Entro al apartamento y lo primero que me recibe es el sonido incesante de mi celular. Se me ha olvidado sobre la mesada de la pequeña cocina y cuando veo la pantalla encuentro quince llamadas perdidas, todas de Tom. Anoche me olvidé de avisar y ya está molesto. Le envío un texto disculpándome y deseando suerte en su estudio este fin de semana. No tengo mucho ánimo para hablar. He estado ida toda la clase esta tarde y el profesor me llamó la atención tres veces para que responda una de sus preguntas. No lo sé, tanto cáncer este día me ha dejado exhausta, definitivamente necesito asistir a una consulta con Jenny, el lunes eso será lo primero que haga al llegar al hospital, anoto mentalmente.
Todo está en completo silencio como de costumbre y no me gusta, así que enciendo el reproductor que tengo en una de las pequeñas mesas de la sala y la música de Aerosmith comienza a llenar la atmósfera y yo me relajo. Me preparo un emparedado y lo como con rapidez para irme a la ducha, ha sido un largo día y lo único que quiero es dormir. No me cuesta mucho llegar a la cama.
Esa noche hay una cama de hospital en mis sueños, se trata de una habitación un poco fría y austera, el monitor cardíaco es el único sonido allí dentro, ese y el sonido que deja la gota al caer en las pequeñas bolsas que cuelgan sobre el cabezal de la cama y se conectan a sus pálidos brazos. Me aproximo para ver de quién es el cuerpo que reposa inerte sobre aquellas sábanas blancas, alguien sujeta mi mano, no consigo recordar quién es. Un par de pasos y ya estoy frente a aquella persona, tan pronto mis ojos se posan sobre aquel rostro demacrado despierto abruptamente.
No consigo pegar un ojo luego de aquel sueño. Me limito a hacer zapping en la televisión hasta que el sol comienza a alzarse en el firmamento. Esa fue mi señal para ducharme y prepararme algo para desayunar. Tengo muchos deberes que me aguardan de las asignaturas de mi postgrado, pero tendrían que esperar debido a que mi prioridad era llenar la alacena, casi vacía y sería un largo fin de semana de estudio, así que necesitaba esas calorías.
La sensación de ser observada desde cerca reaparece al poner un pie fuera del apartamento. Siento que alguien me vigila, que observa cada paso que doy camino al super. Aún a sabiendas de que probablemente se trate de mi imaginación jugando una mala pasada, miro sobre mi hombro cada dos minutos para asegurarme que nadie me sigue. Lamento que lo más probable es que Jenny me recete de nuevo pastillas para mí ansiedad, el evento de anoche si que hizo estragos en mi mente.
Al regresar al apartamento, una brisa fría roza mi rostro al cerrar la puerta. La ventana de sala está abierta y el viento se cuela dentro con facilidad. No recuerdo haberla dejado abierta, estoy casi segura que la cerré antes de salir.. Reviso con precaución el apartamento en busca de algún intruso, pero solo estamos el viento y yo. Cierro un poco la ventana y comienzo a guardar todos los víveres.
Un maullido me saca de mi concentración haciéndome saltar al escucharle. Me giro en dirección al sonido encontrándome con un pálido felino sobre el sofá de mi sala, es completamente blanco y bastante peludo, parecía un gato Angora, aunque no estoy del todo segura. Cuando sus diminutos ojos se centran en mi, quedo petrificada, aquellos ojos me son muy familiares, de un azul tan pálido que parecía hielo. Me recuerda a un gato que tuve durante toda mi adolescencia, si no estuviera tan lejos de casa, juraría que era mi gato.
—Como ojos de luna —susurro recordando el nombre que le había puesto a aquel gato, no supe de donde había sacado ese nombre, simplemente tan pronto ese felino llegó a mi hogar cuando apenas cumplía nueve años, supe que ese era su nombre. El gato maulla de nuevo y se acerca a mí pasando entre mis piernas.
—Eres un lindo gatito. ¿Cómo has llegado hasta acá arriba? —le pregunto tomándolo en brazos mientras lo acaricio. Mi apartamento está en un sexto piso, la respuesta más lógica es que pertenece a uno de los inquilinos del edificio—. ¿Estás perdido? —Me escucho como una tonta preguntando a un animal. El gato solo me mira sin pestañear—. Como si fueses a responderme.
—No tengo comida para gatos. Pero, tengo algo de leche y prepararé unas ricas albóndigas con pasta, espero que te gusten. —Lo acaricio de nuevo y lo dejo en el piso para ir a la cocina en busca de un recipiente donde le sirvo leche, poniéndolo en el suelo junto a la mesada. El gato se aproxima con cautela, le da un par de lametones para luego regresar al sofá y tumbarse muy cómodamente.
—Estás en tu casa —me río ante la naturalidad con que se mueve el pálido felino en mi apartamento. Como si me conociera de siempre y este fuese su hogar. Me agrada volver a tener algo de compañía, aunque tal vez sea temporal, su dueño debe estarle buscando. Mañana avisaré al encargado acerca del gato perdido.
Resulta ser una tarde bastante entretenida o quizás me recuerda mucho a mi niñez. Aquel blancuzco felino se mantiene sobre mi regazo mientras hago mis lecturas reglamentarias y me ponía al día con los deberes. Rememoro las tardes de mi niñez y parte de mi adolescencia, aquellos días mientras escuchaba música y me abstraía del mundo, o mejor dicho de mi realidad, de esa realidad tan oscura que me fue impuesta. En esa época, mi único refugio fueron esas cuatro paredes con aquel celoso felino que siempre me acompañaba, en ocasiones era la única compañía en esa áustera casa.
No sé en qué momento consigo quedarme dormida, sólo sé que estaba muy cómoda y no quería moverme un centímetro, le sentí acomodarse entre mi brazo y mis costillas haciéndose un espacio muy cerquita de mí. Ronroneó junto a mi piel y con ese hermoso sonido terminé de caer en un profundo sueño. Un sueño del cual no escaparon semblanzas del pasado.
Estaba en mi habitación, en la habitación de la casa de mi madre debo corregir. Era una tarde de abril, el viento soplaba fuerte contra las copas de los árboles que se encontraban fuera del colegio. Me habían dado las notas de mi boletín escolar, no podía estar más feliz. Salí corriendo a casa, tan sólo estaba a un par de manzanas de ahí. Al llegar no había nadie, sólo aguardaba una nota pegada en la puerta del refrigerador.
“He tenido que viajar de improviso. Trabajo. Pórtate bien, cielo. Te quiere, mamá. P.D: la mamá de Estefanía irá a buscarte a las seis. Regreso en un par de días”.
No volvió en un par de días, fueron cinco días pasando la noche en la casa de Estefanía, ella era mi mejor amiga, aún lo es. Subí a mi habitación abatida por no contar con nadie a quien le importara mi noticia, entonces lo encontré a él, esperándome como todos los días sobre mi cama. Se levantó emocionado tan pronto me vio atravesar la puerta y se paseó entre mis piernas dándome la bienvenida con sus habituales maullidos y ronroneos. Esa noche no dormí donde Estefanía, me quedé sola en mi casa y dormí en mi cama con mi gato fiel. Pero, de pronto en mi sueño, este gato en la noche tomó la forma de una persona, de un niño justo de mi edad y el rostro reflejado en mi ventana era el de alguien muy familiar, era el de mi hermano.
Me despierto abruptamente y voy en busca de Ojos de Luna, así había nombrado al gato. Recorro todo el apartamento sin tener rastros de él. Ojos de Luna no está, así como apareció, justo así se fue.
El resto del día intento dedicarme a mi trabajo de fin de semestre y a estudiar para el examen final que me aguarda dentro de dos semanas, pero cada tanto me encuentro observando la sala, esperando que regrese para hacerme algo de compañía. Me acostumbré tanto a estar sola que no me di cuenta de lo mucho que extrañaba tener compañía, así fuese solo la de un gatito.
El sonido de mi celular me saca de la abstracción en la que me hallo, pensando en un gato que no está y en mi hermano. Miro la pantalla y hay mensaje de mi amiga Estefanía.
Estefanía:
Amiga nos vemos mañana en el parque a las 10:00 am para tomar las fotos. Hay un lugar de crepes nuevo para almorzar. Te quiero.
Yo:
Vale. Nos vemos a esa hora.
Yo no soy a persona más cálida y amorosa de este mundo, pero mi amiga es como la miel, bien dulcita. A pesar de mis intentos de alejarla una y otra vez, aunado a mi poca capacidad de ser una buena amiga, ella nunca me abandonó, se mantiene a mi lado en cada bache del camino. Aún en estos momentos cuando nuestras vidas tomaron caminos diferentes, ella decidió estudiar fotografía y seguir el que fue por muchos años nuestro sueño. Y ahora estudia administración de empresas para llevar su propio negocio. En cuanto a mi,, la fotografía se quedó en un pasatiempo y mis sueños, mis sueños se esfumaron cuando Mathew también se marchó de mi lado. Todas las demás decisiones respecto a mi futuro son tomadas según la lógica, no los sueños.
Continúo enfrascada en mis lecturas hasta caer la noche, cuando el cansancio se hace presente y el hambre ineludible. Pienso en telefonear a mi mamá y preguntar qué había sido de la vida de aquel gato, pero luego recuerdo que cualquier cosa que conecte a mi mamá con la pérdida de los hombres más importantes de su vida, son bloqueadas hasta el lugar más recóndito de su mente. Así que no hay caso en siquiera intentarlo.
— ¿Dónde estarás Ojos de Luna? — Susurro a la habitación vacía sintiendo la falta de su presencia. Ya no era necesario avisar al encargado sobre el extraviado gato, porque quizás ya había regresado a casa.
Esa noche sueño con una niña que corría por unos pasillos blancos y huía de una habitación muy familiar. No sabía por qué corría o de quién huía, solo sabía que quería escapar. Me encontré de pronto frente a una tumba, colocaban las últimas palas de tierra y las personas dejaban caer rosas blancas sobre su lugar de descanso. A él no le gustan las rosas, pensé para mis adentros mientras limpiaba las lágrimas que corrían por mis sonrojadas mejillas. Amaba los lirios suspiré mientras una mano me tomaba, la aparté bruscamente y le grité que me dejara sola, no lograba ver bien de quién se trataba. Me dejé caer junto a la tierra esperando que lo que se lo llevó a él, me llevará a mi también. Unas manos me levantan del suelo y yo comienzo a gritar.