Capítulo 11

1028 Words
No sé por qué de la nada quiero irme de aquí y alejarme de las personas lo más lejos posible. No sé por qué quiero huir y al mismo tiempo quedarme. No sé por qué de pronto... quiero abrazar a Sebastián... —¿Por qué me dices esto? —le pregunto, con la voz rota y la mirada nublada por las lágrimas. Él, antes de responder, se moja los labios con la punta de la lengua, traza una pequeñísima caricia con su pulgar sobre el dorso de mi mano y entonces dice: —Porque quiero que sepas que aunque a veces sintamos que el mundo se nos viene encima, por lo que sea que estemos pasando, siempre hay personas con realidades mucho más difíciles y dolorosas —una pequeña sonrisa surca sus labios, pero me sabe triste... melancólica, y agrega—: Y aún así esas personas tratan de no darse por vencidos. Tratan de no dejararse caer y de salir adelante. Así que lo que sea que te atormente, Beca, estoy seguro que vas a superarlo. Vas a salir de ello y en un futuro solo lo recordarás como un mal rato; ningún dolor o problema es para siempre. Recuérdalo. No sé qué decir. No sé qué hacer. No sé si debería abrazarlo por las cosas que acaban de tener tanto significado para mí, o quedarme aquí inmóvil sin atreverme a sonreírle siquiera. Estoy completamente paralizada, y es porque las palabras de Sebastián han calado muy dentro de mí; han hecho tanta mella en mi interior, que lo único que me queda absorber es el reconfortante mensaje detrás de ellas: todo va a estar bien. Y así, con ese pensamiento, mi interior atormentado parece entrar en una calma extraña y relajante. Cualquier pensamiento o sensación desagradable parece adormilarse unos momentos, y todo se debe a las gratificantes y esperanzadoras palabras de él. Entonces, sonrío. Le sonrío... Con una honestidad y amabilidad que no había hecho con nadie. Así que nos quedamos aquí, de pie viendo a las personas ir y venir por el lugar. Nos quedamos en silencio lo que me parece una eternidad, mientras el ritmo habitual de las personas en la fiesta y sus pláticas llenan el silencioso espacio en que nosotros estamos. Pero no es ningún silencio incómodo ni tenso; es tranquilizante y acogedor. Es necesario. Permanezco con esta enorme calma que me inunda los sentimientos, hasta que lo noto... Sebastián no ha soltado mi mano. No sé si él ya lo notó o simplemente lo ignora, pero no parece preocupado o incómodo cuando por el rabillo del ojo le doy un vistazo a su perfil; tiene el cabello n***o revuelto y sus ojos azules observan a todos en la fiesta, pero ya no está ahí —plasmado en su rostro— lo inexpresivo en su mirada; luce distinto, tranquilo, con una ligera sonrisa tirando de la comisura de sus labios que trata de ocultar muy bien. El nerviosismo escala en mi sistema a una velocidad aterradora e impresionante cuando le echo un vistazo rápido hacia donde su mano sostiene la mía; no están nuestros dedos entrelazados. No están nuestras palmas unidas. Simplemente sostiene mi mano, donde yo no hago el más mínimo esfuerzo de hacer más contacto; simplemente es un gesto de Sebastián —al sostenerme así— que parece susurrar: no te vayas. Trago saliva con dificultad. Una inspiración profunda y discreta es exhalada por mi nariz, para seguidamente pronunciar en un murmullo bajo y tímido: —Debo irme. Sus ojos se clavan en mí al escucharme. Casi podría jurar que un destello de decepción ha surcado su mirada, pero no podría estar tan segura ya que desaparece tan pronto como llega. —Está bien —se limita a decir, al tiempo que asiente. Con cuidado retiro mi mano de su agarre. Es ahí cuando él parece darse cuenta de este hecho, como si no hubiera notado con anterioridad que me sostenía, y me suelta por completo, dejándome ir. No puedo evitar sentir la decepción embargandome porque Sebastián me deja ir así de fácil. En mi ilusa y soñadora cabeza —muy en lo profundo de mí— creía que él insistiría al menos un poco para que no me fuera tan rápido... Empujo en lo más profundo de mi cabeza aquellas sensaciones, y me obligo a mirar al frente solo para encontrarme con Libby buscándome con su mirada. Cuando me encuentra, sonríe; me indica con su mano que también tiene que irse y yo asiento en su dirección estando de acuerdo con ella. Entonces, en un susurro tímido y bajo me despido de Sebastián. Aunque creo que él no fue capaz de escucharme, ya que no me responde. Sin embargo, no me atrevo a mirarlo de vuelta y así avanzo hasta mi amiga. Apenas doy un paso para acercarme a ella —que permanece en el umbral de la puerta— cuando sucede... Mi zapato se tropieza con algo y doy un traspié que me hace tambalearme peligrosamente. De ahí todo pasa tan rápido que apenas puedo procesarlo. Mi pequeño descuido hace que casi caiga de cara contra el suelo, pero unos brazos fuertes me rodean de la cintura en ese instante deteniendo mi caída. La loción familiar que se cuela a través de mis fosas nasales solo aumentan mi ritmo cardíaco y me pone el nerviosismo a flor de piel. Se acomoda de tal forma que estamos frente a frente, pero no me doy cuenta de que he cerrado los ojos, hasta que lo escucho pronunciar: —Ten más cuidado. Es un susurro bajo y quedo, que me eriza la piel por la forma en que se ha enronquecido la voz. Es un susurro que choca contra mis labios, por la cercanía, y que hace que el pánico se detone en mi sistema en ese preciso instante. Con lentitud, abro los ojos. Lo primero que entra en mi campo de visión es su mirada azulada. Me observa con preocupación, con miedo y algo más que no logro descifrar. Y es justo en ese instante que todo cae a mí como un baldazo de agua helada: no estoy cubriendo mi lunar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD