Capítulo 10

1007 Words
—Algunos de nosotros cargamos con algo más dañino, que una mancha en el rostro —mi ceño se frunce. Estoy a punto de preguntarle a qué se refiere, cuando rápidamente dice—: No tienes que avergonzarte de ello. Es parte de ti y eso te hace especial. Entonces, sonríe. La sombra de un hoyuelo se marca en su mejilla derecha, y sus ojos azules brillan de una emoción que no soy capaz de reconocer; sin embargo, me ha hipnotizado: su mirada, su sonrisa... Él. Aquello que dijo pasa a segundo plano en cuanto caigo en cuenta de que estoy observándolo más tiempo del debido. Y, aún sabiéndolo, no puedo apartar la mirada de él. La yema de su dedo índice roza la piel expuesta de mi mejilla —justo en el lunar— y todo mi cuerpo se tensa en respuesta por eso. —Eres especial, Beca —susurra Sebastián, sin apartar su mirada de mí—. No hagas caso de lo que personas como Hannah opinen sobre ti. Agacho la cabeza, removiendome en mi sitio, al mismo tiempo que hago que el contacto de la yema del dedo de Sebastián deje de tocar mi piel. —Pero no sólo es Hannah quien opina de mi aspecto —digo, con un nudo formándose en mi garganta—. Son las personas que me rodean, todo el que me ve; es mi media hermana, son mis padres y también yo... En ese momento me detengo. En el preciso instante que me doy cuenta de mi error, de admitir algo así a una persona a la que aún no puedo considerar de mi confianza, cierro la boca de golpe. La vergüenza comienza a quemar en mi torrente sanguíneo y la incomodidad me llena tanto el pecho que me es imposible soportarlo. De pronto, lágrimas comienzan a quemar en la parte posterior de mi garganta y las ganas que tengo de echarme a correr son inmensas. Me siento expuesta. Torpe y frágil. Me siento tan tonta, que ni siquiera me atrevo a mirar a Sebastián, por miedo a encontrar en sus ojos algún tipo de incomodidad o... Lástima. Y de verdad que no quiero encontrar nada de eso en él porque, hasta ahora, es una de las personas —después de mi abuela— que no se ha burlado de mi aspecto, ni me ha mirado como un bicho raro. Y no quiero perder eso con él. No quiero arruinarlo. Tampoco quiero abrumarlo con mis problemas... Por eso es que no puedo evitar reprimirme internamente de casi sacar eso que me atormenta. —Beca... —Lo siento —logro decir, en un hilo de voz—. N-No... Tú no... —me detengo cuando comienzo a balbucear y siento las lágrimas picar en mis ojos con intensidad. Entonces, sintiéndome estúpida y avergonzada hago ademán de ponerme de pie, pero justo en ese instante siento la mano de Sebastián enrollarse alrededor de mi muñeca, deteniéndome. Mi corazón da una pirueta extraña dentro de mi pecho, mi respiración empieza a ser irregular y todo en mí es una revolución abrumadora de sentimientos y emociones que estallan juntos en mi interior. Cierro los ojos con fuerza cuando la vista se me empieza a nublar y, justo en ese momento, lo escucho... —Cuando Elizabeth supo que tenía un tumor en la cabeza, ella cambió por completo —murmura, con la voz enronquecida por las emociones, y sólo al escucharlo contarme eso es que me atrevo a abrir los ojos y encararlo; pero Sebastián no está mirándome. Tiene la mirada fija en un punto en el suelo. Tras una pequeña pausa, continúa—: A todos nos aterró saberlo. Estábamos tan preocupados por que algo malo le ocurriera al tener algo tan peligroso como eso. Yo... Jamás había estado tan asustado en mi vida —hace una pausa—. No se lo dije, pero estaba tan asustado por ella. Tan preocupado..., que incluso habían noches que no podía dormir por pensar en ello. Todo mi pecho se contrae al escucharlo y una punzada de dolor me atraviesa de lado a lado al verlo así de vulnerable. Pero antes de que pueda decir algo, Sebastián continúa: —Elizabeth fue perdiendo poco a poco el brillo que la caracterizaba. Esa actitud positiva que siempre poseía, se desvaneció. Ya casi no sonreía, casi no quería comer, se la pasaba encerrada en su cuarto, se fue alejando de todos... —otra pausa. En ese instante, los ojos de Sebastián encuentran los míos y la tortura que veo en ellos solo me descoloca por completo. Al cabo de unos segundos de silencio, pronuncia—: Y entonces perdió la vista. A pesar de que ya lo sé, no puedo evitar que aquella declaración me tome tanto por sorpresa como si apenas me enterara de ello. —Desde ahí las cosas empeoraron —confiesa, en un hilo de voz, y suena como si le costase un mundo decirme esto—. Su actitud cambió y por las claras señales que daba de tener algún tipo de depresión, mis padres la llevaron con un psicólogo. Querían que, de tener algo, llevara una terapia además de que eso le serviría para sobrellevar la situación que acaba de estrellarse en su realidad y su nueva vida a partir de ya no tener esperanzas de recuperar la visión. —Sebastián... —digo, cuando empiezo a notar cuán mal empieza a estar por contarme esto, pero no me escucha. Él continúa: —Entonces sí le diagnosticaron depresión, pero aún no era tan grave así que sería fácil para ella recuperarse —hace una pausa—. Gracias a que mis padres se dieron cuenta a tiempo, Elizabeth podría salir de aquello un poco más rápido y sobrellevar situaciones difíciles; además de que tiene el apoyo de nuestros papás. Y aún así, ella piensa que su vida acabó desde que perdió la capacidad de ver, a pesar de que no es así. No sé por qué de pronto quiero echarme a llorar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD