo, de saber si en realidad me está invitando porque le quedó de paso y le gustaría conocerme más o le gustaría entablar alguna amistad conmigo... Y no porque me lanzará a la boca de lobo con Hannah. «Él no me haría algo así». Pienso. Miro a Libby y, soltando un gran suspiro, digo: —Está bien. Pero sólo serán un par de horas. La sonrisa de mi compañera se ensancha y casi puedo sentir la emoción palpable en sus movimientos, por como tira de mi brazo para hacer que camine y entre de una buena vez a la dichosa fiesta. —Sólo un par de horas —promete. Al volver mi vista al frente, me doy cuenta de como una pequeña sonrisa trata de tirar de la comisura de los labios de Sebastián, pero es apenas un pequeño atisbo, que en cuanto desaparece es como si en realidad nunca hubiese estado allí. La sangre me zumba en las venas, mi ritmo cardíaco aumenta con cada paso que doy acercándome a la puerta y una bola de anticipación se crea en la boca de mi estómago ante la expectativa de lo que podría pasar. En cuanto cruzo la puerta —con Libby sujeta de mi brazo izquierdo— la música se cuela a través de mis oídos. Pero el sonido de esta no es tan alto como sonaba hace unos minutos que llegamos, de hecho, está en un tono considerado como para ser escuchado por todos los rincones del departamento, pero no tanto como para molestar a los vecinos o hacerle saber a terceras personas que una fiesta se lleva a cabo aquí. Mi vista viaja por todo el espacio, y me siento ridícula al saberme que escaneo todo el lugar en busca de la silueta y cabellera rubia de Hannah; pero, para mi suerte, no parece estar por aquí, ni ella ni Alanis. Eso, de alguna forma, logra calmarme un poco. Escucho la puerta cerrarse detrás de mí, y muerdo mi labio inferior por no saber qué hacer a continuación. —¿Quieren tomar algo? —pregunta Sebastián, de pronto, apareciendo delante de mí. —Yo sí —dice Libby con rapidez. Se nota que estos tipos de ambientes le emocionan mucho, pero yo no puedo decir lo mismo. Jamás había estado en algún tipo de fiesta. Tampoco suelo ser muy invitada a ellas por mi reducido número de amigos. En eso, el chico que nos abrió la puerta —de quien desconozco su nombre— se coloca alado de Libby y le dice: —Ven. Te llevaré por algo de tomar —le hace un movimiento de cabeza en dirección a la cocina. Libby me dedica una mirada de disculpa en ese momento. Sabiendo lo que está a punto de decir —o al menos me doy una idea— le regalo una sonrisa tranquilizadora. —Estaré bien —le aseguro, recordando que hace solo unos momentos ella me dijo que estaría conmigo. Libby me sonríe de vuelta. —No tardaré. Dicho eso, se pierde en el interior de la pequeña cocina junto al chico. Vuelco mi atención a Sebastián y, al tiempo que lo veo acomodando su paraguas a un lado de la puerta, pregunta—: ¿Y bien? —Estoy bien, gracias —digo, al tiempo que me abrazo a mí misma. —¿Un refresco, tal vez? —insiste. Asiento. —Ahora vuelvo —es lo único que dice antes de perderse en la cocina, al igual que el otro chico y Libby. Entonces, me quedo sola. Me siento algo torpe, incómoda, fuera de lugar... Todo al mismo tiempo, al estar de pie aquí, casi cerca de la puerta, y sin saber qué hacer a continuación; por eso, ignorando las ganas que tengo de salir de aquí y de volver a mi departamento, me dedico a mirar por toda la estancia. Tal parece que nadie ha reparado en mi presencia, y eso es algo que agradezco en el fondo. También, desconozco de dónde vienen las luces color neón que llenan solo la estancia principal, donde está la sala, donde se encuentran algunas personas merodeando, bailando o simplemente platicando animadamente. Hay, también, una esquina donde se lleva a cabo lo que creo es un juego de mesa, pero desde la distancia desde donde me encuentro no soy capaz de ver con claridad qué juegan. Con todo eso, nada parece extravagante en este sitio ni salido de control. De hecho, está todo muy relajado y las personas aquí no son muchas. Casi me atrevo a decir que esto no parece una fiesta. Parece, mas bien, una especie de reunión para pasar el rato y ya. De pronto, la incomodidad no es tanta en mi sistema. Por ello me animo a caminar hasta la enorme ventana, que está a varios pasos frente a mí, y me siento en el ancho marco de esta. No sé cuánto tiempo pasa —pero a mí me sabe a una eternidad— hasta que veo a Sebastián aproximarse hasta donde yo me encuentro, con un vaso de plástico entre los dedos. Acto seguido, se detiene frente a mí y extiende el vaso, ofreciéndomelo. Con una pequeña sonrisa tímida tirando de mis labios y con agradecimiento murmurado, tomo el vaso y le doy el primer sorbo; es refresco de cola. Sebastián toma asiento a mi lado izquierdo mientras yo, en un movimiento casi instintivo y medio discreto, y que para mí ya es una manía, llevo mis dedos —de mi mano libre— a los mechones sueltos de mi cabello para poder cubrir mi lunar. O para que al menos no sea tan notorio a la vista de los demás. —¿Por qué te cubres así el rostro? —pregunta Sebastián de pronto, y mis ojos se abren en grandes ante su cuestión y de que acaba de descubrirme cubriendo mi lunar con mi cabello, de nuevo. Por el rabillo del ojo lo miro observándome, aguardando por mi respuesta. Tras una inspiración profunda y tragando saliva, digo: —No me gusta mi aspecto —me sincero—. Sobre todo mi lunar. Por eso suelo dejar que el cabello me cubra la mitad del rostro. Solo hasta ese momento es que me atrevo a encararlo. Su rostro se mantiene inexpresivo, pero me toma por sorpresa cuando su mano se estira hacia mi rostro y con sus dedos toma los mechones rojizos de mi cabello, para colocarlos detrás de mi oreja y dejar al descubierto mi lunar. Mi respiración se corta en ese instante, y sus dedos se quedan más tiempo del debido entre las hebras de mi cabello..., acariciándolo.
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